Cultura Por: Víctor Ramés27 de julio de 2026

Caras y Caretas Cordobesas

En 1919, Fader participaría de dos muestras, el Salón de Otoño de Rosario, y su muestra individual, gran ceremonia anual en la Galería Müller de Buenos Aires. Entretanto, en Loza Corral, pintaba luchando contra el mal tiempo cordobés.

Las tres décadas expuestas de Fader 

(Décimosegunda parte)   

Tras la exposición en Montevideo, Fader inició el año 1919 en Loza Corral, trabajando en la construcción de la casa definitiva para la familia. Una vez más su ánimo devoto de la pintura se exasperaba con todo lo que se interpusiera entre su mano y el pincel atrapando trazo a trazo su modelo: el paisaje serrano. La tarea ingenieril de levantar el hogar suponía un impedimento. Otro lo presentaba la “intrusión” de la lluvia, que venía a cumplir su tarea como desde hace milenios. Las cartas a Müller citadas por el especialista Rodrigo Gutiérrez Viñuales, exponen la desesperación con que Fader intenta producir nuevas telas para las próximas muestras de ese año, una en Rosario, y la cita anual en la Galería Müller. Una conversación epistolar entre Fader y su galerista brinda apuntes sobre la focalización estética actual del pintor: “una persecución aún más intensa de la diferente naturaleza de los efectos lumínicos”, la búsqueda de atrapar ya no los árboles o el paisaje “puestos como tales bajo tal luz, sino la luz como tal”.

Al Salón de Otoño de Rosario, en mayo, aportó tres nuevas vistas serranas en las que, pese a la lluvia, había podido aplicar la paleta. Y en octubre concurrió a su esperada cita en el local de la calle Florida de su amigo y mentor Federico Müller, quien lo había visitado unos días ese año en Loza Corral.

La exposición en la Galería Müller motivaba una página en el suplemento de la revista “Caras y Caretas”, la publicación “Plus Ultra”, que el semanario reproduciría al año siguiente. Con el sencillo título de “Exposición Fader”, la página muestra una foto de Fader y un par de cuadros suyos, en blanco y negro. Se lee en el texto:

“Todas las primaveras vuelve Fader cargado de lienzos: hace su exposición, y, en seguida, toma a la montaña, hasta la primavera siguiente.

La montaña cordobesa es para él pingüe mina de salud artística y de salud física. En el cariño ferviente que Fader profesa a su montaña hay dos agradecimientos muy humanos: el que debemos al doctor victorioso y el que inspira el maestro. Maestra y doctora, la montaña acoge complacida a uno de nuestros primeros pintores.

Y Fader no traslada allá la vida de la ciudad, sino que se acomoda al medio viviendo en un rancho que es una pincelada blanca alegremente puesta en un vallezuelo encantador entre pinceladas verdes, grises, azules...

Allí, en aquel valle que sólo él alcanzó a pintar, pinta Fader sus luminosas telas. No se acomodaría a otro taller. El aire libre, oxigenado, ozonizado vivifica la mente y los ojos de ese pintor que se ahoga en los estudios. Y el colosal modelo, la montaña se cubre de flores silvestres, se rocía con agua, se pinta mirándose en el espejo azul del cielo para que Fader la copie. La montaña, y sus montañeses, y sus montaraces bestias, hombres, seres y cosas, están allí a disposición del artista que adora en ellos.

Necesítase un alma muy grande para poder pintar en ese estudio sin muros ni techo humanos.

Hace falta un pincel que abocete y detalle al mismo tiempo, un pincel nervioso y reposado que analice y sintetice. Ese es el pincel de Fader, maestro en la expresión intensa del paisaje montañés, copiado, interpretado por medio de vibrantes colores y de pinceladas vivas.

Por eso, en los cuadros del formidable pintor está la verdad que atrae y emociona, sencilla y complicada, adusta y risueña, la verdad, esa musa que tan raras veces se une a la belleza para mirarse en el espejo de los cuadros.”

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Caras y Caretas Cordobesas

Cuando Fader se hallaba cerrando su exposición en Montevideo, el semanario porteño publicaba, el 22 de junio de 1918, una nota reflejando la buena recepción obtenida por el artista en el ambiente cultural de la capital uruguaya.