Presente y Pasado: Elite, reformas y hegemonía democrática

12 de febrero de 2026 Eduardo Dalmasso

Franklin Delano Roosevelt                 
Si Schumpeter y Lenin permiten demostrar, desde tradiciones opuestas, que no existe conducción política sin elites dirigentes, la experiencia de FDR configura los valores necesarios de una democracia capitalista. Estos se plasman cuando la conducción del Estado, se nutre de un cuerpo de elite, no solo con capacidad de entender las reformas necesarias, sino también con la voluntad de conducir procesos de transformación estructural sin ruptura revolucionaria y sin renunciar a la legitimidad democrática. Eso es lo que refleja el New Deal en su enfrentamiento a una crisis orgánica del capitalismo. Roosevelt conduce un proyecto que se va definiendo a través de reformas institucionales y por su carisma. “Un discurso hegemónico que perdura post morten.”     
La Gran Depresión no destruye únicamente producción y empleo: erosiona la confianza pública en el mercado, en las instituciones liberales y en la capacidad del orden existente para sostener cohesión social. Frente a este colapso sistémico, Roosevelt no adopta una estrategia de mera administración de la crisis, ni se refugia en los límites procedimentales de la democracia liberal clásica. Por el contrario, redefine explícitamente el papel del Estado como agente activo de reconstrucción económica, social y moral. La intervención estatal masiva, la regulación financiera, la institucionalización de derechos laborales y la creación de un sistema de seguridad social no constituyen políticas sectoriales aisladas, sino los pilares de un nuevo pacto histórico (Kennedy, 1999; Skocpol, 1992).

Elites
Esta transformación no se produce por automatismo institucional ni por presión social espontánea. Se organiza desde una elite dirigente heterogénea —el brain trust— que articula liderazgo político, expertise técnica, capacidad administrativa y pedagogía pública. Roosevelt no gobierna solo por carisma ni por mayoría electoral, sino por su capacidad de construir una coalición social amplia, integrando trabajadores industriales, agricultores, clases medias urbanas, sindicatos y sectores empresariales reformistas dentro de un nuevo horizonte de expectativas. Esta coalición no se funda únicamente en intereses materiales, sino en una narrativa política capaz de redefinir el sentido común de la época, traduciendo crisis en proyecto y sacrificio en promesa de reconstrucción (Leuchtenburg, 1963/2009).
Desde una lectura gramsciana, el New Deal constituye un ejemplo paradigmático de hegemonía en acto. No se trata simplemente de dominación institucional ni de competencia electoral regulada, sino de una forma de dirección intelectual y moral capaz de reorganizar valores sociales, redefinir derechos y producir consenso activo en torno a un nuevo rol del Estado. La hegemonía, en este sentido, no es un suplemento ideológico del poder, sino su condición de estabilidad. Allí donde la elite dirigente logra articular intereses materiales, expectativas culturales y formas institucionales coherentes, la crisis no deriva en colapso político, sino en transformación estructural del orden existente.
Roosevelt, profundiza la concepción democrática de Schumpeter,  y se diferencia claramente del leninista. Frente al primero, no concibe la democracia como simple método competitivo de selección de elites, sino como instrumento activo de reorganización social. La competencia electoral permanece, pero ya no es suficiente: debe ser acompañada por una ampliación sustantiva de derechos, capacidades estatales y expectativas colectivas. Frente al segundo, rechaza toda lógica de ruptura revolucionaria y toda forma de conducción separada de las instituciones democráticas, optando por una transformación profunda pero mediada, incremental y jurídicamente organizada. En términos gramscianos, el New Deal se aproxima a lo que podría denominarse una “revolución sin revolución”: un proceso de cambio estructural conducido desde el Estado, que reorganiza el bloque histórico sin destruirlo.
Esta experiencia confirma empíricamente que la existencia de elites no es incompatible con la democracia, sino constitutiva de ella. La alternativa no es entre elite y pueblo, sino entre elites capaces de producir integración social y elites incapaces de hacerlo. Roosevelt demuestra que una elite dirigente puede ampliar derechos, fortalecer instituciones, integrar sectores subalternos y reconstruir legitimidad sistémica sin recurrir a coerción excepcional ni a ruptura institucional. La estabilidad política no proviene aquí de la legitimidad procedimental ni de la disciplina revolucionaria, sino de la capacidad de conducción estratégica en contextos de crisis.

Tesis fundamental
Desde esta óptica, el New Deal ilustra una tesis fundamental: “las crisis orgánicas no se resuelven espontáneamente ni por simple funcionamiento institucional, sino por la intervención de elites capaces de convertir desorganización social en proyecto histórico”. Cuando estas elites existen, las crisis pueden transformarse en oportunidades de reorganización hegemónica. Cuando no existen, las crisis tienden a derivar en parálisis, fragmentación o descomposición estatal.
Esta constatación resulta decisiva, si reflexionamos sobre la larga declinación de Argentina. Allí donde las elites dirigentes pierden capacidad de inserción, y orientación pedagógica —cuando las instituciones encargadas de generarlas, en particular la universidad, se vacían de densidad intelectual y de función histórica—, el Estado no solo se debilita: pierde su capacidad de conducción. La ausencia de elites no por mayor democratización, sino vacío estratégico, deterioro institucional y crisis permanente de legitimidad. 
Dr. En Ciencia Política  (UNC-CEA)  

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