El abrazo de la notoriedad
Cuando una actriz o un actor se hace famoso por un papel que le ha tocado en suerte interpretar a una edad precoz, las consecuencias que le acarrea ese hecho se reparten entre beneficios y perjuicios, en ambos casos llevados al extremo. Quizás nadie pueda en sus años infantiles imaginar lo que sucederá a partir de esa decisión, pero los adultos que rodean a esa criatura sí poseen las facultades suficientes para avizorar esos desenlaces y por ende son los responsables de guiar a esa aspirante a estrella para que logre sobrellevar el salto a la popularidad dentro de un contexto lo más amigable posible.
Entre los aspectos negativos que suelen derivar de tan tempranos pasos, debe señalarse el nivel de exposición al que se lo someterá y la poca razonabilidad que generalmente demuestra la industria audiovisual, donde hasta quienes ya son adultos a la hora de triunfar, ingresan en una picadora de carne que deja maltrecho al más pintado. Con mayor razón se anotan entre las posibles víctimas de esa perversa estructura las figuras infantiles que no cuentan con una red de contención acorde a los riesgos que podrían llegar a correr una vez que le hayan caído simpáticos a las grandes audiencias.
En una instancia posterior, si pretenden desarrollar una carrera y transformarse en artistas profesionales, esas primeras experiencias vividas en su niñez serán tanto un trampolín para cobrar altura como un lastre que deberán cargar hasta el final de sus días. Ejemplos sobran de astros de la cinematografía que sobrellevaron con bien ese debut prematuro, como también es interminable la lista de aquellos que no traspasaron aquellos palotes de los inicios y no lograron con posterioridad dejar atrás ese recuerdo para construir una trayectoria en la que aquel casillero donde habían quedado encerrados no alcance a intimidarlos hasta frustrar su vocación.
Los que peor la pasan son los que se ganaron la popularidad gracias a un personaje protagónico, cuya importancia trascendió más allá de la película, serie o programa en la que se hubo destacado. Sobre ellos pende la cruz de ese nombre de ficción por el que han sido reconocidos por el público, que en ciertas ocasiones termina olvidando cuál era el nombre real del actor. Es uno de las tantas confusiones que se producen en la esfera de las celebridades, a las que se les atribuye como propio un apelativo que en realidad surgió de la imaginación de los guionistas.
Adoptada como ídola de las púberes 20 años atrás, la actriz Miley Cyrus arrancó entonces como protagonista de la serie “Hannah Montana”, que prolongó durante cuatro temporadas su estadía en la pantalla de Disney Channel, hasta que en 2011 se despidió hasta más no ver. Allí, ella asumía el rol de una adolescente que debía desdoblar su vida entre la de una chica común de su edad, y la de una pop star teen llamada precisamente Hannah Montana, sin que nadie se percatara de esa doble personalidad. Con esa ingeniosa fórmula, el ciclo se convirtió en un suceso.
Con un enorme esfuerzo que le pasó factura a su salud, Miley Cyrus consiguió salir de tamaño condicionante y se transformó en una auténtica cantante pop de fuste, que a lo largo de los últimos 15 años demostró cualidades indudables, lo que ayudó a que sus orígenes quedaran en el recuerdo. Desde su madurez artística actual, ella ha aceptado participar de un especial por el vigésimo aniversario de “Hannah Montana”, que se estrenó en Disney+ hace unos días. La suya es una de las pocas excepciones de alguien que se sobrepuso a un demasiado pronto abrazo de la notoriedad internacional.