Fuga del encasillamiento
Entre las consecuencias del estado actual de las cosas, que entre otros virus contagia la sensación de que ya no queda nada nuevo por hacer, la cultura muchas veces opta por morderse la cola, al volver sobre sus pasos para rescatar algo que data de mucho tiempo atrás. En ese rescate perpetuo se reciclan ideas que aparentaban haber quedado en el olvido, pero que para las generaciones de hoy suenan novedosas porque se ha perdido el rastro de su aparición inicial, lo que termina legitimando su reutilización por parte de creadores que prefieren apostar por lo que ya ha sido probado, para no asumir riesgos.
Cabe preguntarse entonces si las posibilidades de que emerja algo completamente nuevo han sido canceladas o si todavía se es posible abrigar esperanzas de que haya algo que nos sorprenda y nos saque de ese letargo en el que todo es un reciclaje de antigüedades. Si nos guiamos por lo que aflora en el panorama de lo aclamado por las mayorías, es difícil ver ahí algún rasgo que sea inédito, porque en general se trata de hallazgos pretéritos a los que se actualiza para presentarlos como si fueran flamantes.
Tal vez la solución a este intríngulis se perfile como una postura intermedia entre las fórmulas que fueron exitosas en otras épocas, y esa necesaria vuelta de tuerca que consigue desorientar al público, a partir de esquemas que todos conocen. En el mejor de los casos, lo que haría falta es exprimir la imaginación, hasta dar con esa perspectiva que, sin desdeñar la influencia de anteriores expresiones, se esfuerza en descubrir una veta diferente. Aunque tener a mano el archivo inconmensurable del que hoy disponemos, tampoco ayuda mucho a apartarse de lo canónico, cuya persistencia se ve facilitada por el acceso directo que tenemos a la producción artística universal.
En literatura, por ejemplo, una de las salidas que podría darse es seguir el camino de los géneros que tanto ayudan a ordenar el caos, pero desplazando el encuadre hasta encontrarle a esas casillas un punto de fuga. Para los lectores acostumbrados a que las cosas se desarrollen de acuerdo a pautas prefijadas, ese mero desplazamiento debería representar un desafío a sus expectativas y, por lo tanto, un menú diferente que quizás se transforme en un manjar... o una decepción que, de todos modos, haya valido la pena como intento de modificar lo inamovible.
El fútbol, por ejemplo, ofrece características que permiten ambientar historias de diversa calaña en el marco de su práctica, y a la vez goza de una popularidad que atrae multitudes, incluso cuando se lo enmarca dentro una producción literaria. Los nombres de Osvaldo Soriano y Roberto Fontanarrosa asoman de inmediato a la hora de citar autores que en nuestro país se han dedicado a escarbar en la fauna futbolística para hallar personajes de ficción dignos de mérito, cuyas aventuras entreguen material narrativo capaz de conmover a quienes gustan tanto de leer como de disfrutar con el juego de la pelota.
En “Mítico”, el libro recientemente publicado por Jorge Nahúm a través de la editorial Recovecos, la innovación reside en reunir relatos que tienen en común el balompié, pero que recorren territorios de la ciencia ficción, el terror, lo romántico, la fantasía, evitando detenerse en ninguno en particular. La originalidad consiste entonces en transitar ese abanico en la ruta que va de un cuento breve al otro, sin atenerse a otra pauta que la de apelar a que el fútbol sea lo que entrelaza esos textos, como un magma fundamental para que no falte la coherencia.
En la oportuna circunstancia de la disputa de la Copa Mundial 2026 en sedes de México, Estados Unidos y Canadá, “Mítico” fue presentado hace unos días en el Estadio Mario Alberto Kempes, escenario de partidos que han quedado inscritos en la memoria de la ciudad. Ante un auditorio en el que predominaba la presencia de sus colegas periodistas deportivos, Jorge Nahúm explicó el origen de estas narraciones de su autoría, muchas de las cuales aparecieron en su momento en los diversos medios gráficos en los que él ha trabajado a lo largo de más de 30 años de labor.
Héroes y antihéroes, prohombres y malnacidos, valientes y cobardes, gélidos y apasionados, terrícolas y alienígenas, habilidosos y pataduras, todos conviven en esas páginas que huyen del encasillamiento y persiguen una salida a lo previsible. A eso cabe agregarle una cuota de picardía para que la lectura se convierta en un ágil ejercicio que nos lleva de aquí para allá en un viaje que no se ancla en la imaginería futbolera, sino que utiliza la esencia de esos rituales seculares como plataforma de despegue. Un experimento saludable en medio de la abulia que pareciera obligarnos a repetir siempre lo mismo, creyendo que esta vez será distinto.