La sensación de irse a pique
La conmoción internacional provocada en abril de 1912 por el hundimiento del transatlántico Titanic en las aguas del Océano Atlántico, se magnifica por haber ocurrido en un momento en que la prensa gráfica era aún el único medio de comunicación masivo existente. De haberse esparcido una noticia semejante en el actual ecosistema mediático, cabe imaginar cuánta mayor consternación hubiera provocado ese accidente en el que fallecieron unas 1500 personas, de un total de alrededor de 2200 que viajaban, entre pasajeros y tripulación. El choque contra un iceberg en las cercanías de Terranova fue el motivo de un naufragio que hizo historia.
Este aterrador suceso aconteció cuando la industria audiovisual se hallaba todavía en pañales, pero eso no impidió que a pocos meses de la tragedia se filmara una película muda donde la realidad era llevada a la ficción, con una de las sobrevivientes como protagonista. Fue la primera de una larga cadena de realizaciones que se estrenaron a lo largo de más de un siglo, donde se incluye documentales, series de televisión y hasta crónicas sobre el rescate de los restos del navío, a través de expediciones que localizaron su casco en 1985 y que de a poco fueron recuperando algunos elementos que se habían conservado.
La desventura de aquella lujosa embarcación que en su viaje inaugural sufrió una avería irreparable y terminó en el fondo del mar, parecía algo por demás digno de ser llevado a la pantalla, y así fue como se elaboraron las versiones que no hacían más que alimentar una leyenda de un porte tan descomunal como el propio Titanic. Considerado en su tiempo un buque indestructible y una verdadera muestra del progreso en la navegación, que sucumbiera de un modo funesto obligó a realizar cambios impostergables en el sector naviero, como parte del desarrollo que el transporte estaba experimentando en ese entonces.
Hubo hasta largometrajes que contaban hechos ficticios en los que barcos enormes naufragaban en aguas oceánicas, con una clara referencia a lo que pasó con el Titanic, por más que no lo citaran a él de manera directa. En lo tiempos dorados del cine catástrofe, durante la década del setenta, hizo estallar la taquilla “La aventura del Poseidón”, una película en la que un transatlántico de grandes proporciones zozobra ante la embestida de las olas de un tsunami en la noche de año nuevo, mientras navega cerca de la isla de Creta, tras haber partido desde Nueva York.
Sin que haya mucho que discutir al respecto, ha sido el filme “Titanic” que dirigió James Cameron en 1997, el que con mayor énfasis inmortalizó el desastre de aquel coloso transoceánico que mostró su vulnerabilidad en alta mar a comienzos del siglo veinte. Con Leonardo DiCaprio y Kate Winslet como la pareja protagónica, esta superproducción hollywoodense acertó al dotar de un cariz romántico al argumento y provocó un fenómeno de asistencia a las salas sin precedentes, a tal punto que en 2012, al cumplirse el centenario del trágico incidente, Cameron mismo se encargó de entregar una copia digitalizada para su reestreno.
Esto no quiere decir que ni antes ni después de aquel 14 de abril de 1912 haya habido otros accidentes navales de diversas proporciones, que pudieron haber tenido su reflejo en la cinematografía sin que hiciera falta exagerar los sucesos reales. Pero hasta el día de hoy la parábola del Titanic sigue siendo una de las referencias más populares, que cualquiera mensiona al evocar una tragedia marítima, para ilustrar figuras retóricas como “irse a pique” o “chocar contra un iceberg”, cuyo uso en el lenguaje cotidiano hace alusión a situaciones de un tenor muy bien descripto por esos lugares comunes.
De hecho, varios de los supervivientes al colapso del Costa Concordia citan el ejemplo del Titanic para describir lo sucedido con ese crucero en la noche del 13 de enero de 2012, al brindar su testimonio para el documental “Naufragio: Pesadilla en el mar”, disponible en Netflix desde hace unos días. Mientras bordeaba la isla de Giglio, ubicada frente a la costa de la Toscana, en Italia, el buque impactó contra un arrecife rocoso y resultó gravemente escorado, tras una maniobra de riesgo cuya responsabilidad recayó sobre el capitán Francesco Schettino.
Aunque en el filme la culpabilidad de Schettino es puesta entre paréntesis, la muerte de 32 personas en esa ocasión y el haber abandonado la nave antes que la mayoría de los pasajeros, implicó para él una condena a 16 años de prisión. Poco menos de un siglo después de que el Titanic quedara sumergido, el Costa Concordia repetía idéntico colapso y en este largometraje de 90 minutos lo recuerdan varios de los que lograron escapar de esa trampa, en un relato dramático ilustrado por imágenes de archivo. Todavía falta saber si la fatalidad del crucero italiano tendrá destino de culebrón en la fábrica de sueños.