Cultura Por: Víctor Ramés08 de abril de 2026

Caras y caretas cordobesas

Prosigue la crónica de un periodista viajero sobre las mujeres que en la estación de trenes de Córdoba invadían el andén para ofrecer sabrosos productos a los viajeros, en veloces transacciones a través de las ventanillas.

Las vendedoras de la estación (segunda parte)

Publicamos la segunda y última parte de la nota aparecida el 16 de agosto de 1924 en Caras y Caretas, sobre las vendedoras en la estación de ferrocarril de Córdoba. Firmaba estas páginas Santiago Fuster Castresoy, nacido en 1882, en su época una especie de cronista “estrella” que había adquirido el semanario de Buenos Aires en 1912, cuyas colaboraciones proseguirían hasta 1930. Era un prolífico aportador de notas que pintaban lugares y hechos de diversos puntos del país. Un periodista viajero. De hecho, la nota que estamos compartiendo llevaba como subtítulo, o nombre de sección: “Caras y Caretas en jira por la República”.

En su descripción de las vendedoras cordobesas, dejaba aflorar el cronista impresiones personales sobre las bellezas criollas locales “del moreno color de la tierra”, en cuyos “ojos abismales” entreveía un enigma. Un enigma sencillo de resolver: el de la distancia entre clases sociales, que no impedía circular posibles aires de atracción entre los sexos, aunque fueran puramente imaginarios.

 

Se transcriben los párrafos pendientes:

“Allí mismo llena el oído la vieja “freidora” que no para de echar fritos al perol (vasija de barro o metal), ni de venderlos; es la figura más concéntrica del ambiente, la señora de la romería, la celebridad sobre la cual discurren todas las miradas, acuden los apetitos, y convergen los comentarios. Junto a ella, y celosamente colocadas detrás de montoncitos verdes, frescos aún como el chorro de las vertientes, las yuyeras vocean sus berros, los divinos poleos, el tomillo serrano capaz de todos los bienes, la olorosa yerbabuena, prodigio de renovación: los maduros mistoles que gustan a la menuda gente, y cien raíces y tallos brindados por la montaña o los recovecos del valle a la devoción y a la ansiedad popular.

Una hora después, alejada la visión de esta multicolor escena, muerto para nuestros oídos el rumor de la bulliciosa feria; aunque no sea difícil que conservéis en el ánimo un poquito de gusto por pensar y repensar en alguna criolla bonita y ágil que os haya mirado demasiadamente bien; y cuando el único ruido que turba las cavilaciones no es otro que el tamborileo del riel sobre el cual rodáis locamente, cesa la marcha, ríe un diverso panorama, viene hasta el compartimento un rumor de otras voces, y asoma el brazo torneado, recio, moreno, de una mujer que chilla: ¡Fruta, señor, un peso, fruta, con canastillo y todo, fruta!

Detrás de la primera se abalanzan cuatro, diez, quince.

Viejas y jamonas, adolescentes y niñas, Casi todas del moreno color de la tierra. Sonrientes y parlanchinas, enseñando un rosario de dientes que dan ganas de bendecirlas, y ostentando unas matas de pelo en anchas y luengas trenzas, que brillan a la manera de labrados aditamentos puestos en sus cabezas por algún mago artífice que haya sido capaz de domar el ébano hasta convertirlo en hermosas fibras.

Mientras oía ofrecer sus mercancías a estas inquietas vendedoras del camino, entré mi alma muy por los vericuetos de esos ojos abismales buscando expresiones. ¿Qué dicen los negros ojos de las criollas?... ¿Qué ambula en su mirada como una inquietud implacable?

Francamente, son almas de enigma. Hay en ellas una travesura ingénita que nace en la palabra sin ofender, pero se hiende muy hacia la médula. Pasan como aves de color obscuro que sólo llevan la vida en los ojos y en los labios, Quizás, llegando a conocerlas demasiado, tengan como el rosal, un reguero de espinas.

Ellas no podrán nunca meditar cuántas ideas inspira su garbo en unas, la parsimonia en otras, ante las cavilaciones del viajero. Para ellas éste solo es un nuevo comprador.

SANTIAGO FUSTER CASTRESOY

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Apenas se detenía un tren en la estación del Central Córdoba, las vendedoras de sabrosos productos se acercaban a las ventanillas como un enjambre, llevando sus canastas, voceando sus ofertas. Un cuadro de 1924.

Caras y caretas cordobesas

Concluyen aquí las referencias a Enrique Badesich, transcribiendo el resto de la entrevista en el semanario porteño de 1922, durante el auge de su pintoresca figura que se coló entre las novedades políticas.

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