La culpa la tienen las mujeres
A modo de inicio, una aclaración: no es el propósito de esta nota escudriñar en los detalles de la investigación penal ni discutir las responsabilidades que en ese campo se discuten. Lo que aquí interesa es otra cosa: detenerse a ver a quiénes señala el dedo inquisidor o sobre quienes tiende un manto de sospecha la mirada suspicaz de todos los que estamos de la puerta para afuera de esta tragedia.
La conversación pública, la conversación democrática que sucede en las calles, en los cafés, en las sobremesas familiares, en los clubes, en las redes, en los medios de comunicación, converge hacia una “verdad”: la culpa la tienen las mujeres.
A lo largo del desarrollo, todavía en curso, de la investigación que sucedió al crimen de Agostina, la ciudadanía ha demostrado hondo interés en el asunto, participando de las teorías del caso, imaginando encuadres y hasta anticipando líneas investigativas más y menos despegadas del sumario, que se guarda bajo endeble secreto. Y no deja de sorprender -o no debería dejar de sorprender- la excepcional liviandad con que más y más mujeres se agregan a la lista de potenciales culpables.
Hasta ahora hay un dato duro: toda la evidencia revelada apunta a que Claudio Barrelier es el asesino, y Agostina Vega la víctima. El problema empieza justo después, cuando nos preguntamos qué rol le damos a los (las) demás.
¿Qué es Melisa Heredia, madre de Agostina?; ¿Qué es Soledad Andreani, expareja de Barrelier?; ¿Qué es Marianela Palmero, esposa de Barrelier?; ¿Qué rol les toca a estas y a las muchas otras mujeres que a cada paso aparecen en el diálogo que construimos alrededor de la tragedia?
De la mamá de Agostina sabemos, para empezar, que algo no es: querellante. Y extraña que no lo sea. Es la madre. O es víctima, y es querellante (y tiene voz); o es sospechosa, y es imputada. Pero algo es. No cabe lo neutro para la madre de criatura.
Apenas su nombre aparece en las redes sociales o en la sección policial, cientos de comentarios se hacen también presentes para reparar en si consumía, si llevaba una vida sexual más o menos activa, si era una madre más o menos presente, si iba a la cancha, si salía con su hija. Si todo eso fuera cierto, ¿dejaría de ser una víctima?
¿Cuál es exactamente su culpa? ¿De qué modo se supone que sus acciones “justifican” las consecuencias? ¿De dónde nace la voracidad con que la abogada del padre de Agostina, también mujer, desea su imputación?
Poco después del hallazgo del cuerpo, Heredia pronunció una frase escalofriante: “Tendría que haber sido su hija, no la mía”. Pero lo que capturó el interés de la gente fue adivinar la posibilidad de un ajuste de cuentas detrás del femicidio, y no la crudeza con la que una mujer daba por sentado que el objeto sobre el que debía recaer la venganza de un “negocio” pergeñado por hombres debía ser una u otra mujer; una u otra niña.
Aquella frase de Barbara Kruger, “Mi cuerpo no es un templo, sino un campo de batalla”, denunciando cómo el cuerpo femenino se convierte en el espacio en que se ejercen el control, la violencia y las disputas de poder, naturalizada en la voz de una madre que lloraba el brutal femicidio de su hija. La conciencia patriarcal inscripta en la propia mente de las víctimas.
De Andreani, expareja o amante de Barrelier, tampoco sabemos mucho. Se difundieron imágenes de ella junto al asesino el día en que le prestó el Ford K negro. Y después de que trascendió que era la encargada de ‘Wachitas’, una mujer, bajo el pseudónimo de ‘Carla’, la señaló en declaraciones periodísticas como regente de un prostíbulo oculto en una planta del local en el que se habría explotado a menores.
Es difícil imaginar que alguien, sin mediar engaño, temor o coacción, ayude a otra persona a ocultar un crimen tan aberrante con el de Agostina. Sin embargo, en la conversación pública se da por sentado que Andreani hizo exactamente eso. La misma conversación tampoco problematiza si es razonable pensar que esta mujer, que conducía un añejo Ford K y relataba una vida de carencias en sus redes sociales, sea el vértice de una hipotética organización criminal dedicada a la trata. ‘Carla’ tampoco lo hace. Acepta con naturalidad que su victimario sea otra mujer, como si detrás de Andreani no fuera a existir una cadena de victimarios, seguramente varones. ¿O puede la sospecha apenas llegar hasta Nicoles Weiss, titular formal del local, otra mujer, de apenas 22 años?
Sin embargo, el juicio popular no se detiene ante estas cavilaciones. Avanza implacable.
De Palmero se conoce aún menos. Ella era la legítima dueña del inmueble que compartía con Barrelier. Sin embargo, vivía arrinconada en el fondo, con su hija de once años, mientras el resto de la casa se había convertido en el centro de operaciones de su pareja, que llevaba a otras mujeres, copaba la vereda con juntadas de la barra brava de Instituto y alquilaba el resto de las habitaciones relegando a madre e hija al último metro cuadrado. Quizá aquel relato fantástico de Cortázar, ‘Casa tomada’, pueda servir para imaginar la opresión, la asfixia en que debe haber vivido esa mujer. ¿No era acaso otra víctima del mismo victimario?
A la madre de Barrelier las redes sociales le reprocharon haber criado un asesino, como si las culpas de los actos de un psicópata fueran achacables a su progenitora. A la abuela de Agostina le cuestionaron haber ido a la peluquería antes de participar de la movilización ‘Ni Una Menos’, poniendo en duda su dolor por haberse teñido el pelo, algo que aparentemente no se condecía con la actitud penitente que esperaban de ella.
Mientras intentaba reconstruir el delito, la investigación atravesó villa del Nylon, villa de Los Galpones, barrio Juan Pablo II, barrio Ampliación Ferreyra, la barra de Instituto, la barra de Racing de Nueva Italia, locales nocturnos sospechados de trata, contacto permanente con narcotráfico, y de todos esos ámbitos lo que llegó a la conversación pública fue el marginal rol de las mujeres. Sólo eso.
¿Y quién reconstruirá la historia de Agostina? Mientras Heredia no es querellante, el padre de la niña sí lo es. La investigación la comanda un fiscal varón, al igual que la investigación previa, que dejó libre a Barrelier, entonces victimario de otra mujer. La voz que representará a Agostina también será masculina, la del abogado del niño, tristemente célebre desde aquella conferencia en que diez hombres se presentaron para decir qué había pasado.
Al relato lo construirán los hombres, y la sed colectiva de responsables que no se satisfaga con el asesino, se saciará con el escarnio de mujeres. Porque quizá el asesino no alcance. Acaso el horror sea tan grande que necesitemos repartirlo entre más personas. Pero esa distribución de responsabilidades revela una nueva injusticia, una nueva trampa: las convocadas a dar explicaciones siguen siendo las mujeres.