Cultura Por: Gabriel Ábalos13 de agosto de 2026

Los amaneceres de los anocheceres

Las películas y sus discursos demarcan la leyenda y lo real de nuestras vidas. Lo mágico y lo brutal, como en los sueños, son parte de un dispositivo para mirar este tiempo agobiante, a la espera de su fin.
“La noche está marchándose ya”, “Para hacer una película hace falta un arma” y “Nuestra Tierra”.

El Cineclub celebra pasando películas

Al Cineclub Municipal no le faltan ocasiones de recordar que está cumpliendo los veinticinco años de su creación por idea genial de Daniel Salzano, un gran cineclubista cordobés más conocido por poeta. Hay jornada especial en el edificio de Bv. San Juan 49 a lo largo de esta tarde -tradicionalmente de estreno- que festejará en primer lugar con el ritual, de por sí anticotidiano, de pasar y de ver películas. Y qué películas. En segundo lugar, el templo cinéfilo recibe a Lucrecia Martel, un nombre que se relata a sí mismo y pertenece a una cineasta emblemática, totémica casi, directora de unas de las películas que se reponen esta jornada.

Los títulos repartidos en los horarios habituales encienden signos simbólicos especiales en la programación de aniversario. Se pasarán dos películas cordobesas de estreno reciente, dos obras muy gratas a la filmografía local que ni pasan, ni desapercibidas, sino que tienen en el Cineclub su lugar y celebración bien ganados: a las 15.30 regresa La noche está marchándose ya, una épica sencilla, se diría de entrecasa, y a tono con estos tiempos donde impera, más que lo sencillo, lo miserable. El filme de Ezequiel Salinas, Ramiro Sonzini –con actuación, entre otros, de Octavio Bertone, Juana Oviedo– ha devuelto la frescura, la imaginación y el ingenio a espectadores que quieren huir de este mal realismo donde vemos a personas revisando contenedores, durmiendo en la calle, limpiando vidrios, vendiendo baratijas o cosas hechas con sus manos, el rebrote del abandono que esperamos podamos revertir. Los indios de ahora, la estampa casi colonial de los que por la noche se refugian bajo el abrazo de la recova del cabildo. La estampa más temida. Sin embargo, la película también tiene eso mismo dentro, y se banca, y se pronuncia, de allí el mote de épica. Cuenta no nuestra derrota, sino la proyección de otros imaginarios, ya que de ellos proviene, en definitiva, buena parte de nuestro real.

A las 18 se proyecta, no menos épico, ni tampoco separado de la imaginación al poder, el filme local Para hacer una película hace falta un arma, dirigida por Santiago Sein, cuyo corazón está en el material fílmico de los años sesenta y setenta realizado en la Escuela de Artes de la UNC, filmados con la Bolex Paillard del Departamento de Cine, por estudiantes y por docentes. La cámara, en los rollos de material salvados de una completa destrucción, dirigió su objetivo, por momentos, a la vida interior del Departamento y, en otros, hacia lo que estaba ocurriendo solo a metros, el entorno político popular, las calles que vibraban al paso de un movimiento obrero y estudiantil organizado, capaz de disputarle el poder a los políticos profesionales, a las fuerzas policiales, e incluso a la historia. Qué ha quedado de todo eso, pues ahí tienen, todo eso sucedió, se filmó antes de la IA, es una bofetada de realidad histórica a la actual.

Hay una pausa en la proyección, para dar paso, a las 21, al conversatorio “Diálogo con la memoria de las imágenes. La resignificación del archivo fílmico y de la arqueología audiovisual en el cine contemporáneo”, cuya figura invitada de lujo central es Lucrecia Martel, y en el que los contertulios son los también realizadores del interior argentino, Santiago Sein, el responsable de animarse a armar el rompecabeza de Para hacer una película…, y la directora María Aparicio, una de las entrañables nuevas cineastas locales quien, en la oportunidad, interviene en tanto asistente de dirección de La noche está marchándose ya. Imaginen a esos interlocutores en acción, y de allí la pausa del ritual de pantalla encendida se levanta, para ver la película más nueva de Lucrecia Martel, Nuestra tierra.

En esta obra la directora ejemplifica las condiciones a las que está sometida la pertenencia atávica de la tierra, por el sistema de la propiedad que trajo a los humanos la civilización/barbarie. El sometimiento en su forma cultural de racismo, y la explotación, y el robo. La explotación de una tierra inocente, pero no estúpida. La narración del conflicto se sitúa en Tucumán, Argentina, en el marco de una disputa territorial, entre la voluntad de despojo y la resistencia de los habitantes, que condujo al asesinato de Javier Chocobar, un comunero indígena Chuschagasta, en 2009, lleva a la realizadora por el camino de la no ficción, una reserva desconocida de su talento. Hace un informe que tiene mucho de periodístico sobre los hechos, en particular cuando cubre las audiencias orales del juicio, realizado nueve años después del crimen, no exentas de momentos emotivos y también de los que sublevan al espectador. Incursiona en escenas más sensibles, las memorias y testimonios de los familiares de Javier Chocobar. Nuestra Tierra. Siempre tan a punto de ser arrebatada por los pícaros, en los duros tiempos de entrega que granizan sobre nosotros.

 

Un filme de la cultura armenia

En el Centro Cultural Córdoba (Av. Poeta Lugones 401) hay, a las 20, un programa en el centenario de la Colectividad Armenia de Córdoba. Se proyectará el filme El Triángulo (1967), de Henrik Malyan. En una herrería que lleva ese nombre en la ciudad de Leninakan, Hovik, un niño hijo del herrero, narra la vida y la amistad de cinco herreros durante la guerra y los años previos al conflicto. Todos de mentes sencillas y hermosas, sus figuras adquieren en el relato del niño una perspectiva legendaria que transmite a sus oyentes.

La actividad invita a conocer parte de la historia, la identidad y el patrimonio cultural armenio a través del cine. La función es organizada junto a la Colectividad Armenia de Córdoba, la Embajada de Armenia en Argentina y la Cinema Foundation of Armenia. Entrada gratuita, por orden de llegada, hasta completar la capacidad de la sala.

 

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