Cultura Por: Víctor Ramés24 de junio de 2026

Caras y Caretas Cordobesas

Aun cuando el semanario atraviesa un período largo de silencio sobre Fernando Fader, un autor proporciona un inédito sobre la exposición de 1906, que “Caras” le había rechazado a Juan José Soiza Reilly sobre el pintor. 

Las tres décadas expuestas de Fader (Tercera parte)

En el propósito de reanudar la carrera expositiva de Fernando Fader reflejada en la revista “Caras y Caretas”, se ven transcurrir varios años de silencio en torno al pintor por parte del semanario. Esos vacíos procederían del repliegue inevitable de Fader del escenario pictórico que se dirimía en Buenos Aires, y donde su figura se había agigantado, para permitirle dirigir las obras de ingeniería hidroeléctrica concesionadas por su padre en Mendoza, luego del fallecimiento del progenitor. Ocurrió entre 1909 y 1914, este último el año en que el pintor regresaría a la lid, pero económicamente en la ruina.

Sin embargo, retrocediendo al momento justo antes de la formación de Grupo Nexus, el autor Rodrigo Gutiérrez Viñuales viene en nuestra ayuda proveyendo un dato interesante en su detalladísimo libro “Fernando Fader, Obra y pensamiento de un pintor argentino”, donde ilustra incluso en pormenores la tarea de instalar usinas y construir represas en Mendoza. Viñuales extrae de una fuente familiar heredada de Fernando Fader, una “página inédita escrita por Juan José de Soiza Reilly para la revista ‘Caras y Caretas’ en diciembre de 1905, enviada a Fernando Fader por dicho periodista”.

Según cuenta el investigador, Soiza Reilly, quien era corresponsal “estrella” del semanario en Europa, había recibido de “Caras” el encargo de escribir sobre la exposición de 1906 en el salón Costas. Sin embargo, la revista acabó rechazando el texto elaborado por el corresponsal, quien la escribió tras asistir a la muestra de Fader, lleno de una admiración expresada con los habituales giros coloquiales y desafiantes por el renombrado colaborador. Caras la reemplazó “por otra de tono más subjetivo y ameno”, que es la que compartimos anteriormente. Viñuales transcribe unas pocas palabras, que bastan para muestra, donde Soiza Reilly se refiere a Fader como a “un muchacho imberbe que sin más broquel que su osadía se atreve a protestar contra la técnica mohosa de los profesionales del pincel, entrando en la pagoda de los preceptos clásicos con las sandalias puestas y pintando cuadros que para el criterio bizco de la plebe del arte no entrañan más valor que el precio de los marcos...”. Se entiende el rebote de la nota por “Caras”, ya que la misma insultaba el gusto medio de su propio público lector.

Tras ese inesperado texto omitido por “Caras”, retomamos los años de Fader en la construcción de la usina hidroeléctrica. Hasta entonces su carrera, pese a enfrentar limitaciones, había logrado continuar avanzando, por caso los dos años de existencia del grupo Nexus entre 1907 y 1908. Sin embargo, la responsabilidad asumida para cumplir los compromisos de su padre fallecido, que comprometían la fortuna familiar, lo pusieron a dirigir tareas a cargo de ingenieros alemanes y de trabajadores de varios gremios especializados, esfumando su figura de los ambientes artísticos porteños, en el año 1909 y durante los años siguientes hasta 1914.

Fernando debió hacer frente a una serie de tareas titánicas en términos de tecnología, construcción y financiación, como la de construir un canal de desagüe, “que medía 180 metros de largo por 9 de profundidad y 10 metros de ancho término medio, pudiendo dar salida a 300 metros cúbicos de agua por segundo”, como aporta la detallada investigación de Rodrigo Gutiérrez Viñuales. Refiere asimismo que, en tramos de esa complicadísima tarea, se empleó “en total una carga de dinamita y pólvora de 400 a 8.000 kilos”. También debió el pintor encargarse de dirigir las obra de un dique revestido en hormigón armado para soportar crecidas, y la colocación de turbinas de fabricación alemana. Muy poco que ver con la delicadeza del arte. 

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Caras y Caretas Cordobesas

Tras su primera exposición, Fader volvía a ofrecer una individual en 1906, mostrando su pincel en la plenitud de los paisajes. Si bien ese momento de su vida le era desfavorable en lo familiar, hizo lo posible por seguir avanzando e imprimiendo nuevas huellas en la pintura argentina. 

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