Nacional Por: Javier Boher06 de mayo de 2026

Milei, Peter Thiel y el Capitán América

La visita del fundador de Palantir nos hace retomar una película del superhéroe para entender los riesgos de entregar la seguridad al deseo de los millonarios

Me gustan las películas de superhéroes. No sé si es por varón o por padre, pero disfruto de ver a esos seres todopoderosos enfrentarse a golpes de puño como simples mortales, con tramas casi siempre simples pero efectivas.

El universo cinematográfico de Marvel ha sido muy exitoso al respecto, con muchos personajes y tramas cada vez más complejas. Arrancaron con historias sencillas sobre el origen de los superhéroes clásicos, para terminar con saltos por el multiverso y viajes en el tiempo y el espacio, más para padres que para hijos.

Desde el primer lote de películas se presentó una grieta entre los fanáticos de Iron Man y los del Capitán América, aunque los primeros siempre fueron mucho más numerosos. No se puede decir que estuvieran errados.

Tony Stark era un millonario, playboy, filántropo, súper inteligente que se ponía al servicio de la humanidad sin sacrificar su orgullo ni su personalidad avasallante. Por el otro, un enclenque Steve Rogers, víctima de los abusivos, que acepta someterse a un experimento para crear un supersoldado. Todo en su relación está marcado por esas personalidades tan contrastantes, con un Iron Man pragmático y realista, frente a un Capitán América intransigente e idealista.

Me mantuve dentro del grupo mayoritario de defender al empresario mujeriego hasta que los dos personajes se enfrentaron en Civil War, cuando aparece una grieta entre Los Vengadores. El problema era si los superhéroes se sometían al poder y regulación estatal, posición aceptada por Stark y rechazada por Rogers, que aseguraba que la libertad era mucho más importante que la seguridad, lo que me hizo abrazar la causa del Capitán América frente al error de Iron Man, ya que el Estado eventualmente se puede volver contra sus propios ciudadanos.

Esta larga introducción viene a cuenta de que el mundo está en una bisagra social, política y tecnológica, donde las necesidades de las grandes empresas y los gobiernos se encuentran de repente con algunas trabas para su desarrollo, particularmente la burocratización estatal y la democracia liberal.

La semana pasada estuvo en Buenos Aires Peter Thiel, uno de los empresarios tecnológicos más importantes del mundo, responsable junto a Alex Karp de la empresa Palantir. Esta empresa tiene el foco puesto en la seguridad y la inteligencia, analizando grandes volúmenes de datos para facilitar la toma de decisiones estratégicas por parte de los Estados.

Thiel es uno de los mayores referentes del libertarismo a nivel global, bregando por un Estado mínimo que pueda gobernar apoyado en las herramientas provistas por el sector privado. Bajo esa lógica, las trabas que imponen las regulaciones estatales a la innovación privada están llevando a occidente a una crisis de poder, que se acentúa por los efectos de la democracia. El gran crecimiento chino y sus desarrollos en el campo de la innovación se explican porque no existe el mismo tipo de rendición de cuentas que en el primer mundo.

Thiel llegó a Argentina para estudiar a Milei, el presidente más disruptivo que hay actualmente en el mundo. La ineficiencia estatal de nuestro país, sumada al deseo popular de desmantelar buena parte de ese Estado incapaz, genera las condiciones para que prospere el proyecto de reducción salvaje del sector público. Muchos especulan con que nuestro país podría ponerse bajo el paraguas de Palantir, aportando a su misión de distintas formas, principalmente adoptando sus tecnologías de vigilancia y control.

A mediados del siglo XX, el presidente Dwight Eisenhower advirtió sobre los riesgos de que Estados Unidos se entregara a las necesidades del complejo militar industrial, la red de relaciones existentes entre las cúpulas militares y empresariales del país, las que se beneficiarían mutuamente de una carrera armamentística entre el país del norte y la Unión Soviética. Charles Wright Mills profundizó en el concepto agregando el rol de los políticos, que muchas veces proceden de los mismos círculos sociales que militares y empresarios, poniendo en juego otro tipo de relaciones y lealtades.

Thiel pretende un nuevo acuerdo entre estás cúpulas, en una versión del elitismo político en la que prácticamente no vale la pena sostener ni siquiera la apariencia de democracia. No difiere mucho de grandes volúmenes de desarrollo teórico provenientes de la izquierda y la derecha, donde la idea de la soberanía popular parece reservada a los nostálgicos de la modernidad.

El debate entre seguridad y libertad es tan viejo como el liberalismo político. Del mismo modo, las tensiones entre Estados y la presión de los grandes grupos económicos son parte constitutiva de la democracia occidental, que es cierto ha entrado en un estado de molicie por creer que la bonanza y tranquilidad de la globalización por el rol hegemónico de Estados Unidos iba a durar para siempre.

La relación entre Milei y Thiel -o lo que busca cada uno en el otro- se explica por la creencia de que viene un nuevo orden global en el que los rasgos anárquicos del sistema internacional se van a expresar con más fuerza y donde el rol de las empresas en el bienestar y la seguridad va a ser mucho más importante que en el pasado. Paradójicamente para los libertarios, toda su agenda depende de que existan Estado capaces de regular la vida social para integrar esos acuerdo de seguridad, inteligencia y vigilancia a nivel global.

Quizás ese futuro sea distópico, o quizás no tanto. En cualquiera de los casos, nunca más importante que hoy el defender esa construcción social que son la democracia, la ciudadanía y los derechos humanos frente a las necesidades del nuevo complejo militar industrial de la cuarta revolución industrial. Gracias Capitán América por habernos mostrado por qué vale la pena.

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