Que no cunda la sumisión
Los ídolos que mueren en plena juventud, suelen resucitar en su condición de mitos y perpetuarse con su imagen inmaculada, a diferencia de aquellos que siguen vivos y no pueden evitar que la gente los vea en su proceso de envejecimiento, más allá de los cuidados a los que se sometan para retrasar esos signos de decrepitud. Quizás debido a la glorificación que hizo de los excesos, la cultura rock cuenta con demasiados ejemplos de esos astros que pierden la vida a una edad temprana y cuyo rostro perdura hasta el día de hoy en posters y remeras, pese al tiempo que llevan ausentes.
Para que la leyenda no decaiga, se hace necesaria una actualización periódica del recuerdo, que muchas veces es promovida por la industria del espectáculo, a la que esos cultos paganos le rinden ganancias incalculables. Reediciones discográficas, películas documentales y de ficción, libros biográficos y demás objetos de consumo, sirven entre otras cosas para refrescar la memoria de los antiguos fans y, por qué no, para construir una nueva camada de seguidores que no fue atravesada por el fenómeno en tiempo real, pero que se va sumando para incrementar el caudal de los fieles que rinden tributo al rockero difunto.
Cuando Jim Morrison pereció víctima de una sobredosis allá por julio de 1971, su nombre se unía al de grandes figuras de su generación que también habían fallecido a los 27 años, como Brian Jones, Jimi Hendrix y Janis Joplin. Cantante, compositor y poeta, desde la Costa Oeste estadounidense Morrison se había constituido en vocero de ese movimiento contracultural con epicentro en California, que aspiraba a cambiar las condiciones en que se desenvolvían los jóvenes hacia fines de los años sesenta, hartos ya de la mansedumbre con que sus predecesores habían aceptado y obedecido los mandatos de la sociedad.
Adorado por miles de personas, la noticia de su deceso caló hondo entre aquellos que habían acompañado su trayectoria con el grupo The Doors, al frente del cual se había destacado. Han transcurrido casi 55 años de aquello y es probable que muchos de los que lo lloraron entonces ya no estén tampoco entre nosotros. Pero su legado continúa vigente entre los que vinieron después, tal vez porque su obra no ha parado de sonar y porque su aspecto no ha perdido el atractivo. Mucho ha contribuido a eso que se hayan ido volcando al mercado productos que giran en torno a su existencia.
En 1991, se estrenó el largometraje “The Doors”, de Oliver Stone, que fue el responsable de que veinte años después se reflotara su epopeya y que se reivindicara su importancia como ícono de una época en la que abundaban personajes divergentes, cuyo discurso incendiario levantaba los ánimos de oposición a lo establecido. La mímesis del actor Val Kilmer con Jim Morrison en aquel filme fue tan poderosa, que todavía resulta difícil distinguir uno de otro, al observar los fotogramas de esa producción que trajo al presente la fe sesentista, en un fin de siglo signado por profecías apocalípticas.
Pues bien, a 35 años de la proyección de esa película y en el primer aniversario de la muerte de Val Kilmer, “The Doors” volvió a ser exhibida en salas comerciales, en una copia mejorada por los prodigios tecnológicos de los que gozamos en la actualidad. El rescate no ha tenido la difusión suficiente para que se produzca una nueva fiebre recordatoria de Jim Morrison, pero que se haya decidido sacarla del archivo y remozarla habla de que subsiste un interés por la vida y la obra de aquel héroe desafiante, en un tiempo en que la sumisión se hace carne.