Documentar lo increíble
Uno de los desafíos de quienes se proponen narrar una historia es dotar a su contenido de una cuota de verosimilitud que lo transforme en algo creíble para el público, una condición indispensable que no todos son capaces de reunir. Sólo así se consigue que quien está del otro lado se introduzca en lo que le están contando y que viva como propias las andanzas de los protagonistas, para asimilar sus experiencias y, en definitiva, admitir ese intercambio tan fructífero entre los creadores y la gente común. Un proceso lindante con lo mágico que, sin embargo, no deja de tener su lógica.
En eso no influye para nada lo descabellada que pueda ser la narración, siempre y cuando se torne inteligible para los que acceden a esa trama, sin generar en ellos la desorientación propia de los argumentos delirantes cuyo atractivo se centra en el exotismo y no la credibilidad. Monstruos deleznables en el género de terror, extraterrestres de asqueroso aspecto en la ciencia ficción, piratas invencibles en relatos de aventuras, persecuciones interminables en los de acción, todo es aceptable en tanto se lo pueda considerar lógico por arte del talento del autor, que envuelve a cualquiera en su telaraña discursiva.
Pero hay ocasiones en que se debe producir el mismo efecto apelando a hechos reales, algo que se podría suponer mucho más simple, porque se parte de acontecimientos ocurridos de verdad, a los que se les aplican los procedimientos de síntesis para que tomen la forma de un repaso transmisible a través de diversos formatos. Y podría ocurrir que no sea tan sencillo lograr ese objetivo, por ejemplo, cuando el suceso al que se procura desarrollar presenta características poco comunes, que llevan a dudar acerca de que eso que se nos cuenta no haya surgido de la imaginación de una mente febril.
En el lenguaje audiovisual, suelen ser los documentales los que se ocupan de relatar de manera fidedigna esta clase de versiones de un determinado incidente, haciendo alarde que no se ha apelado en ningún momento a la fantasía para conseguir mejores resultados. Más allá del propósito del director, no hay que descartar la posibilidad de que lo historiado se revele como difícil de creer. Y es entonces cuando debe apelarse a la mano experta que, mediante los recursos de la cinematografía, invista al espectador de la necesidad de aceptar que, mal que nos pese, así fueron las cosas.
Este fue el desafío que se impusieron los cineastas Luciana Dadone y Andrés Dunayevich en “Papeles de la memoria”, un documental guionado por Mariano Cognigni que se adentra en el calvario vivido en Córdoba por la familia Deutsch durante la dictadura, cuando militares se llevaron presos a un matrimonio y sus tres hijas, al no encontrar en la casa al hijo varón, militante del Partido Comunista Revolucionario. Un curioso sistema ideado por el padre para despachar cartas desde el cautiverio, su pasión por realizar dibujos y acuarelas en la celda y la mediación del presidente Jimmy Carter para que los liberen, vuelven insólita la desventura.
De la triada conformada por los directores y el guionista es el mérito de que no sólo se admita tomar en serio el hilo argumental, sino que además este sea culpable de emocionar hasta las lágrimas a los que asistieron a las funciones de estreno en el Centro Cultural Córdoba. De ellos y, fundamentalmente, de los testimonios de las hermanas Deutsch y de Alberto Granero, alias Cascote, marido de una de ellas. Esta noche desde las 20, en esa misma sala, habrá una última proyección de este largometraje que también hace su aporte para que la memoria no empiece a amarillarse.