Las libertades conculcadas
En abril de 1982, cuando los argentinos todavía daban crédito al “estamos ganando” con que la información oficial subrayaba el supuesto rumbo favorable en la Guerra de Malvinas, en los cines se estrenaba “Últimos días de la víctima”, un largometraje de Adolfo Aristarain. Luego de un auspicioso debut con “La parte del león” y un obligado intervalo para realizar dos comedias pasatistas, este director se había despachado en 1981 con “Tiempo de revancha”, un filme que haría la punta en la incipiente apertura cultural que empezaba a producirse, a través de grietas abiertas en la férrea tarea de los censores.
Si con aquella película Aristarain se había metido en el laberinto de esas luchas sindicales que los militares pretendían haber sojuzgado de una vez y para siempre, en “Últimos días de la víctima” iba a fondo en el tratamiento de una cuestión que representaba el vértice sobre el que se había instalado el poder del régimen. Esa oscura trama de sicarios, servicios de inteligencia y estructuras paramilitares que surcaban las calles en busca de sus víctimas, encuentra en esta producción un reflejo perfecto, sobre todo por cómo representa el agobiante clima que se vivió en el país durante los años de plomo.
La cinta se basaba en una novela de igual nombre publicada por José Pablo Feinmann en 1979, cuando todavía era Jorge Rafael Videla quien ejercía el mando y el aparato represivo se hallaba en su plenitud. El relato de Feinmann se inscribe de lleno en el género del policial negro, con un matón profesional (Mendizábal) al que le encargan la tarea de cometer un asesinato. Por supuesto, en el marco de los innumerables crímenes propiciados en ese momento desde las Fuerzas Armadas, esa muerte sería una de las tantas que quedaban sin esclarecer, como parte de un plan de exterminio.
Pero lo que en el libro quedaba insinuado, en la pieza audiovisual se hacía aún más evidente: hacia comienzos de 1982 ya comenzaba a develarse para la población en general la macabra faena que se llevaba a cabo en los campos clandestinos de detención. Por eso, los espectadores no tan ingenuos que asistían a las funciones de “Últimos días de la víctima” sabían perfectamente que Mendizábal encajaba en el prototipo de la “mano de obra” utilizada por los militares para realizar trabajos sucios como secuestrar, torturar y ultimar a aquellos ciudadanos sospechados de pertenecer a la “subversión”.
Federico Luppi, el actor fetiche de Aristarain, asumió aquella vez con solvencia el papel del asesino a sueldo, como cabeza de un elenco en el que también figuraban artistas de renombre como Ulises Dumont, Soledad Silveyra, Arturo Maly, Enrique Liporace, Julio De Grazia y China Zorrilla. En su devenir, la minuciosa preparación del hecho criminal se debatirá entre certezas y dudas, hasta que el propio Mendizábal comprenda que está atrapado en un juego donde intervienen intereses que están más allá de su propia capacidad de comprensión, y que es manipulado como una marioneta a la que no se le otorga la posibilidad de tomar decisiones.
De más está decir que este título se ganó los elogios de una crítica sorprendida por el vuelo narrativo del filme, no demasiado habitual en el cine argentino de la época, así como por el atrevimiento de tratar una temática escabrosa en la que muchos preferían no introducirse para no correr riesgos. Aristarain obtuvo el Cóndor de Plata por su labor en la dirección, en tanto que su obra fue preseleccionada para representar a la Argentina en los premios Oscar del año siguiente, aunque luego quedó fuera de las nominaciones según el criterio de los miembros de la Academia.
Tal vez haya sido porque “Últimos días de la víctima” no parecía el típico producto de un país periférico, sino un mecanismo de relojería confeccionado de acuerdo a lo que indican los manuales de la factoría hollywoodense. Y carecía entonces del exotismo que se buscaba en Latinoamérica para la categoría de Mejor Película Internacional, donde en esa época se prefería galardonar el color local y no la adecuación a los mandatos de la industria. Esa vez, la estatuilla fue para la alemana “El bote”, porque del cine europeo se esperaba calidad artística y no realismo mágico.
Pero, más allá de los merecimientos, que desembarcara en la pantalla grande en pleno conflicto bélico en el Atlántico Sur una película como esa, inspiró una sensación de que las cosas ya se habían salido de su cauce, cualquiera fuese el resultado de la aventura malvinense. Por eso, entre otras cosas, la noticia de la muerte de Adolfo Aristarain desencadenó un lamento unánime en el ámbito cinematográfico, ante la pérdida de un ilustre que ha dejado su huella en la cultura nacional, porque supo leer hasta dónde podía llegar con su cámara y extendió así los límites de las libertades conculcadas.