Más mala imposible
En los cinco episodios de alrededor de media hora cada uno que conforman la tira “Yiya”, muy pocos momentos exhiben un titubeo o un arrepentimiento por parte de la que fue la primera asesina serial argentina, quien murió en 2014 sin reconocer jamás los crímenes que se le atribuían.
J.C. Maraddón
Alguna vez nos hemos referido aquí al maniqueísmo en la construcción de personajes de ficción, que sobre todo se da en los relatos que pretenden dejar un mensaje y que para ello necesitan diferenciar entre aquellos que obran en la búsqueda del bien y los que lo hacen por pura maldad. No es extraño encontrarse con este tipo de retratos en las fábulas infantiles o en los libros religiosos, donde lo que se pretende es inculcar preceptos morales a través de individuos que encarnan los valores a los que deberíamos aferrarnos si estamos dispuestos a ubicarnos del lado correcto de la vida.
Sin embargo, no hace falta demasiado ingenio para advertir que en la realidad la gente no se atiene a esos ejemplos ficticios y muestra contradicciones y dobleces que impiden determinar con precisión quién se maneja dentro de las normas convenidas y quién opera de un modo que lo vuelve peligroso para su prójimo. Hasta el más bondadoso de los seres puede esconder su costado oscuro y hasta el más perverso de los criminales tal vez guarde algún resquicio de inocencia, si nos guiamos por los casos concretos que se nos exponen, sea por vía directa o a través de las noticias.
Por eso, en la evolución de las producciones audiovisuales se ha manifestado una tendencia a abolir la presencia de caracteres que se sitúan en los extremos de las categorías de la ética, para posicionar en cambio en los roles protagónicos a personas que se debaten en la mucho más creíble ambigüedad y que quizás encaran una lucha interna donde a veces triunfa lo sublime y en otras ocasiones se impone lo nefasto. La relativización que es típica de los tiempos modernos aflora de esta forma en películas y series que suelen atraparnos precisamente por ser verosímiles.
Estos mismos cuidados se trasladan a las narraciones extraídas de hechos reales, cuyos artífices son humanos de carne y hueso, sometidos a vaivenes cotidianos como los que atravesamos todos. Más aún dentro del género denominado “true crime”, donde abundan asesinatos cometidos con brutalidad o premeditación por hombres o mujeres con síntomas psicopáticos. Si el guion los presenta de entrada como bestias insensibles, le resta al espectador la posibilidad de dudar de sus intenciones o de adentrarse en su personalidad, detalle no menor en el hilo de las secuencias que habitualmente concluyen con la condena por parte de la justicia.
En los cinco episodios de alrededor de media hora cada uno que conforman la serie “Yiya”, muy pocos momentos exhiben un titubeo o un arrepentimiento por parte de la que fue la primera asesina serial argentina, quien murió en 2014 sin reconocer jamás los crímenes que se le atribuían. Más allá de ser fiel o no a los acontecimientos tantas veces rememorados, la tira disponible en Flow nos enfrenta a una mujer despiadada, de una crueldad que no se otorga respiros ni admite autocríticas. No hubiera venido mal traslucir sus vacilaciones, las haya tenido o no la verdadera Yiya Murano.
Actuaciones soberbias de Cristina Banegas, Julieta Zylberberg y el resto del elenco, prestigian esta realización dirigida por Mariano Hueter y guionada por el experimentado Marcos Carnevale, que por fin se anima a abordar aquella trágica sucesión de envenenamientos acontecida en 1979. Mientras el país se hallaba sumergido bajo una cruenta dictadura, una señora distinguida quedaba envuelta como mentora de una estafa piramidal en la que había involucrado a sus amigas, quienes iban a ser sus futuras víctimas. Ingredientes para el suspenso no le faltan a este expediente judicial rescatado varias décadas después por un periodista, que será el encargado de entrevistar a la homicida y contarnos su versión de los sucesos.
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