Universidad Por: Francisco Lopez Giorcelli12 de diciembre de 2025

Elecciones UNC 2026: reacomodos políticos y silencios estratégicos en la carrera hacia el rectorado

El Consejo Superior aprobó el calendario 2026 y confirmó el cronograma electoral que volverá a poner en disputa la conducción de la Universidad Nacional de Córdoba. Sin candidaturas definidas ni movimientos explícitos, los espacios comienzan la etapa de señales discretas, negociaciones reservadas y relecturas de la última elección rectoral, en la que la continuidad de gestión fue un factor decisivo. El posible interés de Jhon Boretto en evaluar una reelección aparece como referencia obligada dentro del análisis político, mientras que la oposición, un poco atomizada, buscará candidatos que le hagan mella al oficialismo.

Por: Francisco Lopez Giorcelli 


Con el ciclo lectivo 2026 en marcha (arrancó el ingreso 2026), la UNC entra en la fase en que la política se mueve sin declaraciones, pero con gestos que anticipan el reordenamiento interno. El oficialismo administra los tiempos, los decanatos tantean su margen de influencia y los espacios opositores revisan su desempeño pasado para definir si podrán construir una alternativa competitiva.


El inicio del ciclo lectivo 2026 no sólo activa la dinámica académica de la Universidad Nacional de Córdoba, sino que inaugura la etapa en la que cada conversación dentro de la institución se carga de un contenido político más denso. A partir de la aprobación del calendario electoral por parte del Consejo Superior, la cuenta regresiva hacia la elección de rector se vuelve formal, aunque la disputa real siempre se juega mucho antes. No hay nombres sobre la mesa ni definiciones públicas y, sin embargo, el clima interno ya muestra el patrón tradicional de la UNC: prudencia oficialista, tanteos decanales y una oposición que todavía mide si será capaz de ordenar sus piezas para este nuevo ciclo.


En este escenario, la figura del rector Jhon Boretto se vuelve inevitable dentro del análisis, no por anuncios concretos, sino por el rol que históricamente ocupa quien está en ejercicio del cargo en las etapas previas a una elección. En experiencias anteriores, los rectores tuvieron capacidad para orientar procesos de continuidad, evaluar reelecciones o promover sucesiones ordenadas, y ese antecedente es suficiente para que distintos actores lean que el oficialismo podría considerar diferentes caminos sin necesidad de apresurar ningún gesto público. Los movimientos son mínimos, pero significativos: reuniones discretas, alineamientos que se reafirman o se enfrían y conversaciones que se desarrollan con la lógica clásica de la Casa de Trejo, donde la información circula en voz baja y las emociones se administran con obsesión quirúrgica.


Los decanatos, por su parte, atraviesan un momento de autoevaluación estratégica. Cada facultad sabe que su peso relativo puede reconfigurarse con rapidez en un año electoral y que la construcción de alianzas no se define únicamente por el posicionamiento político, sino también por la capacidad de mostrarse como un actor estable en un contexto de incertidumbre financiera y de tensiones con el Gobierno nacional. La memoria reciente muestra que los apoyos no son automáticos y que los decanos negocian en función de su propio mapa interno, de sus relaciones con claustros específicos y de la lectura que hacen del humor académico. Es una etapa donde se habla mucho, se define poco y se toma nota de todo, porque el armado rectoral siempre empieza desde las facultades, incluso si nadie lo reconoce públicamente.


En paralelo, la oposición retoma el desafío que arrastra desde elecciones anteriores: evitar la dispersión que históricamente dificultó la construcción de una propuesta competitiva. Los sectores ligados al espacio Sociales–Filosofía-FAMAF, que en ciclos previos expresaron posiciones más cercanas al kirchnerismo universitario, evalúan si pueden proyectar una candidatura con volumen real, algo que en el pasado no siempre lograron sostener en todos los claustros. Al mismo tiempo, expresiones más vinculadas a corrientes progresistas, como las que en su momento orbitaban alrededor de Avanzar, vuelven a aparecer como incógnita. Sus posibilidades dependen de si deciden intervenir en esta elección y, sobre todo, de si pueden articular un armado transversal que supere la fragmentación, un obstáculo que la UNC ha demostrado repetir con consistencia cada vez que la oposición intenta emerger con fuerza.


Mientras todo eso sucede, la Casa de Trejo sostiene una calma que en realidad es pura actividad política encapsulada. Los conflictos por el financiamiento, el rol de los gremios, el impacto del clima nacional sobre la universidad pública y la sensibilidad social hacia la educación funcionan como variables que cada espacio procesa para ajustar sus posiciones. Este telón de fondo influye sin necesidad de ser explicitado y se cuela en reuniones informales, en mesas de café y en charlas de pasillo donde los actores calibran qué tan conveniente es acelerar o demorar ciertos movimientos. En este tipo de etapas, la UNC vuelve a exhibir su estilo más característico: nadie sobreactúa, pero todos se mueven; nadie declara, pero todos observan; nadie confirma, pero todos toman posición.


Así comienza a configurarse el tablero de 2026: sin certezas sobre candidaturas, sin listas presentadas y sin discursos que anticipen rupturas o alianzas, pero con un reacomodamiento interno que ya está en marcha. El oficialismo administra el tiempo como recurso estratégico, la oposición intenta no repetir viejos errores y los decanatos se reposicionan en función de su propia lectura del momento político y del contexto nacional. Como ocurre siempre en la Universidad Nacional de Córdoba, la elección todavía está lejos de definirse, pero la política —su política— ya empezó a jugarse mucho antes de que los nombres aparezcan.

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