Tributo a la edad dorada
J.C. Maraddón
El rock argentino cuenta con una línea fundadora que es reivindicada como parte de una leyenda acerca del origen de ese género, cuyo salto a la popularidad iba a demorar bastante en producirse, más allá de los cientos de miles de copias que vendió el single más emblemático de aquellos comienzos: “La balsa”. Regía en esa segunda mitad de los años sesenta una dictadura a la que los hippies no le caían para nada simpáticos, y por eso trataba de silenciarlos con la reprimenda de llevarlos a una comisaría y cortarles el pelo, a ver si así menguaba su energía.
En los setenta se habían multiplicado los artistas que se enrolaban en el movimiento, como así también había crecido la cantidad de público que los acompañaba en sus recitales y les compraba sus discos. Pero la violencia reinante en el país, que forzaba a ubicarse de un lado o del otro de la trinchera, no comulgaba con la presencia de estos rockeros que predicaban el amor y la paz. Así que tampoco hubo en ese entonces ninguna chance de asomar la cabeza fuera del gueto, a excepción de Sui Generis y esa apelación a la sensibilidad adolescente que tanto le rindió.
Recién tras la Guerra de Malvinas, con su consecuente prohibición de difundir música en inglés, iba a hacer eclosión ese estilo que a lo largo de 15 años había germinado y se había consolidado en su profesionalismo. Sus figuras se encontraban en la madurez artística, y la generación emergente mostraba un hambre de gloria que no tardó demasiado en saciarse. El retorno de la democracia admitió al rocanrol criollo como su banda de sonido y la movida sacudió multitudes no sólo de las fronteras hacia adentro, sino también en países vecinos, hasta salir luego a la conquista del continente.
Tal vez al coincidir esa alegría por recuperar la libertad perdida, con el momento en que el rock nacional se volvió masivo, ha perdurado en el recuerdo la nostalgia por aquellas canciones que hicieron historia. Y se las cita una y otra vez, incluso por parte de aquellos que no vivieron esa época, en una especie de plegaria que amalgama gente de todas las edades, clamando por creer otra vez que esa luz del pasado sigue alumbrando el camino y que mientras esa música suena, nos sentimos protegidos por su aura y ya nada malo puede sucedernos si entonamos esos himnos.
Aunque el Cosquín Rock ha experimentado mutaciones que son lógicas en un festival con 25 años de vigencia, y por más que su grilla actual adjunta referentes que no encajan dentro de la sonoridad rockera, siempre se vuelve a aquel primer amor y los cultores de otros estilos se ven motivados a hacerle honor al nombre del evento. Lo notorio es que esos tributos suelen focalizarse en el repertorio ochentoso, quizás porque fueron esos temas los primeros que trascendieron fuera del círculo de fanáticos y calaron hondo en la estima popular, que hasta los inmortalizó en cánticos de tribuna.
Así fue como Lali de despachó con “Los viejos vinagres” de Sumo, Abel Pintos versionó “Ji Ji Ji” de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, León Gieco y Litto Nebbia tuvieron su espacio para el lucimiento, Pappo fue evocado por Juanse y Beats Modernos interpretó composiciones de Charly García, en tanto Fito Páez abordó varios de sus clásicos. Además, en otros shows se escucharon “Mil horas”, “Mariposa Pontiac”, “Me siento mucho mejor” y “La rubia tarada”, por citar apenas algunas de las instancias en que el Cosquín Rock 2026 se avino a regresar a esa edad dorada, cuando la juventud era un divino tesoro.