
Cumbia sin drama
J.C. Maraddón
La tradición de la canción romántica de origen latino se remonta varias décadas hacia atrás, con una estación muy importante en los intérpretes italianos que eran consagrados en el Festival de San Remo y que en algunos casos grababan versiones de sus hits en castellano para conquistar el mercado hispanoamericano. Está claro que encontraban aquí un público permeable a esas piezas, que generalmente giraban en torno a cuestiones de pareja, y cuyos versos buscaban ser desgarradores, para de ese modo lograr la identificación de aquellos que sufrían por amor, tras atravesar experiencias muy poco satisfactorias en ese ámbito.
Un componente trascendental de esa clase de productos era la entonación que le imprimían los cantantes a esos temas, algo que en muchos vocalistas venidos de Italia se daba de modo natural, con un dejo de ronquera que aumentaba el patetismo y le insuflaba a la letra un sentimiento más profundo. A diferencia de la dulzura del bolero, esas baladas se imponían por su fuerza emocional y así consiguieron hacerse un lugar entre las preferencias de los habitantes de Latinoamérica entre los años sesenta y setenta, que fue cuando su reinado se consolidó, aunque sostenían enconadas disputas con los solistas de España.
En los noventa, cuando la música latina vuelve a dominar la escena, el foco se traslada más bien al Caribe y a México, desde donde comienzan a asomar artistas que arrasan en las listas de ventas de esta región del mundo y amenazan con conquistar el planeta entero. Uno de los más encumbrados entre esos jóvenes sería Ricky Martin, un ex integrante de Menudo que, a través de las composiciones de un antiguo compañero suyo en ese grupo, Robby Draco Rosa, se lanza en una aventura solista que con los años lo convertiría en una estrella pop internacional.
Sin embargo, la que iba a ser una de las canciones más emblemáticas del ídolo puertorriqueño, en realidad había sido compuesta por Franco de Vita, un venezolano hijo de padres italianos, que pasó su infancia en Italia y que finalmente se radicó en España. Cuando asume la autoría de “Vuelve”, De Vita ya se había consagrado como una figura de la música internacional. Y en ese 1998, Ricky Martin tocaba el techo de su fama al grabar “La copa de la vida”, el tema del Mundial de Francia que todo el planeta coreó al unísono.
A la manera de esos crooners de la península itálica que derretían a las audiencias con sus interpretaciones, Ricky Martin confirmó en “Vuelve” sus dotes como baladista, algo que ya había demostrado con creces en sus dos primeros álbumes. En un tono dramático, pero sin perder su romanticismo, él suplicaba en esa canción a su amante que regrese, después de haber propiciado su alejamiento. No hay manera de transmitir esa letra si no es con la desesperación de alguien que quiere volver en el tiempo, aunque sabe que eso es imposible y que ya nada será como antes.
Hace unos días, en compañía de Tini y Los Ángeles Azules, Ricky Martin lanzó una versión cumbiera de “Vuelve”, que entró en alta rotación y está sonando por todas partes, a poco de que se produzca su visita a Córdoba el 12 de abril. En tanto Nathy Peluso recuperó hace unos años “Vivir así es morir de amor” de Camilo Sesto respetando la tendencia al melodrama del original, aquella obra de Franco de Vita suena aquí desangelada e insensible. Así como alguna vez se expandió la moda de virar todo hacia el bossa nova, quizás ahora sea la cumbia el género en el que decanta cualquier canción, por más que pierda su alma en ese trance.







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