Cultura Por: Víctor Ramés05 de octubre de 2026

Córdobers | Caras y Caretas Cordobesas

La figura de Octavio de Rochefort, un noble francés que residía en Córdoba en los primeros años del siglo veinte, es resaltada por las páginas de nuestro semanario de cabecera para esta sección.
El marqués Octave de Rochefort-Luçay, ingeniero e inventor.

El brillo tenue de Octavio de Rochefort 

(Primera parte)

Los hijos de los grandes hombres suelen nacer eclipsados por la fama paterna y, sin embargo, ese reflejo patriarcal puede ejercer en sus figuras una luz digámosle benéfica, que puede rescatarlos del olvido. Tal fue el caso de Octave de Rochefort-Luçay, un ingeniero que vino a la Argentina a fines del siglo pasado y permaneció varios años en la ciudad de Córdoba. Octave, llamémosle Octavio, más en criollo, era hijo de un héroe nacional francés, el Marqués Henri de Rochefort-Luçay. La vida de Henri, el padre, se nutre de un anecdotario variado, una sinopsis diría que fue un hombre de letras, periodista, perteneciente a la antigua nobleza de Bourgignon. En su carrera inicial en los diarios, escribió en los años treinta en París, en el periódico Le Charivari, que contenía caricaturas, viñetas políticas y ensayos críticos, cuyo maestro ilustrador fue Honoré de Daumier, para cuyos dibujos Henri solía escribir los textos. Tuvo mucha cercanía con Alejandro Dumas y con Víctor Hugo y avanzados los años sesenta, Henri fundó el semanario La Lanterne, desde donde sus dardos agudos molestaron al régimen conservador y bonapartista del Segundo Imperio francés de Napoleón III, y luego al de la Tercera República. Motivo por el cual fue condenado y encarcelado varias veces, cosa que le dio una gran popularidad y acabó situándolo como jefe de la oposición democrática. En París, Henri de Rochefort llegó a ser considerado un verdadero rey de Francia.

Lejos de esos tiempos y recuerdos luminosos, la porción de gloria que nos roza a los argentinos tiene que ver con un retoño de Henri, su hijo Octavio, quien hacia fines del siglo diecinueve decidió venirse al Plata. Una nota de “Caras y Caretas” publicada el 5 de mayo de 1923, lo presentaba de la siguiente forma, en sus propias palabras:

“«La familia de Rochefort tiene algo de romántico que fue común a todos sus varones y que alcanzó a todos los que se acercaron a ella. Somos una fuerza dramática, como el torrente. Ya me ve usted a mí: ingeniero, hombre de trabajo aplicado, emergiendo de una familia de artistas, de hombres de estado y de guerreros. Tal vez por eso, por esa herencia, no pude tener en mi patria el sitio a que me hacía acreedor por mi título. Mi carrera fue interrumpida al dejar la Escuela Central de París. El gobierno no quiso que se me diera la dirección del ferrocarril que se construía de Boni a Guelma, por ser hijo de un deportado. La política entorpecía la carrera de un hombre de trabajo, inocente de las ideas políticas de su padre. El doctor Dardo Rocha fue quien me habló de la Argentina y me dijo, en 1887, el porvenir que podía esperarme en ella. Y me decidí a venir a Buenos Aires».”

Octavio se presentaba como ingeniero, inventor y profesor francés. Había dejado Francia por Argentina junto a un fiel amigo de la escuela superior, apellidado Bressac, quien tomó la repentina decisión de acompañarlo a América.

“«Así vine a la Argentina con mi amigo Bressac, donde nos ocuparon inmediatamente en el departamento de ingenieros. Mi camarada de colegio Casaffousth, que estudiaba el proyecto del dique San Roque, nos pidió fuéramos a Córdoba como profesores de la Facultad. Así fue que ayudé a Casaffousth en la gran obra, haciendo los estudios de ella sobre el terreno.»”

Aunque no vivió permanentemente en Córdoba e hizo varios y largos viajes en medio, volvió siempre a la Argentina y a La Docta, donde, en 1918, año de la Reforma Universitaria, era titular de la cátedra de Física en la Universidad.

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