Cultura Por: Víctor Ramés10 de junio de 2026

Cordobers | Caras y Caretas Cordobesas

La última carrera de Eduardo Luro fue brevísima y trágica en la recta de Argüello, ya que a metros de la largada perdió el control del Stutz, mató a una espectadora y acabó carbonizado a bordo, junto a su copiloto. Un monolito los recuerda en la avenida Núñez.

La última carrera de Eduardo Luro (Cuarta parte)

“Habían transcurrido de la partida unos 50 segundos, cuando una llamarada alta y llena de humo negro asombró a todos los que esperaban ver pasar, como un bólido de acero lanzado en la ruta, la blanca máquina de Eduardo Luro”, se leía en “Caras” evocando, ocho años después, aquel confuso y trágico momento del 26 de abril de 1925. El público ocupaba la ruta a ambos lados, hasta varios kilómetros del camino de Argüello. En la pronunciada curva de La Tablada, a enorme velocidad, el motor del automóvil de Eduardo Luro y Rodolfo Figoli produjo ruidos extraños. El piloto perdió por completo el control y en su marcha desbocada el vehículo embistió de refilón un árbol, perdiendo la rueda izquierda delantera y la punta del eje. Chocó luego con el alambrado que separaba la pista del público, dio un gran topetazo a un automóvil Chevrolet que ocupaba una familia, y acabó envuelto en llamas, volviendo imposible sacar de la pira a Luro y a Figoli.

El hermano de Eduardo, Jorge Luro, participante en la carrera, esperaba su turno para largar cuando alguien le señaló la columna de humo y sus cálculos le anticiparon lo que más temía. Arrancando a toda velocidad, llegó a unos cien metros del Stutz que ardía, se bajó y corrió desesperado hasta él. “A la vista de los cadáveres carbonizados el señor Jorge Luro sufrió un desvanecimiento; varios amigos lo separaron del lugar atendiéndole en esos horribles momentos de dolor. Pero el temperamento fuerte del señor Luro recuperó bien pronto su serenidad y entonces se lo vio otra vez frente a los cadáveres, tomando disposiciones y sin que delatasen su dolor más que unas lágrimas rebeldes que no podía contener”, refería “Crítica” al día siguiente. El mismo diario informaba: “Del Chevrolet contra el que chocara el coche del señor Luro, fueron retiradas sin sentido la señora Berta D’Angelo y su hija Rosa las que resultaron heridas con diversas fracturas y lesiones interiores, determinando la muerte de aquella y el gravísimo estado de la última a quien se desespera de salvar”. Y decía, en otra columna: “¿Qué sino es la fatalidad más absurda puede explicar la muerte de la señorita D’Angelo? Se preocupaba sólo en gozar de la fiesta del hermoso día de otoño que fué el domingo (…) ajena a lo que sucedería momentos después. De repente, la máquina loca que corría a 200 kilómetros por hora, la locura y la muerte, en fin, pasa enceguecida y destruye una vida joven, feliz, inocente. ¡Pobrecita esa víctima de la máquina infernal guiada por el sportman que apenas había alcanzado a verla!”

Los cuerpos de Luro y de Fígoli fueron depositados en el hospital San Roque, a la espera de su traslado en tren hacia Buenos Aires, y millares de personas concurrieron a la capilla ardiente improvisada en Córdoba. A las 16.30, llevando a pulso los ataúdes de ambos deportistas, se formó un cortejo hasta la estación Mitre. Los restos serían recibidos a las 9 de la mañana siguiente en Retiro, por una gran multitud.

El Circuito automovilístico La Tablada alcanzaba un recorrido de 18 km que arrancaba a la altura del actual colegio La Salle y regresaba del km 14 del camino a Villa Allende. Actualmente, en la Av. Núñez al 6000, en un lugar aproximado al de la muerte de ambos pilotos, se levanta un monolito en memoria de ambos, iniciativa del Audax Córdoba. Allí se lee en un mármol:

“A Eduardo A. Luro y Rodolfo Figoli

Vencidos por el destino en aras del deporte.

Abril 26 de 1925”

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