Donde nada sabe la ciudad
Al pie de una bajada de la avenida de Circunvalación, al sur de la ciudad de Córdoba, entre campos sojeros castigados por el glifosato u otras pestes, se encuentra un jardincito de infantes muy precario para niños y niñas enfermos. Los campos están enfermos, lo están las fuerzas del estado, el estado mismo, y la sociedad en general. Fernando López ha tejido esta novela, donde la narración nunca se detiene, pero procede de distintas bocas, dentro de un dispositivo donde el periodista de un canal investiga un hecho del cual él mismo fue testigo, y en cuyo epicentro comenzó su tarea de registro y preguntas. Ahora (cuando la novela empieza), está haciendo las últimas entrevistas para darle cierre a ese relato de los hechos que concluyeron. Sus interlocutores, determinantes en esos hechos, dan sus impresiones, explicaciones y conclusiones, cuando ya el círculo se ha casi cerrado, para bien o para mal.
Desde el jardincito “Dientes de leche”, una maestra llama al 911 y siembra una alerta: un hombre mayor, abuelo de una de las alumnitas -Valentina, que tiene leucemia- ha aparecido en la escuela exigiendo que le entregasen a su nieta; la niña se ha prendido a él como a una tabla de salvación, y la maestra nota que el hombre tiene el cuerpo rodeado de cables, por lo que de inmediato hace la llamada de emergencia. A partir de ese momento las fuerzas del estado se ponen en movimiento, y entre ellos comisario, jefe, fiscal de turno, médico forense del poder judicial, una jueza de menores y, un enorme operativo en torno al rancho, esa tapera, el jardincito. Se ha filtrado que el terreno en torno a la escuela ha sido minado por el atacante, quien tiene un prontuario preocupante: zurdo, ex guerrillero, exiliado, indultado, posible terrorista. Hay bomberos, excavadores, expertos en explosivos, helicóptero, carros policiales, un drones de tamaño de insectos, en una siesta donde las aspas del helicóptero pueden incluso aliviar por un momento el calor, levantando a la vez tierra y piedras como proyectiles. Están allí, alterados, los padres y madres de niños y niñas.
Adentro hay unas maestras, y también una mujer joven, de gran carácter, formoseña de origen indígena, y una docena de niños y niñas con epilepsia, celiaquía, malformaciones congénitas, diversos problemas neurológicos y autismo. “Esta escuelita es una enfermería. Son muertos vivientes”, se oye decir entre los tantos que asisten a la escena. Discutiendo las vías de acción, entre las autoridades presentes se habla de atacar al anochecer, matando al terrorista, tal vez haya otras víctimas, pero sería un operativo rápido. También se habla de conspiraciones indígenas guerrilleras, y hay cierta satisfacción en algunos personajes por la acción que el desarrollo del conflicto le aporta a la mediocridad cotidiana.
Entretanto, conocemos el cuadro interior, dentro del foco del conflicto, a los niños y las niñas, a sus maestras, y a Guaci, la indígena, la más sensata en el cuadro completo, aunque, al parecer, se halla complotada con el abuelo de Valentina.
Esos son los elementos generales. Una enorme movilización en torno al lugar más pobre y miserable de la ciudad, que Fernando López relata con la maestría que le es reconocida, en una narración implacable, que avanza incluso cuando se detiene a indagar puntos de vista. No es la evolución estricta de una cronología, sino una textura de voces, de opiniones que pintan las mentalidades en juego, o de información que van aportando al cuadro, al tejido. El armado de ese relato coral es eficiente, atrapa al lector. Las temáticas que se decantan hablan de las irresponsabilidades institucionales, la desidia, la violencia, los prejuicios, el abuso infantil y, por fortuna, aun entre las capas de tristeza que se atraviesan, hay humor, hay acidez y lucidez en varios personajes, y sobre todo hay rasgos de amor, que es el único antídoto que se puede prescribir para sobrellevar el valle de lágrimas.
Le hacemos a Fernando López una sola pregunta por la fuente de los elementos centrales de la novela, y aquí su respuesta:
“Por supuesto que siempre hay relación con algunos hechos verídicos, no digo reales, pero sí verídicos, y que toda novela es como un tapiz, donde se van juntando distintos trapos, distintas tramas, distintos personajes hasta que se va completando. Yo no estuve personalmente en ningún operativo de ese tipo, pero sí he visto algunos noticieros, donde eso es posible. Y el lugar, de alguna manera, se refiere, aunque siempre reitero que es ficción, al tema de las madres de barrio Ituzaingó. Sobre todo, por el tipo de enfermedades de los chicos. Pero nada más, esos son los únicos ingredientes reales, verídicos, de una novela que es pura ficción. Que ojalá despierte a los lectores, los haga pensar sobre las cosas que no tienen que pasar.”
Creador y coordinador del ciclo de género negro y policial Córdoba Mata, Fernando López es de San Francisco (Dpto. San Justo), estudió abogacía y ha ejercido como juez. Obtuvo los premios literarios Latinoamericano de Narrativa Colima (México, 1984) y Premio Casa de las Américas (Cuba, 1985) por la novela Arde aún sobre los años. Tiene una nutrida obra literaria, con gran predominio en el género negro. Se cuentan entre sus novelas Con la sombra del agua, 2004, Odisea del cangrejo, 2005, Bilis negra, 2005, Áspero cielo, 2007, Un corazón en la planta del pie, 2012, Falsa rubia con tacones, 2012; Philip Lecoq, detective, -seis episodios- entre 2012 y 2017; Animales de la noche, 2012, No te rías si me muero, 2013
“Dientes de leche”, publicada por Emporio Ediciones, se presenta esta tarde a las 18.30 en la Biblioteca Córdoba (27 de Abril 375). Participan junto al autor Daniel Teobaldi y Mirian Pino. Comentario musical a cargo del blusero Edgardo ContiZanetti. La entrada es libre y gratuita.