El agobio de la locura general
Varias veces al año, las noticias nos ponen en aviso acerca del colapso físico y/o mental del algún ídolo de la música internacional que se sintió abrumado por la fama y optó por exiliarse en el ostracismo o ingresar en un tratamiento que le permitiera recuperar su entereza. En otros casos, los titulares son más drásticos y nos avisan que ese burn out ha tenido consecuencias graves, que incluso pueden haber derivado en el fallecimiento de la estrella. Al sentimiento inicial de sorpresa suele seguirle el reproche por no haber actuado antes de que ese estado alarmante tuviera un desenlace fatal.
Por supuesto, la imagen pública que ofrecen estas celebridades los muestra casi siempre disfrutando de una vida de lujos y placeres, vestidos de modo impecable y rodeados de gente tan deslumbrante como ellos. Quienes los admiran, sueñan con imitar esos hábitos alguna vez y toman como ejemplo lo que dicen y hacen los famosos, aunque no puedan plasmar esa intención en sus rutinas cotidianas. Y sobre el escenario, tales profesionales actúan como si nada malo les ocurriera y se desviven por brindar lo mejor de su talento, sin dejarse llevar por síntomas de cansancio ni bajones anímicos de ninguna clase.
Sin embargo, el detrás de escena puede estar sembrado de ataques de pánico, picos de depresión o agotamiento crónico, patologías que sólo salen a luz porque algún colaborador abre la boca o porque sus manifestaciones trascienden en los medios. En ciertas ocasiones, la parquedad de un artista durante un show o la suspensión de un concierto por razones desconocidas, encienden señales de alerta que la prensa amplifica y que dan lugar a declaraciones o comunicados aclaratorios. No resulta nada fácil adecuarse a esos niveles de exposición, que cercenan las libertades individuales del astro de la canción y lo obligan a proteger su intimidad.
Las redes sociales no han hecho sino profundizar un acoso que antes se reducía a las guardias de los paparazzi, y que ahora se multiplica en los millones de teléfonos inteligentes en manos de fans siempre dispuestos a la selfie o a tomar una fotografía espontánea en situaciones incómodas. Soportes como Instagram o TikTok, que tanto ayudan a difundir la obra de un músico, se vuelven en su contra cuando salen de su control y divulgan cosas infundadas, sacadas de contexto o de índole privada, que manchan la reputación del intérprete y le imponen la necesidad de una réplica.
Por eso, ya se ha hecho habitual que un cantante anuncie que se baja de las redes, donde su perfil había cosechado una multitud de seguidores, entre los que se colaron haters que pusieron el foco en denigrar a quien se supone que deberían admirar sin condicionamientos. Y con esas decisiones de apartarse, vienen adosadas medidas más drásticas, como darse un respiro y cancelar giras que estaba programadas desde mucho tiempo atrás y que no podrán continuar porque su protagonista no garantiza que vaya a cumplir con esos compromisos según lo estipulado, una instancia que se ha tornado bastante común en la actualidad.
Bastó que Ariana Grande exhibiera hace pocos días su delgadez en el video de la canción “Petal”, que integra su flamante disco de igual nombre, para que arreciaran los comentarios insultantes sobre su aspecto físico, con una insistencia que parece haber colmado el vaso. Cuando a fin de mes culmine su tour “Eternal Sunshine”, la cantante se llamará a silencio durante un lapso indeterminado, en el que además de sus actuaciones, también interrumpirá sus apariciones mediáticas. Es el último eslabón de una cadena de deserciones de pop stars, que admiten la necesidad de poner un límite al escrutinio permanente de sus virtudes y defectos.
Se trata, sin duda, de problemas que aquejan a una elite para nada representativa de la realidad de muchas personas que no tienen acceso a la cobertura de sus apetencias básicas. Pero si esos colosos del entretenimiento, que gozan de perrogativas inaccesibles para el resto, confiesan padecimientos que los fuerzan a poner en pausa su estrellato, cabe suponer que el mundo está yendo en una dirección catastrófica, en la que ni siquiera esos creadores privilegiados logran conciliar su éxito con una existencia en la que no los afecte el agobio de la locura general.
Luego de consagrarse como actriz en “Wicked” y de haber llegado al mayor suceso posible con apenas 33 años, Ariana Grande ingresa a boxes y deja como mensaje en una botella el contenido de su recién publicado álbum, donde hay varias canciones que admiten lecturas distintas tras su paso al costado. La felicidad que la debería embargar por haber llegado a lo más alto en su carrera, decanta en desazón ante los ojos de todos los que, a pesar de que ella se ausente, seguirán juzgando su conducta como si ellos estuviesen libres de faltas y pudiesen arrojar la primera piedra.