“¿Cómo lo ves a Martín? Empiezo a verlo mejor”

El gobernador comienza a recalibrar el esquema de representaciones intermediadas heredado de su predecesor, viable en un modelo económico de impulso del consumo puesto ahora en entredicho. A esquivar a los representantes y retomar el vínculo directo con los representados. A liquidar el cordobesismo en los términos en que se conoció para intentar un esquema nuevo, aggiornado a una nueva realidad.
Provincial18 de mayo de 2026Felipe OsmanFelipe Osman
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Un llaryorista de la primera hora refirió a Alfil la respuesta que completa el título de este artículo. Riguroso, la asentó sobre cuatro episodios:

El primero: su intervención directa en la negociación con los docentes, esquivando a la conducción sindical y buscando una comunicación no intermediara con inspectores y maestros de grado.

El segundo: la remoción de los tres fiscales de Río Cuarto, Javier Di Santo, Daniel Miralles y Luis Pizarro, por negligencia y mal desempeño de sus funciones. Si bien fue una decisión del Jurado de Enjuiciamiento, no hubo red de contención.

El tercero: su foto almorzando junto a los alumnos del Colegio Alejandro Carbó. El gobernador no pidió a sus funcionarios que le cuenten cómo funciona el Paicor, ni a los proveedores que le cuenten qué comen los alumnos; se sentó a la mesa con ellos. (Lo mismo podría decirse del encuentro directo con familias alcanzadas por las problemáticas de discapacidad).

El cuarto: las constantes recorridas que, desde hace semanas, encara en el interior provincial, y la primacía de las redes sociales como medio de comunicación, con posteos ilustrados por fotos que casi nunca lo muestran detrás de un escritorio.

El razonamiento que enhebra todas estas postales no es fácil de advertir para los legos, pero ahí está.

Martín Llaryora heredó de Juan Schiaretti un modelo de gobierno que caducó en el momento exacto del traspaso (aunque ya venía dando señales de agotamiento). La llegada de Javier Milei al Gobierno Nacional, pero más aún el derrumbe del experimento albertista, cambiaron el eje. Ilustraron el estertor final de una profunda crisis de representación.

El “modelo Córdoba” de Schiaretti –un esquema de cooperación e integración público-privado- se asentaba sobre una pléyade de órganos de representación intermediada. De pequeñas “castas”: consorcios, mesas de enlace, clusters, colegios profesionales, sindicatos, cámaras, sistemas de medios, mesas de concertación público-privada, hasta la propia Justicia, y un largo etcétera.

Estos enclaves bastaban para darle estabilidad a un modelo no sometido a las inclemencias de la tormenta que vendría después. Las conducciones gremiales no estaban jaqueadas por sus propias bases cuando el ingreso promedio alcanzaba para empardar la línea de la pobreza. Los colegios profesionales representaban a profesionales que no necesitaban nada de ellos. La industria del conocimiento y sus trabajadores se desarrollaban al margen de los convites a los que asistiera el clúster tecnológico.  Y los comercios e industrias subsistían sobre un nivel de consumo poco prometedor, pero relativamente suficiente, desentendidos de lo que sus cámaras empresarias hicieran.

Nada de eso sucede hoy. (Hoy, ¿a quién votan los cordobeses representados por aquellas instituciones?)

Cuando Llaryora llegó al Centro Cívico la inercia lo llevó a intentar potenciar este modelo, que el peronismo cordobés había perfeccionado a lo largo de los años, y hasta a barajar la idea de constituir, sobre sus bases, el “Partido Cordobés”, agregándole a ese cóctel cinco dirigentes de cada partido opositor. Pero las condiciones de presión y temperatura ya habían cambiado, y el experimento no cuajó.

Javier Milei rompió, primero, con el discurso, exponiendo y denostando a aquel sistema cerrado de representaciones intermedias, a “las castas”. Y luego, las propias condiciones económicas, potenciadas por el plan de estabilización, la caída del ingreso y la retracción del consumo, terminaron de desnudar su insuficiencia.

Antes de Milei, al peronismo cordobés le alcanzó con afinar, con cierta destreza, un esquema donde los incentivos, planes, subvenciones, participaciones en el gobierno, rondas de negocios y viajes, sumados a un adversario ideológico común -el kirchnerismo-, garantizó la paz. Bajo ese esquema, y ante aquel adversario, el sector privado refrendó e hizo posible sucesivas prórrogas al oficialismo provincial, que luego Schiaretti blindaría gracias a sus logros de gestión y su sintonía fina con Mauricio Macri, durante el gobierno nacional del PRO.

Pero Milei cambió las reglas del juego. Corrió el dial. Ahora la “verdad” que prevalece no es la de una sinergia público-privada, sino la de un Estado que ocupe el menor lugar posible. Que minimice su interferencia en la ecuación de los privados. Que se achique y baje impuestos. Y Córdoba refrenda. Schiaretti perdió dos veces en contra de LLA, primero con Milei, y luego contra el menos lucido de sus portaestandartes. Los cordobeses no votaron a Roca sobre Schiaretti. Votaron al modelo nacional por sobre el modelo local.       

Dicho sea de paso, aquel entramado de acuerdos institucionales que durante décadas perfeccionó el peronismo cordobés, poco hizo por salvaguardar al “modelo Córdoba” cuando llegó Milei. Más aún, algunas de esas instituciones son hoy cabezas de playa de las incursiones libertarias.

¿Qué hacer entonces? Los cuatro episodios del comienzo parecen señalar el inicio de un camino orientado a la reconstrucción del diálogo directo con los representados, a los que las emperifolladas cúpulas ya no representan en grado mayor. Y aquella asertividad en el diálogo con el votante deberá complementarse, de seguro, de una reformulación en cada una de las instituciones puestas en tensión, y en el entramado de ellas, colectivamente considerado.

Es una empresa dificultosa. Y un desafío atractivo para un político de raza.

Cuenta, un memorioso edil peronista de mandato hace décadas cumplido, que en una ocasión José Manuel de la Sota se presentó a pedir el apoyo de un colega. Y éste, al negárselo, recibió esta respuesta: “Quiero que sepas que te voy a caminar la seccional. Quiero que sepas que te voy a caminar la manzana. Quiero que sepas que te voy a caminar la cuadra en la que vivís. Y cuando sientas ruidos en el techo, que sepas que te estoy caminando la casa”.

Llaryora ya arrancó.

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