
La ‘delasotización’ de De Loredo
Felipe Osman
Es probable que radicales y peronistas reciban con igual urticaria esta comparación; pero difícilmente podrán decir, a uno y otro lado, que el asunto carece de asidero.
José Manuel de la Sota ganó las elecciones de aquel lejano 20 de diciembre de 1998 parado sobre una campaña innovadora, de gran potencia comunicacional, anclada sobre una propuesta que funcionaría como pivot de toda su plataforma electoral: una reducción impositiva del 30 por ciento.
De la Sota partía del diagnóstico de que Córdoba estaba demasiado cara, y una reducción impositiva podía llevarse a cabo sin resignar recaudación, compensando el abaratamiento de los tributos con mayor predisposición al pago y un aumento de la actividad.
Hoy, Rodrigo de Loredo parte del mismo diagnóstico, acusa a Martín Llaryora de haber incrementado el precio de los servicios públicos y los impuestos provinciales muy por encima de la inflación, y habla de la necesidad de reducir el precio de ambos y de desanclar de la boleta de los primeros el peso de los segundos.
Casi tres décadas atrás, el primer De la Sota hablaba de la necesidad de modernizar el Estado, de achicarlo y hacerlo más eficiente. De hecho, sintetizó a una única cámara el Legislativo Provincial, sancionó la ley de Modernización del Estado y se quedó en las puertas de lograr la privatización de Epec. También habló de la necesidad de mejorar la situación de los empleados públicos, capitalizando el conflicto que Ramón Mestre atravesaba con los docentes provinciales por las modificaciones a su estatuto, y prometió incorporar al básico el adicional por presentismo que instrumentó el radical para combatir la proliferación suplencias.
Hoy, De Loredo habla de la necesidad de liquidar las Agencias y cuestiona la ineficiencia de la Empresa Provincial de Energía, promete eliminar la BAE (Bonificación Anual por Eficiencia) y revisar el esquema de subcontrataciones. En paralelo, también cuestiona el lugar que la Provincia le da a los profesionales de la Salud, propone aumentar el salario (y la edad jubilatoria) de los policías y se manifiesta a favor del reclamo de los docentes.
Previo al inicio del extenso periplo del peronismo en el poder, De la Sota construyó en el interior la base del voto peronista, recorriendo incansablemente cada departamento y cada localidad de la provincia. Y dio gran protagonismo a los dirigentes del interior.
Hoy, De Loredo trajina el interior y se propone dar dos giros completos a la provincia antes de que termine 2026. Es decir, antes de que la campaña haya siquiera comenzado. Y da centralidad en su proyecto a los intendentes radicales.
En 1998, De la Sota construyó la victoria del peronismo desde una concepción aperturista, promoviendo la conformación de un frente electoral que incorporaría a la UCeDé, a partir de un acuerdo con el expresidente Menem, que se consagraría con la llegada de Germán Kammerath a la Intendencia.
Hoy, De Loredo también tiene una vocación frentista. A diferencia de Ramón Mestre, Mario Negri, Oscar Aguad, Rubén Martí o Eduardo Angeloz, que casi siempre compitieron por la lista 3, De Loredo quiere construir un frente junto al juecismo y La Libertad Avanza. Quiere conducir esa unidad. Y quiere, por tanto, que el giro sea a la derecha. La misma maniobra que, con éxito, ideó De la Sota décadas atrás.
A diferencia de Angeloz o Martí, que en las décadas del ’80 y el ’90 era aplanadoras electorales, De Loredo necesita imaginar otro camino. Uno basado en la perseverancia, en la tozudez del que se sobrepone a sucesivas derrotas antes de alcanzar la consagración de la victoria. En soledad, De Loredo debe mirarse en el espejo de De la Sota.
Pero mientras De Loredo desanda su camino, el peronismo no lo ignora. Al contrario: le responde. En una suerte de acuerdo tácito, polariza con él. La estrategia es obvia: entiende necesitar a un De Loredo competitivo para que el radical no acepte integrarse como una pieza menor al polo opositor Juez-Bornoroni y llegue a las elecciones con boleta propia. Pero, ¿ha reparado el peronismo en el riesgo de esa apuesta?
En sus giras por el interior, De Loredo intenta contener a los intendentes, pero a nadie escapa que la única prioridad de un jefe comunal es su reelección. Y si el candidato provincial no mide más que él en su pueblo, simplemente despega la elección. De ahí la tranquilidad de La Libertad Avanza: descuentan que ningún intendente atará su suerte a la del radical si esto no representa una apuesta segura.
¿Cuál es el ‘número mágico’ a partir del cual una candidatura es realmente expectable y animará a De Loredo a ensayar una aventura individual? ¿25? ¿30 puntos? ¿Qué sucederá si De Loredo no llega a la masa crítica necesaria para apostar por la jugada individual? ¿Y si aún con chances de hacerlo elige un acuerdo que garantice el resultado?
En el clásico literario “Memorias de Adriano”, Marguerite Yourcenar pone en la voz del emperador romano la siguiente frase: “Tener razón demasiado pronto, es lo mismo que equivocarse”. El peronismo, que ya da por sentado un escenario de tercios en las urnas de 2027, ¿no comete aquel error?
Observadores que ven el fenómeno desde el poder advierten que el peronismo, en su pacto tácito con el radical, bien puede estar cometiendo el error de consolidar un gran electorado opositor que se convierta luego en el ordenador de la elección. Una mayoría de votantes opositores que imponga luego la unidad a los dirigentes.
Arturo Jaureche decía que las disputas de la izquierda eran como los perros de los mataderos: “se pelean por las achuras mientras el abastecedor se lleva la vaca".
Esta vez De Loredo quiere la vaca. Solo, o compartida. Pero la vaca. No las achuras.


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