Caras y Caretas Cordobesas
Las tres décadas expuestas de Fader
(Séptima parte)
Cuando Fernando Fader se había prácticamente identificado con el paisaje de Ischilín que pintaba día tras día con disciplina de monje y con cierto desdén por la vida ciudadana, “Caras y Caretas” anotaría en 1932, en una de sus páginas, la mirada y el respeto ganado por el artista instalado en Córdoba, de pluma de Armand Maffei:
“Desde 1916, es otro aspecto de la misma naturaleza: Córdoba. El ermitaño de la sierra se ha sentido con toda la suprema alegría de ser completamente embargado por el maravilloso espectáculo. Lo busca, primero, lo domina, luego, hasta su entraña. Allí aprende a encontrarse frente a sí mismo, y la materia va cediendo ante la supremacía del espíritu, que poco a poco se impone hasta excluir todo lo que no convenga a su potente fuerza, apartando lo pasajero, para entrar con paso seguro en lo definitivo.”
La pintura de Fader, su estar inmerso en el paisaje, exigía una crítica poética sobre sus telas, una reflexión acerca del significado de su obra. Su seriedad lo hacía ver como un eremita, como alguien devoto de su oficio, y también como un artista absolutamente convencido de su obra. Las tres cosas eran extremas y ciertas. También lo muestran, fotografías cordobesas, en algún alto de su tarea con sus hijos en las rodillas o a upa, padre protector y sensible a la vida familiar. Sus obras del período cordobés ponen en juego todas las habilidades técnicas, estéticas y espirituales del pintor.
Es 1916 y tenemos a la familia Fader en su primer año en Córdoba. Ese año realizó en Buenos Aires, en la Galería Müller, su primera exposición de un nutrido ramillete de pinturas traídas de la provincia mediterránea. La revista “PBT”, una de las competidoras de “Caras y Caretas” (e irónicamente fundadas ambas por el mismo publicista, Eustaquio Pellicer), le dedicaba una nota de cinco páginas al pintor franco-mendocino, con fotos a color de sus obras y un muy buen retrato de Fader a sus treinta y cuatro años. Allí, el crítico Alberto Tena, que acumulaba una producción literaria y crítica en diarios y revistas, tomaba nota de la primera muestra individual del artista en la Galería Müller, en septiembre de 1916. Entre otras cosas, expresaba Tena:
“Fader no es en manera alguna un pintor reflexivo. Toda su obra revélalo un ser apasionado y febril, un corazón que se embriaga de vida, de color y de luz y luego vuelca sus palabras, por medio del color, en las telas. Por eso la realización de sus cuadros no es laboriosa ni fatigada, antes por el contrario, se advierte que no ha tenido más que expresar sus ideas a la manera del torrente que pasa sin dificultad y cantando.”
Y más adelante afirmaba:
“…Su última exposición nos lo presenta en su cuerda esencial: cantor de la naturaleza. Y en esa ruta debe seguir siempre. Los grandes maestros de la pintura moderna son aquellos que han elaborado un trabajo de unidad de asuntos. Se han especializado en explotar la cuerda que sentían con profundidad y con sincero deleite. Fader está en su dominio pintando como ha pintado sus últimas obras.”
Y sintetiza sus impresiones diciendo:
“Fader, clausurada su exposición, ha partido de nuevo para encerrarse en las sierras de Deán Funes, donde tiene la casita blanca que figura en el cuadro Paz, casita que él mismo se ha construido… (…) Luego nos traerá una nueva palpitación de su vida de artista, que acaso nos haga enmudecer de encanto. (…) Fader tiene que decirnos todavía con sus colores y con su talento muchas, muchísimas cosas.”