Efectos colaterales escandalosos
La necesidad de un tiempo prudencial para producir, escribir, imprimir y distribuir los diarios, convirtió a la prensa gráfica en un medio que relevaba las noticias de ayer, y en todo caso aprovechaba para desarrollarlas y analizarlas con esmero. La inexistencia de otra vía para divulgar la información de manera masiva, obligaba a los lectores a tener paciencia y esperar a que temprano en la mañana los canillitas vocearan el nombre del matutino para poder comprarlo. Comparado con el vértigo actual, el tiempo transcurría entonces con una lentitud marcada y nadie se moría de ansiedad por conocer minuto a minuto lo que estaba pasando.
La aparición de la radio fijó el inicio de una nueva era, en que los mensajes eran emitidos y recibidos de forma casi simultánea, por aquellos que poseían un aparato receptor. A la ventaja de la transmisión en tiempo real, se iba a ir oponiendo la imposibilidad de equipararse a los periódicos en eso de constar la veracidad de los datos obtenidos y tomarse un respiro para dimensionar con mayor precisión los acontecimientos. Llevar en directo a los oyentes las alternativas de la pelea entre Firpo y Dempsey, significó un duro golpe para ese periodismo que recién iba a dar cuenta de ese match al día siguiente.
Un paso más allá en esa carrera por la inmediatez fue el que se dio con la irrupción de la TV, que a partir del avance que representaron los equipos móviles, estuvo en condiciones de mostrar todo con imágenes, a diferencia de la radio que sólo podía ser escuchada. Hasta del alunizaje de la Apolo 11 pudieron disfrutar los televidentes, en los albores de las transmisiones satelitales, que más tarde iban a ser la regla y no la excepción. Ya no eran los speakers los que nos contaban los sucesos noticiosos, sino que la pantalla chica nos daba acceso irrestricto a ellos.
Por alrededor de tres décadas se sostuvo ese esquema mediático, con publicaciones que resumían y desmenuzaban lo acontecido en la jornada previa, la radio poniendo al aire las novedades de último momento y la televisión aprovechando su carácter audiovisual para exhibir la realidad con pelos y señales en el mismo instante en que las cosas ocurrían. Cuando el uso de internet se tornó popular, allá por la segunda mitad de los años noventa, podía empezar a vislumbrarse que ese ecosistema iba a modificarse, aunque todavía no se dimensionaba cuán profundo sería el cambio.
Con la expansión de las redes sociales, ya no fueron empresas sino los propios usuarios los que comunicaban información de primera mano, sin la obligación de chequear que sus dichos fueran ciertos. La urgencia con que se subían estas noticias superaba en mucho la velocidad de los medios tradicionales, por lo que muchos empezaron a guiarse por las tendencias en estos soportes para estar al tanto de las primicias, con el riesgo que eso implicaba: al no ser profesionales los responsables de la redacción, no existían códigos de ética que obligaran a cumplir ciertos requisitos básicos.
El fenómeno de las fake news, que no es tan nuevo pero que nunca había tenido tantas implicancias como ahora, es una consecuencia de esta involución, que privilegia la celeridad con respecto a cualquier otro parámetro y que premia al que pega primero y lo hace con mayor ingenio, por más que sus palabras carezcan de solidez periodística. Si nadie le pide que se atenga a la verdad a un vecino chismoso, tampoco pareciera imprescindible que se le exija a un tuitero el mismo rigor informativo que debe acreditar alguien que se desempeña en esa tarea en un diario, una radio o un canal de televisión.
El streaming -a excepción de las propuestas asociadas a empresas de medios gráficos o señales radiofónicas y de TV- es un formato híbrido que comparte características ajenas sin aportar demasiadas innovaciones propias. Se trata de una especie de programación radial, que tiene la particularidad de poder ser vista, donde personas de todo tipo se reparten el micrófono tratando de ser ocurrentes, o al menos entretenidas. Si bien hay quienes le restan entidad como un nuevo medio, su inserción en la sociedad se ha dado en un breve lapso y de allí comienzan a surgir las nuevas figuras.
No es el caso de Florencia Peña, la famosa actriz que conducía un programa en Luzu TV y que desató un escándalo al anunciar que había muerto el padre de Lionel Messi, cuando nada de esto era cierto. Sin ahondar en el reparto de culpas por el exabrupto, la espontaneidad de estos canales de streaming, que tanto se presta a equipararla con a la lógica de Instagram, X o Tik Tok, es un caldo de cultivo para situaciones como la descripta. En todo caso, son los efectos colaterales de un modelo comunicativo que carece de compromisos con el consumidor.