
¿Dejan los radicales de estar siempre de interna?
Felipe Osman
Que los radicales “viven” de interna es una máxima de la sabiduría popular que cualquier hijo de vecino se animaría a suscribir, y casi nadie a cuestionar. Y es precisamente por eso que vale la pena hacer el esfuerzo. Si no para refutarla, al menos para comprobarla.
Desde 1999 a la fecha, las autoridades partidarias boina blanca se han definido solo tres veces en las urnas: en 2001, con Miguel Nicolás superando en la interna a Mario Negri; en 2006, con Negri venciendo en la interna a Antonio Rins y Carlos Becerra; y en 2021, con Marcos Carasso (Negri) imponiéndose ante Rodrigo de Loredo. En todas las demás ocasiones hubo acuerdos o sólo una lista completó las formalidades necesarias para competir y terminó proclamándose vencedora: Eduardo Conde en 1999, Becerra en 2004, Anselmo Bruno en 2009, Alberto Giménez en 2012, Jorge Font en 2014, Alberto Zapiola en 2016, Ramón (Javier) Mestre en 2018, Marcos Ferrer en 2024 y, ahora, Matías Gvozdenovich (De Loredo), cuya lista quedó como la única habilitada para la conducción provincial tras el fallo del viernes.
Por candidaturas a la Gobernación, otro tanto. Desde 1998 la UCR resolvió dos postulaciones en las urnas, en 1998, con Mestre prevaleciendo sobre Grosso, y en 2011, con Oscar Aguad imponiéndose frente a Dante Rossi. En 2003 Aguad no necesitó internas frente a la defección de Rubén Martí y la muerte de Mestre, en 2007 Negri fue candidato sin internas, en 2015 Aguad hizo lo propio, en 2019 hubo fractura, y en 2023 no hubo candidato radical.
En cuanto a la Intendencia, el radicalismo resolvió en las urnas sólo dos candidaturas en los últimos 30 años: Negri venció a Fernando Montoya en 1999 y Mestre (hijo) a Mario Rey en 2011. En 2003, 2007 y 2015 no hubo internas, en 2019 hubo fractura y en 2023 el reparto de las postulaciones dentro de Juntos por el Cambio relegó al radicalismo a la candidatura por la Intendencia.
En suma, la fama del radicalismo tiene fundamento, pero se explica más por la persistencia de sus disputas que por la frecuencia de sus elecciones internas. Llegado el caso, las listas únicas y las fracturas son distintas maneras de cerrar esas disputas, aunque no siempre consigan resolverlas.
Ahora bien, ¿por qué cuesta tanto resolverlas?
Un radical con prosapia dentro de la UCR lo explica diciendo, simplemente, que se trata del partido más democrático y horizontal, y el que más respeta sus propias instituciones. Y que mientras el peronismo nació en el poder y aprecia como una virtud la verticalidad marcial que acuñó su fundador, el radicalismo ha sabido atravesar los inviernos manteniéndose activo en las disputas internas del partido.
Otro dirigente, ajeno a las filas boina blanca, ofrece una caracterización mucho más ácida. “El radicalismo se convirtió en un partido de empleados públicos. No hay empresarios ni profesionales exitosos. Y eso les hace difícil mantener la autonomía”.
Esta segunda caracterización, más o menos cierta, apunta a una dependencia que también aparece en las denuncias de los propios radicales sobre actores externos interviniendo en el partido.
Las dos explicaciones pueden complementarse. La horizontalidad permite que convivan distintos liderazgos; los apoyos externos pueden darles recursos para resistir incluso cuando pierden una disputa dentro del partido. Si esos respaldos se reparten entre sectores rivales, ninguno necesita ceder del todo ni consigue fuerza suficiente para conducir al conjunto. Así, no es solo que el poder ordena: cuando sostiene a varias facciones en competencia, el poder ajeno desordena.
En cualquier caso, el radicalismo ha resuelto ahora su situación interna sin llegar a las urnas. Algunos señalan al ‘Tano’ Angelici como factótum indispensable para facilitar el orden del radicalismo cordobés. Sea o no el caso, lo cierto es que De Loredo tendrá -si la Cámara Nacional Electoral confirma el fallo de Vaca Narvaja- un control partidario mucho más amplio del que hubiera tenido si la cuestión se resolvía en un acuerdo.
La principal objeción que Gabriel Bornoroni y Luis Juez oponían a la construcción de una alianza amplia para derrotar al peronismo el año próximo ha caído. Y aunque en el horizonte todavía persiste la mayor de las dificultades, que siempre es la definición del candidato, es innegable que la oposición está desde el viernes un paso más cerca de confluir en una única boleta.
El oficialismo, crupier del juego político de Córdoba, ha administrado la centralidad de cada fracción de la oposición para que una relativa paridad entre ellas dificulte una alianza en la que, indefectiblemente, dos tengan que ceder para que el tercero lidere. Pero habría que revisar el cálculo: de fallar, bien puede estar cometiendo el error de consolidar un gran electorado opositor que se convierta luego en el ordenador de la elección. Una mayoría de votantes opositores que imponga luego la unidad a los dirigentes.
Tras el triunfo de Hacemos Unidos en Marcos Juárez, De Loredo divulgó un video insistiendo en la unidad para derrotar el peronismo. Para el radicalismo, la prueba será convertir el orden de su conducción en capacidad para acordar con otros. Pero si cada aspirante entiende la unidad como el encolumnamiento de los demás detrás suyo, la disputa apenas habrá cambiado de escala: del partido a la hipotética alianza. ¿Podrá la caída del ‘kilómetro 0’ de Cambiemos despertar a la oposición?



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