
Formato de afuera, humor de adentro
J.C. Maraddón
Las comedias policiales donde una dupla de uniformados (o de investigadores o de integrantes de un escuadrón motorizado) protagoniza aventuras desopilantes mientras tiene que lidiar con casos reales que no son motivo de gracia, cuentan con un espacio propio en la estantería de producciones audiovisuales desde la época en que reinaba la televisión abierta. Podría asegurarse que varias generaciones de las que se han criado de cara a la pantalla chica encontraron en esos programas uno de sus divertimentos favoritos, a la par de los westerns o de historias disparatadas como las de los episodios de “Los locos Addams”, “Los Beverly Ricos” o “Los Tres Chiflados”.
Aunque no aparezca en ella un dúo de ese estilo, tal vez sea “Brooklyn Nine-Nine” uno de los ejemplos concretos más recientes del humor vinculado al trabajo de la policía, que se desarrolla en una tira cuyo éxito se extendió a lo largo de ocho temporadas entre 2013 y 2021. Un compacto elenco encabezado por Andy Samberg interpreta la variada gama de personajes que habita una comisaría neoyorquina, donde cada uno de los efectivos posee talentos y defectos que alimentan situaciones por demás divertidas, con muestras de valor y entrega que contrastan con las ingenuidades y las vanidades de esos guardianes del orden.
El hallazgo de tal realización es que, si bien los códigos y el entorno nos remiten a los sucesos que ocurren en la metrópolis estadounidense, mucho de lo que se ve en pantalla es extrapolable a cualquier otra ciudad del mundo. Por ese motivo, los gags no necesitan de una explicación particular que ponga en contexto a los espectadores: la mayoría de las andanzas de los agentes de esa seccional discurren sobre cuestiones universales, más allá de que se trate de la vida cotidiana de Brooklyn, en apariencia muy distante de la de nuestras ciudades aquí en el cono sur.
Las estrategias para lidiar con la delincuencia, los recursos que tienen a su alcance, la formación que poseen y las normas legales a las que deben atenerse esos oficiales, pueden ser diferentes a las condiciones que rigen esa tarea en la Argentina. Pero eso no es un obstáculo para que lo que nos cuentan se entienda de cabo a rabo, ni es un impedimento para comprender las bromas que se hacen entre colegas, acciones que forman parte medular del hilo conductor que une en el investigador Jake Peralta la eficiencia de su profesionalismo con su picardía infantil.
Sin embargo, hacer reír al público local con un producto autóctono requiere de otros guiños, como los que aportó en su momento “División Palermo”, esa propuesta argentina que buscaba mofarse de la tendencia a desplegar guardias urbanas. Como el eje de su comicidad giraba en torno a la incorrección política y a una mirada sardónica sobre el tema de la discapacidad, tanto los giros idiomáticos rioplatenses como el pintoresquismo no suponían una barrera para que gente de otros países captara el contenido y se sumara a las chanzas de ese grupo de irredentos puesto a resolver casos de alta complicación.
En una dirección parecida intenta encaminarse “Guitiérrez is mai neim”, la más reciente apuesta nacional de Disney, que reúne a Darío Barassi y Yayo Guridi como socios en el patrullaje de un área del conurbano donde ellos se mimetizan con una sociedad en la que el límite entre lo prohibido y lo permitido es bastante difuso. Antihéroes por naturaleza, debido a razones que no vienen al caso ellos tendrán la oportunidad de demostrar su valía cuando se topen con un asesinato en el que se ven involucrados diplomáticos rusos, la CIA y una caterva de criminales a sueldo.
A lo largo de ocho capítulos que rondan la media hora, el par de comediantes que asume los roles principales esgrime sus mejores argumentos para hacer reír, que sobre todo consisten en gestos caricaturescos y frases inadecuadas. Una vez logrado el objetivo de extraer una sonrisa, “Gutiérrez is mai neim” seguirá el derrotero de estos ratis bonaerenses apelando al estilo típico de la picaresca argentina, que tantos filmes taquilleros sustentó entre los años setenta y ochenta, y que se ha prolongado en el tiempo a pesar del cambio de paradigmas y de la renovación de actores, directores y televidentes.
Aunque sea Disney la plataforma en la cual se aloja esta serie, no parece preocupar al realizador Jesús Braceras que la trama se sustente en las características de ese Gran Buenos Aires donde confluyen el realismo mágico con el policial negro, y que, por ende, cueste pensar en una comprensión de su obra por parte de la audiencia foránea. Por la forma y por el contenido, estamos ante una apropiación autóctona de un formato estadounidense, que en sus chistes plantea una complicidad intrínseca con quienes saben de qué y dónde se está hablando, sin la cual el efecto humorístico se amortigua.








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