Lo que se esconde bajo la alfombra brota en el Olmos
El 23 de junio de 1995 tenía nueve años recién cumplidos. No sé si había vuelto temprano del colegio, si estaba enfermo o si habían corrido el feriado del día de la bandera, pero recuerdo haber visto en vivo por la tele las escenas de cómo prendían fuego la casa radical. No entendía nada, pero la violencia del enfrentamiento me dejó impactado. Quizás por haber visto esas cosas mi generación le esquivó tanto a la idea de represión.
De grande uno aprendió qué estaba pasando y cómo terminó todo, pero nada supera esas sensaciones registradas cuando niño.
El sábado la gente salió a festejar el triunfo de Argentina frente a la ignota Jordania en el mismo lugar, un punto de encuentro fundamental para las cosas importantes del tiempo que tengo memoria. Lo bueno y lo malo pasa por esa conjunción de arterias que designan el centro neurálgico de la vida colectiva cordobesa.
Lo que debía ser un encuentro alegre se convirtió en una batalla campal, donde diversas facciones se enfrentaban entre sí y con la policía. Algunos dicen que se debió al robo de un centenar de celulares, lo que suena exagerado y posible en partes casi iguales. Sea cual sea el motivo, hubo cuatro detenidos, varios policías heridos y dos móviles dañados como saldo de un día en el que unas 3.000 personas querían pasarla bien compartiendo con otros.
Es notable la forma en la que queremos pensar que somos como la multitud que coreó el nombre del dueño de la billetera perdida hasta encontrarlo, aunque la realidad nos golpea con estas otras escenas en la que se sustraen billeteras en lugar de devolverlas.
La semana pasada estuve dando vueltas por zonas de la ciudad por las que habitualmente no circulo. La salida hacia circunvalación por Capdevila puede mostrar esas cosas de los márgenes, pero verlo en 25 de mayo y Maipú a las cuatro de la tarde me impactó. En ambos casos, con apenas días de diferencia, me crucé con hombres de entre 40 y 50 años tomando cocaína a luz del día y frente a todo el mundo. No estoy descubriendo nada nuevo, pero cuando la periferia llega al centro es señal de que algo pasa y se va descontrolando.
Parte de lo que pasó el sábado frente al Patio Olmos tiene que ver con esa misma situación de excesos en los consumos y la pérdida total del miedo a lo que pueda pasar. Ni la policía ni el control social parecen servir como escarmiento para esas personas que siguen siendo empujadas a los márgenes del sistema por la misma política que debería tratar de incluirlos.
De grande aprendí que lo que explotó en 1995 fue un proceso de bronca contenida por un exceso de confianza política en la capacidad de contener la presión social. Hubo numerosos reclamos que se desestimaron y (más allá de la postura radical de cómo jugó parte del sistema político local) algo que estaba oculto brotó de golpe a la superficie. Es lo que pasa cuando los problemas se barren debajo de la alfombra.
Este fin de semana parece haber salpicado un poco de eso que se está ignorando y tratando de contener para que no explote. La gente en la periferia lo ve y lo sufre diariamente, pero nada parece preocupar a los que siguen metiendo cosas debajo de la alfombra para que no se note. Olvidan que -eventualmente- todo explota de repente, por más que traten de contenerlo.