Caras y Caretas Cordobesas
Joven bandido olvidado en una página (Tercera parte)
Un joven español llegado a la Argentina en 1923, vino a Córdoba al año siguiente con el plan de iniciarse en el oficio de asaltante en las sierras. Su única “escuela”, como ya se vio, fue haber asistido al cine a ver uno de los primeros western de aquellos años del cine mudo. El bandolero de la película, protagonizado por el famoso actor de entonces, William S. Hart, se convirtió en el ídolo de este muchachón bastante ingenuo, quien creyó posible emularlo y llenarse en Córdoba los bolsillos de “pepitas de oro”.
Detenido en la cárcel de Córdoba, era entrevistado por Juan José Soiza Reilly para Caras y Caretas, entre curiosos que acudían a ver y oír al personaje. Alberto Mengual le confesaba al cronista su aventura, que leía trabajosamente de una libreta. Desde el primer párrafo se filtra su imaginario de adolescente, intentando compenetrarse con los “héroes” del cine y de las novelas:
“«Estoy en la mañana del 2 de noviembre. El aire de las montañas de Córdoba... ¡oh, imaginación! y el tiempo que llevo sin comer, me abren el apetito. Podría aguantarme sin comer, como los héroes. Pero también es verdad que el hombre valiente que tiene que pelear, como yo, necesita comer... ¿Cómo harían los héroes para pelear hallándose en ayunas?»”
Resuelve su hambre carneando una ternera, cuyos restos entierra para borrar sus huellas. En esa especie de prólogo a la concreción de su primer asalto, prosigue: «Viendo que el tiempo es malo elijo una gran roca para ocultarme de la lluvia debajo. Salgo a buscar leña. Ya estoy de vuelta con una brazada, cuando ruje la tempestad. Enciendo fuego. Me aliño un churrasco... Entre tanto, leo mi libro favorito: ‘Los bandidos de Calabria’…».
Es notable que el aprendiz de bandido llevase un libro encima, y que el título del mismo aludiese de algún modo a su proyecto delictivo. Podía tratarse del cuento homónimo de Alejandro Dumas, traducido y publicado en español a fines del siglo diecinueve, una historia de bandolerismo situada en el sur de Italia.
Más adelante en su andanza, Mengual se topa con un rancho, cuyos habitante le dan de comer (“huevos, carne frita y un pedazo de torta”), sin aceptarle pago por el plato: “Dejo un peso en las manos del niño”, relata.
Prosiguiendo sus anotaciones refiere su deambular por las sierras, moviéndose por el territorio sin un objetivo suficientemente planificado.
“«Al anochecer mato un bicho de un balazo. Ignoro su nombre. Es de la altura de un gato. Sigo adelante... Una tropa de novillos o toros avanza en línea recta hacia mí. Las bestias están a 50 metros. Van a aplastarme. Saco el revólver y disparo al aire. Los animales se asustan. Dan vuelta. Corren... Yo corro tras ellos.
Día 6. Llego a Tanti. Continúo por el borde de la carretera, cerca de un paraje llamado Los Cortes, pues aquí el camino fué abierto cortando la piedra...
Siento el ruido de un auto. El vehículo pasa velozmente dejando un concierto de risas y voces de mujeres y niños. Tanta alegría me pone triste... Oh, tengo una idea...»
“Mengual no quiere leer más -refiere el cronista-. Cierra el cuaderno. Lo esconde bajo la almohada.”
Soiza Reilly lo indaga entonces:
“—¿Y cuál fué Ia idea que tuvo usted, Mengual?
— Detener a los automóviles que pasaran por Los Cortes y quitar a los viajeros todo cuanto llevaran…”.
El muchacho, de inmediato, pasaba a la acción, desarrollando su primera y su segunda hazaña delictiva el mismo día, a resultas de lo cual acabaría contando su aventura en la cárcel.