Caras y Caretas Cordobesas
Las tres décadas expuestas de Fader
(Vigesimosexta parte)
Reacio como era Fader a hacerse atender por médicos que no conocía, tras la insistencia de amigos, entre ellos el fiel marchand alemán Federico Müller, terminará accediendo a aceptar los consejos. Le hablaban de un tisiólogo de probados méritos, y del Sanatorio de Ascochinga, uno de los centros más destacados para tratar la enfermedad que se expandía sin considerar clases sociales.
El historiador de la salud Adrián Carbonetti, en su trabajo sobre “Un plan para combatir la tuberculosis en Córdoba en la década del ‘30”, pintaba el doloroso cuadro de defunciones en toda la provincia, que había alcanzado a los 1684 personas fallecidas por ese mal. Convergía en Córdoba la mayor parte de los tuberculosos del país debido sobre todo a sus condiciones climáticas, como era el caso de Fernando Fader, quien se había instalado en las sierras cordobesas en el año 1916. El número muestra la gravedad de la situación. No obstante, la mortalidad se había reducido en un 13.3 de 1914 a 1930.
Fader, aun con sus mañas y como conocedor de la enfermedad que padecía, se había acostumbrado a ser su propio médico, aunque sin contar con las condiciones de un profesional. Finalmente se había allanado a dejar su salud en manos del Dr. Antonio Cetrángolo. En carta dirigida a Federico Müller el último día de agosto de 1933 le comentaba: “El Director del Sanatorio de Ascochinga me anuncia su visita para un domingo de éstos y veré entonces lo que se pueda resolver, porque este último mes me ha enseñado muchas cosas”. Se percibía cierta luz de esperanza en el enfermo.
La visita de Cetrángolo a Loza Corral se concretaría el domingo 10 de septiembre, según refiere el biógrafo Rodrigo Gutiérrez Viñuales. Aquella oportunidad incluyó un elemento digno de realzar, ya que Fader no solo era un célebre paciente; era una figura de enorme significación artística y gozaba de la admiración de otros grandes de la pintura cordobesa. Como refiere Gutiérrez Viñuales, Cetrángolo llegó “acompañado por varios pintores de Córdoba, entre ellos José Malanca y Antonio Pedone.”
Es de imaginar el marco de respeto y unción que tuvo aquella ocasión, en la que él médico ha de haber auscultado al enfermo, mientras los artistas podían haberse detenido frente a las obras diversas que había descripto la crónica ya citada de Armando Maffei, publicada en “Caras y Caretas”:
“Las paredes cubiertas de telas, algunas de grandes dimensiones, inconclusas las más, ofreciendo los temas más variados: desnudos de mujer, autorretratos del pintor, paisajes admirables, aves y pájaros, caballos y bueyes. Sobre la escalera que conduce al segundo piso, “La abuelita”, con los rasgos de la matrona austera. (…) Ninguna de esas telas lleva firma. Están como inéditas, aunque con el sello inconfundible de su autenticidad.”
En cuanto a Cetrángolo -nos dice Rodríguez Viñuales- “No contando con el tiempo necesario para examinarlo allí, convino con Fader el traslado de éste al sanatorio de Ascochinga. Aquella entrevista reanimó notablemente el espíritu del artista, al punto de expresar: “he encontrado un motivo de profunda satisfacción al recibir señales de tan cordial empeño en atenderme”.
Cetrángolo, recordando más tarde aquella visita, expresaba: “Iba a hacer la última tentativa para detener la evolución de la enfermedad. Toda mejoría era ya imposible, pero no quisimos frustrar su última esperanza. (...) ... Había hecho poco para curarse y mucho para pintar. Y por pintar se olvidaba de todo y de su enfermedad...”.
En lo inmediato, “el sábado 23 de septiembre, en un espléndido día de primavera, con la compañía de sus dos hijos mayores, Fernando Fader se dispuso a ir al Sanatorio de Ascochinga.”