Cultura Por: J.C. Maraddón18 de marzo de 2026

El derecho a legitimar

La velada de entrega de los premios Oscar que tuvo lugar en el Dolby Theatre el domingo pasado, con la conducción de Conan O’Brien, sirve como muestra de ese collage multirracial y multinacional que constituye hoy la cinematografía internacional, en una saludable convivencia regulada por la corrección política.

Desde hace bastante tiempo, los premios Oscar han dejado de mirarse su ombligo hollywoodense y abrieron el juego hacia el panorama cinematográfico global, incorporando de modo ineludible producciones de países de todos los continentes y poniéndolas a la par de las que eran elaboradas en la fábrica de sueños. Aquella categoría de Mejor Película en Idioma Extranjero, se convirtió en Mejor Película Internacional, pero ni siquiera así alcanzó para contener la avalancha de realizaciones en los más variados idiomas que pugnaban por saltar a la gloria llevándose una estatuilla e ingresando en el Olimpo de las celebridades por la puerta grande.

La globalización, que se tornó incontenible allá por los años noventa, profundizó esa tendencia en todas las áreas del espectro artístico, y el cine no podía quedar afuera de una oleada que ampliaba las fronteras o directamente las eliminaba, abriendo un campo infinito de matices que enriquecieron la perspectiva del séptimo arte. Países de los que no se había conocido hasta entonces ningún aporte fílmico, empezaban a mostrar su capacidad de producción y tenían la chance de lucirse en esas galas anuales a las que antes sólo podían acceder las luminarias estadounidenses. El imperio se jactaba de ser permeable a esa multiplicidad.

Por supuesto, la irradiación de internet un cuarto de siglo atrás llevó las cosas aún más lejos, y ya no fueron únicamente largometrajes foráneos los que irrumpieron en las grandes ligas. Actores, directores y técnicos venidos de otras latitudes se sumaban al staff de las majors y se codeaban con los créditos locales, con una naturalidad que nadie hubiera imaginado en otros tiempos. En la premiación, se volvió habitual escuchar discursos de agradecimiento en español, portugués, francés y lenguas todavía más exóticas para lo que la audiencia de la transmisión televisiva estadounidense estaba acostumbrada a oir en ese tipo de ocasiones.

En esa mescolanza cultural de artistas con inquietudes disímiles, se gestaron proyectos descabellados que en algunas ocasiones funcionaron muy bien y que en otras decepcionaron, pero que en general contribuyeron a corroer la verdad revelada de que la única factoría en condiciones de proveer entretenimiento audiovisual al mundo, era la de los estudios de Los Angeles. Y así es como un proceso que se desarrolló a lo largo de varias décadas, ha decantado hoy en la oferta cinematográfica de la que disfrutamos por estos días, en salas y en plataformas, con una variedad de carácter inédito.

La velada de entrega de los Oscar que tuvo lugar en el Dolby Theatre el domingo pasado, con la conducción de Conan O’Brien, sirve como muestra de ese collage multirracial y multinacional que constituye hoy la cinematografía internacional, en una saludable convivencia regulada por la corrección política. Desde el K-pop al blues, desde las conspiraciones de izquierda al drama de la familia Shakespeare, desde los diálogos en noruego hasta la represión en Brasil, desde la primera estatuilla otorgada a una irlandesa al dilema de la venganza en Irán, la Academia ha sabido condimentar la ceremonia con el sabor de lo diverso.

Cabe pensar entonces que Hollywood se ha asignado un rol diferente en la industria, como manera de adaptarse a la época sin perder el peso estratégico que ha ejercido siempre. Porque, a pesar de que cada vez hay mayor participación exógena, pareciera que nadie puede aspirar a la popularidad si no desfila antes por la alfombra roja, un requisito insalvable que los aspirantes a la fama aún están obligados a cumplir. Más allá de todos los recursos que hoy existen para dar a conocer un producto cinematográfico, el Oscar conserva ese derecho a la legitimación y no aparenta estar dispuesto a resignarlo.

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