Cultura Por: J.C. Maraddón25 de marzo de 2026

Los avatares de la ancianidad

Que el propio José Luis Campanella, con la misma dupla protagónica a la que dirigió en la obra teatral “Parque Lezama”, realizara ahora el largometraje de igual título que está disponible en Netflix, garantizaba en apariencia un resultado carente de fisuras, pero ese traslado a la pantalla ofrece aristas demasiado previsibles.

 

Antes que existiera el cine, el teatro se ocupaba de narrar sobre un escenario las historias que cautivaban el interés del público y que lo convocaban a sentarse en una butaca para llorar, reír y entretenerse a través de una ficción escrita por un dramaturgo y representada por actores. El arribo de la industria audiovisual motorizó un cambio de hábitos que, si bien nunca desterró de las opciones culturales la de las artes dramáticas, terminó convirtiendo a la exhibición de películas en una de las más prolíficas y lucrativas maneras de alimentar la necesidad de la gente de ocupar su tiempo libre.

Como resulta obvio teniendo en cuenta los antecedentes, han sido muchas las obras de teatro que fueron luego adaptadas para la pantalla grande. Se trataba de un reservorio amplísimo que la producción fílmica no iba a desperdiciar, sobre todo cuando los que asumían los roles principales eran ya estrellas consagradas que adornaban con su prestigio y fama esa propuesta. Es así como un porcentaje no menor de la filmografía contemporánea hunde sus raíces en esas creaciones literarias que primero servían de soporte para una puesta en escena y que luego caían en manos de guionistas que las transformaban en la estructura de una película.

Esas traducciones de un género al otro, tan frecuentes antes y ahora, presentaban distintos tipos de dificultades, que debían ser superadas para que la experiencia no se malograse del todo. Y uno de los más importantes escollos era el de las interpretaciones, que en teatro requieren de una impostación manifiesta, dirigida a una platea que probablemente esté algo alejada de la acción y que debe visibilizar con claridad los gestos y debe escuchar con nitidez los parlamentos (hoy microfoneados), para no perder el hilo de la trama y quedarse en ascuas a mitad de la función.

La cinematografía, en cambio, apuesta a recursos como los primeros planos y los efectos visuales y de sonido, entre muchos otros aditamentos, que permiten lograr el mismo cometido sin la urgencia de que los actores extremen su performance por miedo a que no se perciba lo que están haciendo y diciendo. Las escenografías teatrales, con las limitaciones de espacio lógicas de una sala, amplían su potencial en el cine, donde se puede dotar de mayor realismo a una escena rodándola en locaciones interiores o exteriores que exudan verosimilitud, a diferencia de la artificialidad inevitable que plantean los reductos de las representaciones en directo.

Si hay un realizador argentino que está capacitado para navegar sin temores en esas dos aguas, ese es José Luis Campanella, que tiene un Oscar en su haber por el filme “El secreto de sus ojos”, y que desde 2013 dirige la obra “Parque Lezama”, protagonizada por Luis Brandoni y Eduardo Blanco, que hasta el momento ha sido vista por más de 600 mil espectadores. Que el propio Campanella, con la misma dupla actoral, regenteara la versión cinematográfica de esa comedia dramática del estadounidense Herb Gardner, titulada originalmente “I’m Not Rappaport”, garantizaba en apariencia un resultado carente de fisuras.

Pero si los actores son alentados a entonar sus diálogos en clave escénica, si los acercamientos de cámara recaen sobre rostros de rictus exagerados, si el ámbito donde se desenvuelven los personajes se reduce como si lo acotaran las restricciones de un dispositivo teatral, entonces lo que sobre las tablas se somete a las convenciones y luce ajustado, en el cine deviene en un producto demasiado ingenuo y previsible. Alojado en la grilla de Netflix, “Parque Lezama” es apenas otra opción para pasar el rato sin mayores expectativas, cuando por su muestrario de los avatares de la ancianidad, quizás haya aspirado a ser mucho más que eso.

 

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