Caras y Caretas Cordobesas
Las tres décadas expuestas de Fader (Décimotercera parte)
Con el año veinte, llegaría una nueva muestra de Fader en la Galería Müller. Su vida en Loza Corral no había cambiado demasiado, ni tampoco su tenacidad para pintar.
Todo, menos las obras mismas del artista, parecía repetirse: las dificultades del clima, su salud, su temperamento autoexigente, su tenacidad en el oficio, la combativa autoestima que su obra refrendaba en él. A la quinta exposición en lo de su marchand, las voces especializadas de la prensa porteña eran unánimes en apreciar la nueva serie sobre el mismo paisaje, redescubierto una y otra vez en escenas, en luces, en cielos, en árboles, en montañas. Se destacaban las Tardes colgadas en las paredes del salón de Müller. Solo el propio Fader sabía cuánto le había costado realizar esas piezas, robadas al mal tiempo que casi le había estropeado el año.
Grandes críticos, dignos de grandes artistas, los adecuados para su época, daban su bienvenida a un pintor dotado, entre otros maestros de su generación. Apreciaban también los progresos del habitante de Loza Corral, a su vez lecciones de arte. Como se dijo, parte de esa conquista pictórica residía en un despojamiento del pintor y la búsqueda de una progresiva sencillez.
El año siguiente trajo un desafío diferente, no al artista, sino al padre y esposo. La primera mitad de 1921 se había presentado muy provechosa para la producción pictórica de Fernando, y el clima parecía haber bajado las armas para dejarlo trabajar. Sin embargo, en su segunda mitad, ese año trajo consigo una serie de situaciones familiares que no admitían postergación. Por un lado, el avanzado embarazo de Adela, y por otro la edad escolar que alcanzaban los niños, dispondría la necesidad de trasladarse a Buenos Aires los retoños con su madre, lo que se concretó a fines de ese año. En consecuencia, ese año no se realizó la hasta entonces obligada muestra en la Galería Müller. El artista -con invaluable auxilio de Müller- se ocupó del establecimiento de su familia en el puerto.
En 1922 nació en Buenos Aires, en enero, Adelita, la primera hija del matrimonio Fader.
El artista quedaba solo en Loza Corral, y ese año de producción le permitiría reanudar la ceremonia anual de exponer en lo de Müller, ocasión bien recibida al cabo del hiato de 1921. A consecuencia de esa reaparición de Fader en “su” galería oficial reencontramos noticias de “Caras y Caretas” donde, al cabo de dicha muestra publicaba, en su número del 30 de septiembre de 1922, las siguientes líneas sin firma:
“Cuando los ojos de Turner, el pintor inglés, sentíanse embebidos de un paisaje donde sumergíanse meditativamente horas y días, recién el artista volcaba en la tela la sensación de su espíritu: la obra de arte.
A Fernando Fader le pasa lo mismo. Es un desterrado que se redime pintando, y a trueque de ese sacrificio metódico reconocemos en él al primer pintor nacional que en vez de apuntar hacia los temas y las formas amables de Europa penetró resuelto en el corazón provinciano argentino.
Sus cuadros fueron grises y melancólicos otrora. Hoy el optimismo corona el triunfo del artista y en la Exposición inaugurada en el Salón Müller la obra reciente que Fader pintara en Córdoba es un himno de salud y de fuerza. Ha puesto el sol en sus telas; mientras la técnica complicada del artista se hacía más simple, la obra se ha robustecido conviviendo el estilo con la humanidad del artista que ha vencido las formas heroicas y clásicas para encontrar de nuevo al infinito en nuestras propias medidas afines. Fernando Fader es, una vez más, el primer pintor argentino. Nuestro pintor.”