Cultura Por: J.C. Maraddón16 de junio de 2026

La sorpresa estuvo ausente

Tal vez era equivocado pensar que en esta Copa del Mundo, de la cual Estados Unidos es una de las sedes, íban a deslumbrarnos las demostraciones de prodigios tecnológicos, sobre un presupuesto multimillonario que además serviría para legitimar al actual habitante de la Casa Blanca.
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Si algún escritor de ciencia ficción hubiese imaginado cincuenta años atrás cómo podrían llegar a ser hoy las ceremonias de apertura de las Copas Mundiales de Fútbol, jamás se hubiese acercado a lo que fueron los tres actos de inauguración a los que asistimos como telespectadores entre jueves y viernes pasados. Y es que lo visto en ese tríptico de espectáculos asoma como contrario al despliegue tecnológico que nos viene sacudiendo día a día, con prodigios que nos dejan asombrados y que ponen en cuestión esos paradigmas que hemos heredado y que ahora corren peligro de extinguirse ante herramientas como la inteligencia artificial.

Quizás haya sido la de Alemania en 1974 la primera gran celebración moderna por el comienzo de una Copa del Mundo, con esas 16 pelotas gigantes de las que, al abrirse sus gajos, emergían representantes culturales de cada uno de los países intervinientes. Que desde una de ellas aparecieran Zamba Quipildor y Jaime Torres como referentes de nuestra nacionalidad, provocó en aquel entonces una polémica que ponía en evidencia cuán racista podía ser una sociedad que no se percibía como tal. Más allá de este entredicho, aquel evento germano marcó un hito en cuanto a la organización de estas bienvenidas.

Por aquel entonces, la sede correspondía a la Alemania Federal, que buscaba alejarse de las atrocidades del nazismo y diferenciarse de su par Democrática que vivía bajo un régimen comunista. Recuperada su economía tras la hecatombe de las dos guerras mundiales, aquella potencia centroeuropea necesitaba exhibir su pujanza como símbolo del llamado “milagro alemán” y como ejemplo de que el capitalismo era la senda para el desarrollo que permitía esa clase de portentos. Una justa deportiva de esta magnitud constituía una vidriera perfecta para que el planeta se deslumbrase ante el lucimiento técnico y humano que la televisión transmitía a una audiencia global.

A pesar de que siempre estas ocasiones fueron aprovechadas por los gobiernos anfitriones para dar muestra de su pujanza, aquella velada del 13 de junio de 1974 en el Estadio Olímpico de Munich subió la vara hasta unas alturas sin precedentes e impuso un formato que, por supuesto, no iba a poder ser equiparado en Argentina en 1978. La dictadura, como resulta lógico, hizo prevalecer la disciplina y el ejercicio físico en los esquemas juveniles que prologaron esa cita mundialista, una propuesta coherente con la política de represión indiscriminada que se aplicaba contra la población.

Ha pasado mucho tiempo desde esas jornadas de recuerdos en sepia, y la evolución de las puestas en escena tomó una dinámica distinta, que tuvo su punto de partida en 1994, la vez anterior en que el torneo ecuménico se desarrolló en Estados Unidos. Como epicentro de la industria del entretenimiento y faro occidental del negocio audiovisual, ese país aprovechó la oportunidad para teñir con su impronta la epopeya futbolística, que era toda una novedad para sus habitantes, consustanciados con el básquet, el béisbol y el fútbol americano, pero para nada proclives a lo que ellos denominan soccer.

Sin embargo, también es de allí desde donde nos llega la mayoría de las innovaciones que sacuden nuestra vida cotidiana, que en el último cuarto de siglo ha sufrido alteraciones notorias a partir de inventos que casi siempre tienen que ver con la virtualidad. Por eso, no era equivocado pensar que en esta Copa del Mundo, de la cual Estados Unidos es una de las sedes, íbamos a ser sorprendidos por demostraciones de ese estilo, sustentadas en un presupuesto multimillonario que además serviría para legitimar al actual habitante de la Casa Blanca, quien dista de gozar de una simpatía unánime en el contexto del resto de las naciones.

Primero les tocó el turno a la ciudad de México y a Toronto, como socios de esta empresa en la que ahora 48 seleccionados disputan el título de campeones. En ambos casos, una presentación que combinaba el color local con la actuación de estrellas musicales, dejaba con ganas de algo más a quienes se habían ilusionado con que no solo las caderas de Shakira iban a sacudirse. Pero cuando el asunto se escenificó en Los Angeles y tampoco levantó la puntería, la desilusión se generalizó entre esa gente que no necesariamente siente atracción por el fútbol.

Tal vez se haya buscado priorizar la tracción a sangre por encima de las máquinas, como respuesta a un presente en que los individuos se sienten a merced de los algoritmos. O es probable que se hayan puesto las fichas en el atractivo de las celebridades, más que en abrumar con efectos especiales de flamante factura. Lo cierto es que impresionó tan poca sorpresa (y tanta falla inesperada), justo cuando nos estamos preparando para asombrarnos con los aspectos positivos y las consecuencias negativas que puedan acarrearnos esas tecnologías que copan nuestros actos sin que podamos negarnos. 

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