Cultura Por: Víctor Ramés13 de julio de 2026

Caras y Caretas Cordobesas

En marzo de 1917, el semanario de Buenos Aires le pedía a Fernando Fader definiciones sobre su pensamiento y sobre su obra, y publicaba en abril el texto, una especie de revelador monólogo del prestigioso artista.

Las tres décadas expuestas de Fader

(Octava parte)

Fader contaba 34 años en 1917, al año de haber elegido a Córdoba como su provincia de residencia, motivado a la vez por la tisis que lo aquejaba, y a causa de la luz y el paisaje que le inspiró un rico período de pinturas extraordinarias de la naturaleza. Acumulando obras que producía sin pausa, para luego llevarlas a exponer en Buenos Aires, en la Galería Müller, Fader había encontrado un equilibrio tanto profesional como económico y familiar en esa pródiga etapa de su vida.

Aquel año produjo, entre otras obras, una serie única que elevó su reconocimiento, ocho lienzos en los que retrataba su casa en Ojo de Agua de San Clemente, donde se había instalado junto a su esposa, Adela, y sus dos hijos pequeños. Era un caserío rural apenas tocado por la presencia humana, próximo a Deán Funes. La serie, titulada “La vida de un día”, se puede disfrutar cuadro por cuadro, por la maestría puesta en cada tela para atrapar los colores y las formas dibujadas, en cada una de ocho estaciones del sol al pasar sobre un caserío próximo, delante de unas montañas distantes, desde el preanuncio del día hasta el anochecer profundo. Una de esas horas (y de esas obras), que valdrá mucho a lectores y lectoras admirar en las buenas reproducciones que se pueden hallar en Internet, encuentra su traducción en las palabras del propio artista, extraídas de “Caras y Caretas” de abril de 1917:

“Mis casas son ranchos blancos, que a la hora del crepúsculo recogen los últimos rayos de luz para irradiarlos luego del modo más fantástico, como una flor que al agonizar exhala su más íntimo perfume”.

Esa dinámica producción cordobesa acentúa su narrativa si se miran los cuadros como preciosos fotogramas. Casi una introspección del paisaje rural cotidiano a manos de un maestro de las pinceladas materiales, breves y precisas, que recomponen desde dentro los matices vibrantes de la luz, los volúmenes, las sombras de una nube, o la sonrisa del día en las laderas. Y el decaer de esa sonrisa después del mediodía, cuando, según el Tao Te King, comienza la noche, hasta que en la ventana de una casa difusa alguien ha vuelto a prender una vela.

La segunda muestra individual en la Galería Müller de la calle Florida de Buenos Aires, se acordó para septiembre de 1917. Yendo más de lleno a la nota de “Caras y Caretas”, titulada “Reportaje del momento – Con el pintor Fader”, allí se da la oportunidad de “oír” la propia voz del pintor, quien parece no temerle al “autobombo”, ni a manifestar su propia grandeza artística. Tal vez pueda objetarse su inmodestia, pero su estatura artística está más allá de toda discusión.

“«Extraña ocurrencia escribir una autobiografía, siendo pintor y nada más. ¿Qué podré decir que no haya pintado? Y si no se me entiende en mis cuadros, ¿qué podré decir que equivalga a una explicación?

Todos los que nacen para ser grandes se aíslan totalmente. Son solitarios en medio del tumulto de los centros poblados y se hacen intolerantes de orgullo, al decir de la gente. Y son solitarios en medio de la espantosa grandeza de la cordillera, porque no se ven sino a sí mismos, mirando del llano hacia las cumbres heladas que se visten con las nubes en su vuelo y mirando de la cumbre hacia la pampa, que en el horizonte es esposa del cielo.

Y yo soy de esos: de los grandes.

Me he remontado, lentamente para mí, rápidamente para los demás, que se quedaron a ras de tierra.”

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La vida de Fernando Fader después de la “pesadilla hidroeléctrica” en Mendoza, floreció en una producción pictórica admirable, a partir de 1914. En 1916, se trasladó con su esposa e hijos a las serranías cordobesas, donde se establecieron definitivamente.

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