Cultura Por: Víctor Ramés09 de marzo de 2026

Caras y caretas cordobesas

La revista ilustrada de Buenos Aires reproducía un texto de Ricardo Rojas en junio de 1918, tomado de su Historia de la Literatura Argentina, donde ofrecía breves pinceladas referidas al lugar que ocupaba Córdoba en los inicios del teatro colonial.
Ricardo Rojas y un antiguo teatro de sombras.

Ricardo Rojas y el teatro colonial en Córdoba  (Primera parte)

La publicación en la que recogemos menciones a Córdoba ofrecía, a mediados de 1918, un texto transcripto de esa gran obra concebida por Ricardo Rojas: la Historia de la Literatura Ar-gentina. El autor dio la primera versión en forma de conferencia dictada a mediados de 1913 en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. El volumen de su trabajo iría tomando cuerpo hasta convertirse en una obra de cuatro tomos titulada Ensayo filosófico sobre la evolución de la cultura en el Plata que se editó entre 1917 y 1922.

Esa obra presentaba la historia literaria argentina a través de una periodización que arran-caba en el siglo XVI e iba haciendo escalas a partir de ciertos hechos determinantes. La época de Los Orígenes culminaba con la creación de la primera universidad argentina, la de Córdoba, fundada por los Jesuitas en 1613, y una de las más antiguas de América. La preeminencia de Córdoba es señalada en la cronología de Ricardo Rojas, que establecía un segundo período titulado La iniciación, donde se destacaba el “nacimiento del poeta Tejeda (1604)” y la funda-ción de la universidad, hasta la expulsión de los jesuitas en 1767. De allí en más, el tercero de cuatro períodos aludía a las reformas virreinales, al crearse el Virreinato del Río de la Plata en 1776, y la Revolución de Mayo en 1810; y de allí llenaba el período inscrito entre el caudillismo y la Proscripción rosista (1820) hasta Caseros (1852). Concluía con el tiempo de la organización nacional que se acoplaba con la clara hegemonía del liberalismo y propiciaba la continuidad del cambio de siglo, hasta la actualidad del autor, las dos primeras décadas del siglo XX, a la que caracterizaba Rojas como “el triunfo de la burguesía cosmopolita”.

Al desarrollar el análisis de los siglos XVI y XVII, insertaba Rojas en su estudio el título “El teatro en la colonia argentina”, que era el texto que Caras y Caretas reproducía, dedicándole dos páginas en junio de 1918. Su lectura nos recuerda algunas menciones importantes para un ensayo caracterizador de la escasa actividad teatral en aquellos siglos, una ausencia debida particularmente, dice Rojas, a las dos “potestades de la iglesia y del trono”.

En lo tocante a la presencia de la iglesia, es indiscutible que su estructura fue una enorme máquina de prohibir, de rechazar, de castigar y reprimir. Esas cosas forman parte constitutiva del papel de la hegemonía religiosa, y en general de la organización del estado. A la vez, se hace necesario conciliar de alguna manera la acción de ese artefacto con las citas de las prime-ras representaciones que puedan admitirse como “teatrales” en el territorio, concretamente en el siglo XVII. Porque es evidente que fueron las órdenes religiosas las que tendieron escena a los primeros brotes del futuro teatro, ya fuera a favor, como en contra.

La aclaración era necesaria para leer a Ricardo Rojas, y para aportar también, de nuestra parte, algunas especificaciones sobre lo que se sabe de la práctica teatral -o pre teatral- en este territorio. Otra aclaración apunta a destacar la falta de referencia a un teatro prehispánico, pro-pio de los pueblos originarios, si bien se han estudiado manifestaciones teatrales en las cultu-ras mayas, aztecas e incas, que incorporaban elementos visuales, musicales, sonoros, coreo-gráficos, verbales y gestuales como también el uso de máscaras y ropajes. Las culturas origina-rias del territorio argentino no han sido suficientemente estudiadas en este sentido y, por otra parte, estamos haciendo centro en la obra de Ricardo Rojas, que no las menciona.

Ricardo Rojas provee un panorama americano muy general y caracteriza de este modo lo que se sabe del teatro colonial, habida cuenta de la preeminencia que le reconocía a Córdoba en su periodización. Dice el autor:

“En sus orígenes del siglo XVI y XVII, fue la Argentina una periferia semisalvaje del Perú vi-rreinal. Entre el Plata y España, otra metrópoli -el Perú- se nos interponía. Los caminos iban, no por el mar, sino por el interior del continente, a través de pampas desiertas y de ásperas montañas. Ni la llanura pastoril ni la distancia enorme, eran incentivo para la radicación de una aristocracia entre nosotros. Los hidalgos desdeñaban la agricultura y preferían las minas. El indio de nuestras pampas, desnudo y errante, era inferior al del Cuzco, que civilizaron los Incas. Por todo ello fuimos nosotros los últimos en alcanzar aquellos relativos bienes de la cultura colonial en sus formas urbanas y cortesanas.”

Dentro de un cuadro casi vacío, se verá que la preeminencia universitaria de Córdoba fijaba el centro de las llamadas provincias del Tucumán, hasta la creación en 1776 el Virreinato del Río de la Plata.

“Mejor que en las ciudades -pues aún en pleno siglo XVIII sólo eran fortines y rancherías-, nuestra nacionalidad germinó en las campañas pastoras, como lo demostró en la emancipa-ción el advenimiento gauchesco. Hasta 1776, no se vio en nuestra tierra un virrey y, apenas pasado un cuarto de siglo, ya se dio Buenos Aires la libertad de deponer y elegir virreyes por su cuenta.

Hasta 1800, el Plata no tuvo periódicos ni asociaciones literarias de ninguna especie. El único foco de cultura intelectual en nuestro territorio fue la ciudad de Córdoba, con su universidad y su imprenta de la Compañía; pero ya hemos visto en qué consistió realmente. Ni siquiera una academia como la del virrey marqués de Castelldosrius, famosa en el Perú del siglo XVII, pudimos ver aquí, ni aun con-cluido el siglo XVIII; academia de pésimo gusto aquélla, pero al fin mejor que ninguna. Y así también carecimos, a la vez que de asociaciones y periódicos hasta de representaciones teatrales como las de Méjico y Lima.”

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