Caras y Caretas Cordobesas
Las tres décadas expuestas de Fader (Vigesimonovena parte)
La agonía de Fader, prensa mediante, se volvió una especie de culebrón cotidiano para los miles de lectoras y lectoras de suplementos y de diarios del país. Pendía de un hilo el último minuto de Fader, cuando concluía febrero de 1935. El país parecía contener la respiración. El artista se cortó, como suele decirse, el 28 de febrero. Federico Müller recibió un telegrama en Buenos Aires: “a las 15 y media falleció Fader”.
En Ischilín, Fader ya no sufría y se fundió con la suma de todos los colores, o bien con su absoluta falta. Una voz periodística enunció una sentencia apropiada: “Ya habíamos perdido a Fernando Fader artista. El hombre ahora, también se marcha”.
El cortejo fúnebre formado por su familia y los amigos, trasladó esa tarde los restos desde la casa hecha por sus manos, hasta el modesto cementerio de Ischilín, donde se arrojaron puñados de tierra y lágrimas, y los peones completaron la tarea. Eso había sido todo, con la sencillez de un cuadro y con la maestría de la luz que decrecía ese último día de un febrero no bisiesto.
Los medios de prensa ratificaron la información de inmediato y, con paciencia de semanario, “Caras y Caretas” publicó el 9 de marzo dos páginas bajo el título “Ha muerto un gran artista argentino: Fernando Fader”.
Su inspirado autor fue un hombre cercano al artistas, Armando Maffei. En este texto refiere a Fader como una excepción que determinó el lugar ocupado por este pintor en particular: “El caso Fader es un fenómeno esporádico, y no es preciso rastrear muy hondo para hallar la causa: en Fader, el hombre dirigió al artista. (…). Y ese hombre y ese artista se pergeñaron, por instinto, en la niñez. La meditación y los ojos mozos, ante el paisaje de su tierra y ante los cuadros de sus maestros, ratificaron la decisión primera de su voluntad inquebrantable en todas las horas de su existencia. Y fué pintor. Y nombre. Y hombre sobre todo.”
Tras ese señalamiento, hace una sinopsis de la carrera neta del artista fallecido:
“Por espacio de veinte años, desde 1905, su arte es cumbrero en el país; la crítica periodística y el concepto del público acarician sus oídos y acunan sus éxitos. Desde el pasado vienen sombras que no lo perturban y la post guerra lo amenaza con su racha violenta, pero él no sabe ceder porque ha sabido definirse, sin gestos de actor teatral, ni vanas petulancias de mozo que trae como valor substancial una endeble altanería. Ni cede, ni tampoco coquetea con sus triunfos. Alguien lo acusa de soberbio, sin duda porque su propensión a la vida solitaria aparece como ofensiva para la sociedad. Él no escucha sino a los que debe escuchar: a sus dos o tres amigos y a la voz de los colores, que le dice, desde el pelo de los animales serranos, desde los matices montañeses, desde los tonos sutiles de los árboles y los pastos, desde los rostros tostados y las telas burdas de los campesinos de Mendoza y de Córdoba, que la luz ‘es el lenguaje maravilloso con que Dios nos revela el mundo de las formas’.”
Y cierra el homenaje: “Lo cierto de él es su paisaje, el paisaje de Fader, ese que canta, que vibra, que goza y que sufre con el pensamiento y el sentimiento de quien, para gloria de los demás, lo creó primero para inquietud de sí mismo. Fader trajo un mensaje y lo dijo, después de aprenderlo y penetrarlo bien, y esa fué su virtud, y su lección, y su derecho a la eternidad.”