La traición menos esperada
Muchas veces hemos citado en esta columna la palabra “verosimilitud”, como la condición para que se establezca un pacto por el cual el espectador acepta lo que está viendo en un escenario o una pantalla como si fuera real, por más que esté sobreentendido que no lo es. Incluso en el género documental, cuando se trabaja sobre algo que existe o ha existido de verdad, los realizadores practican recortes, privilegian encuadres, editan escenas y testimonios, que en la reconstrucción de los hechos operan como un condicionante. Lo que vemos allí no son las cosas tal como pasaron, sino un resumen interesado.
La ciencia ficción, la fantasía, el terror y los relatos de acción y aventuras suelen plantear historias que exceden largamente los límites de las leyes de la lógica, pero nos guardamos los cuestionamientos de la razón y damos crédito a lo que se nos muestra porque si no lo hiciéramos estaríamos obligados a abandonar la sala. A veces esto último sucede, precisamente porque más allá del derrotero imaginativo que se nos propone, lo que ocurre ante nuestros ojos no es verosímil, y por lo tanto se rompe ese acuerdo de fe que hemos sellado de manera tácita con los responsables del filme o del espectáculo.
Subyace tras el cumplimiento de esa promesa un trabajo a conciencia de los guionistas, quienes además de esforzarse por dotar de fluidez y sentido a la narración, deben cuidarse de traspasar esa barrera invisible que separa lo creíble de lo increíble. Si en una película aparecen alienígenas, monstruos espeluznantes o valientes que se cuelgan de una soga y saltan el abismo, todo debe conducir a que nosotros sigamos en nuestra butaca como si nada, en vez de mascullar la bronca de pensar que nos están mintiendo y que ni los extraterrestres, ni las criaturas diabólicas ni los acróbatas de esa laya tienen ninguna entidad.
A partir de ese sustento por escrito, durante el rodaje se tendrán que respetar idénticos preceptos a fin de que una toma desafortunada no arruine ese argumento, donde hasta lo más desopilante resulta inteligible. Para eso, un multitudinario equipo, al comando del director, aportará lo suyo en procura de que tanto los invasores del espacio exterior como los engendros macabros parezcan tan naturales como cualquier otro ser, y no expulsen a quienes desisten de seguir el hilo de la trama porque se han dado cuenta de que les están tomando el pelo.
Cada vez con mayor intensidad, son los trucos de postproducción los que mejores resultados ofrecen a la hora de perfeccionar ese engaño consentido. Si en épocas remotas se utilizaban escenografías de cartón para representar paisajes campestres o urbanos, para reconstruir el interior de enormes palacios o para ambientar el filme en el entorno de antiguas civilizaciones, qué no sería factible hoy, con los recursos tecnológicos de los que dispone la industria, en manos de talentosos operarios para los que no existe nada que no puedan materializar, sin que se note que han empleado en su faena herramientas novedosas.
“El cine es un medio joven, de solo unos 125 años, así que debemos estar abiertos a su evolución”, sostuvo hace algunos días el cineasta estadounidense Martin Scorsese, al confesar que había utilizado las prestaciones de la inteligencia artificial para confeccionar su próximo largometraje. Black Forest Labs, la empresa que le proveyó de ese instrumento, cuenta a Scorsese entre su socios, y ha aprovechado los conocimientos del experimentado y talentoso realizador para desarrollar nuevos productos que amplíen el horizonte de la producción fílmica y propendan a la interacción de los artistas con estas aplicaciones que constituyen el avance más notorio de la actualidad.
Como era de esperar, la colonia cinematográfica de Hollywood no tardó en responder con vehemencia a los dichos de quien hasta ahora era uno de sus miembros más respetados. Un comunicado emitido esta semana desde el sindicato de directores de arte, diseñadores de producción e ilustradores de cine con sede en Los Angeles, no duda en calificar como “traición” la actitud de Scorsese, a la vez que lo acusa de dar la espalda “a los artistas humanos que a lo largo de su carrera le han ayudado a crear sus obras más memorables”.
Que Martin Scorsese esté promocionando Flux, la IA generativa desarrollada por Black Forest Labs, ha desatado una polémica que atrinchera de un lado y del otro a todos los que intervienen en la elaboración de piezas audiovisuales. Mientras la defensa de esta innovación se refugia en la excusa del progreso, sus detractores no sólo enumeran la cantidad de puestos de trabajo que van a perderse; más que nada, se preguntan cuál será la fuente que aprovisionará a Flux de conocimientos, sino el aporte de miles de personas que con gran mérito forjaron la filmografía de más de cien años.