La virtud del arribismo
La disputa por el relato canónico de la historia argentina se remonta por lo menos a la segunda mitad del siglo diecinueve, cuando la generación del ochenta, victoriosa en su propósito de organizar la nación según sus preceptos, quiso elaborar una versión conveniente de cómo fue la evolución del país desde la Revolución de Mayo. Hacia mediados de la pasada centuria, el revisionismo cambió el eje de la narración, y ya en los años sesenta vinieron quienes iban a reinterpretar las cosas desde un enfoque que contradecía por completo la memoria tradicional y cambiaba el sujeto protagónico: más que los héroes, era el pueblo el factótum de los hechos.
Con el golpe de estado de marzo de 1976, la dictadura reinstaló la lógica de los manuales y una vez más se leyeron los acontecimientos desde un paradigma ideológico conservador, donde hombres de naturaleza superior habían impuesto su inteligencia y valentía por sobre el dominio español, pero especialmente por encima de la “barbarie” representada por los habitantes originarios y los gauchos. A ese punto de vista se lo actualizaba con los presupuestos de la doctrina de la seguridad nacional, que demonizaban las expresiones populares y las suponían contrarias al interés nacional.
El retorno de la democracia obligó a la construcción de una reseña histórica que encajara mejor con los nuevos tiempos, sin caer en la retórica revolucionaria de los setenta pero evitando los prejuicios recalcitrantes que impregnaban la mirada funesta del régimen militar. Desde los faros de pensamiento del alfonsinismo se puso especial énfasis en desarrollar una crónica que tuviese como colofón el renacer político de 1983 y que ayudara en la tarea de conciliar las opiniones para poder sanar las heridas del tejido social y restablecer las instituciones democráticas después de siete años durante los que se produjo un genocidio sin precedentes.
La película “La república perdida”, de Miguel Pérez, estrenada poco antes de la victoria en las urnas de Raúl Alfonsín, sintetizó de manera apropiada ese modo particular de observar el pasado, ilustrándolo con imágenes de archivo. El guión del documental, escrito por el intelectual Luis Gregorich (quien cinco años más tarde sería designado subsecretario de Cultura), presentaba una cadena de sucesos pretéritos que habrían profundizado la división entre los argentinos, recurrencia a la que debería revertir quien asumiera el gobierno, con la colaboración de los ciudadanos, cuya fe republicana sería el salvoconducto para no caer en los antiguos errores.
En 1985, el humorista Enrique Pinti estrenó su espectáculo “Salsa criolla”, en el que narraba el devenir de estos territorios desde la época de la conquista hasta ese presente de mediados de los ochenta. Antes, en “Pan y circo”, el comediante había asumido los roles de personajes de la historia universal, como Nerón o la Reina de Inglaterra. La buena respuesta que obtuvo con ese show, lo impulsó a tomarse en broma las tragedias nacionales, con tanto esmero que la obra se transformó en un enorme suceso, a lo largo de diez años consecutivos de representaciones y una serie esporádica de reposiciones.
Cuando la utopía radical de que con la democracia se comía, se curaba y se educaba empezaba a marchitarse, la salida por la tangente de satirizar las desgracias instaló a “Salsa criolla” en la categoría de clásico teatral, a la par que Tato Bores frecuentaba idéntico registro en la televisión. Desde entonces, esa idea se ha replicado en las rutinas de los cómicos, que según pasan los años han ido actualizando la lectura de los acontecimientos remotos y recientes, aplicando sobre ellos un tratamiento humorístico que haga más digerible esa constante sensación de no acertar en el camino hacia un futuro mejor.
Con “El enviado”, el actor cordobés Alejandro Orlando suma su nombre a esa lista, a través de la puesta que tuvo su debut la semana pasada en la sala La Llave de la avenida Gauss, y que ofrecerá funciones en ese reducto todos los viernes de agosto. Por vía del testimonio del profeta Malaquías, que ha sido testigo de los avatares trascendentales de la Agentina desde 1810 hasta la fecha, el intérprete -que también es autor del libreto- se hamaca entre propuestas electorales, interrupciones militares y crisis permanentes, para extraer los chistes encargados de disparar las sonrisas del público.
Como aquel Leonard Zelig de Woody Allen, este Malaquías se irá mimetizando con líderes y tendencias para seguir en las cercanías del poder, en una caricatura que no hace sino recordarnos las actitudes de muchos dirigentes partidarios. Lejos de esa necesidad de sincronizar voluntades que asomaba cuarenta años atrás, hoy impera un sálvese quien pueda en el que este Malaquías arribista no desentona para nada, más allá de que Alejandro Orlando se permita intervenciones que lo extraen de la labor actoral y le permiten opinar con su propia voz, en términos que abandonan el recurso de la risa.