Centro Cultural Antonio Gramsci

El gobierno sigue dando su batalla cultural por la construcción del sentido

27 de marzo de 2024 Javier Boher Javier Boher
2024-03-26-gramsci

Por Javier Boher
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Es notable la obsesión que tienen los libertarios con dar la batalla cultural, esa forma en la que han dado en llamar a la construcción de una nueva hegemonía. De allí que avanzan, como el meme de la parca yendo de una puerta a la otra, con la idea fija de atacar directamente a cada elemento de valor simbólico sobre el que se asienta el imaginario kirchnerista. Poco a poco van tratando de erosionar esos consensos que se generaron a lo largo de dos décadas, ese sentido común en el que cierta clase de políticos se siente cómodo para alentar determinado tipo de políticas. 

Si hay un pensador que el progresismo universitario de ciencias sociales se encargó de rescatar para explicar sus formas de militancia, ese autor es Antonio Gramsci. El italiano es un exponente del marxismo que se esfuerza por despegarse del economicismo, esa forma de reducir todo el análisis social a lo que explican las variables económicas. La biografía de Gramsci es similar a la de tantos pensadores de izquierda que fueron pagando con su vida su intento de trastocar el orden socioeconómico.

La idea de batalla cultural es algo que el kirchnerismo decodificó del pensamiento gramsciano y convirtió en su elemento vital, en su razón de ser. Todo se puede politizar, pero además se debe politizar de acuerdo a las propias convicciones y esquemas con los que se decodifica el mundo. Desde la irrupción del kirchnerismo todo pasó a analizarse bajo una lupa de corrección política que sirvió para marginar o cancelar a los que no se ajustaban al discurso dominante. Todo se volvió un insoportable ejercicio de politización progre que desgastó a todos los que podían salirse del corset de las fórmulas hechas y las consignas vacías.

Los libertarios agarraron ese mismo manual de la pelea por el sentido común y la ideología, y se pusieron a trabajar para construir una nueva hegemonía, una en la que se rechaza hablar con la E, teñirse el pelo de colores chillones y celebrar la diversidad cultural, para pasar a defender los símbolos patrios, la clara distinción de géneros y el idioma castellano. Fue un paso de la caricatura progresista que construyó el kirchnerismo intelectual económicamente acomodado a la exacerbación forzada de un conservadurismo vintage de parte de los trolls libertarios. Sin punto medio, los que fueron a dar la batalla cultural avanzaron a máxima velocidad contra toda la infantería kirchnerista.

El anuncio de cambiarle el nombre al Centro Cultural Kirchner se encuadra enteramente en ese lugar. Aunque haberlo denominado así ya fue una provocación en primer lugar (el ex presidente no era un refinado consumidor de bienes culturales, sino todo lo contrario), el anuncio no resuelve ninguna de todas las problemáticas que tiene el país. Los libertarios arrancaron por aquello con que Juntos por el Cambio había dejado para una etapa posterior de su gobierno. La decisión se basa en el razonamiento de que el gobierno de Macri fracasó por no pelear la construcción de sentido desde el inicio del mandato, no por la ejecución de sus políticas económicas.

Es notable la manera en la que el kirchnerismo reacciona ante cada avance sobre los elementos que constituyen su identidad, sea el video incompleto para pedir por memoria completa, el Inadi, Telam o el Centro Cultural. Cada una de esas pequeñas batallas -insignificantes en términos de ahorro en el gasto público- es vivida por los fanáticos libertarios como la destrucción de los horrocruxes con la que Harry Potter trata de debilitar al malvado Lord Voldemort.

No se gobierna con la construcción de sentido, aunque cada gobierno necesite un relato propio. Muchos consideran que esta versión libertaria es insostenible en el tiempo, aunque en realidad hay algo que puede torcer esa idea: si hay una recuperación económica, la misma quedará asociada completamente a este relato político, tal como le pasó al kirchnerismo fundacional de los superávits gemelos y bajar los cuadros. Lo contrario también es cierto: el fracaso económico también arrastraría la construcción cultural.

Los kirchneristas, antes, y los libertarios, ahora, se concentran más en diseñar un esquema mental para procesar la información que por resolver efectivamente las cuestiones de la vida cotidiana de la gente. Así, todo se termina reduciendo a una discusión entre fanáticos sin verdadera capacidad de transformación social real, por más que en su propio relato estén convencidos de estar cambiando las bases estructurales de la sociedad.

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