Cultura Por: J.C. Maraddón03 de septiembre de 2026

El hallazgo de lo imperecedero

A cuatro décadas de la aparición de “El vigía”, el sello Sony Music (que hoy dispone en su catálogo de la música del grupo cordobés Tamboor) ha subido a plataformas digitales tanto ese álbum como “La sal de mandinga”, poniendo así fin a una injusta ausencia.

Cuando la Guerra de Malvinas desató en 1982 la prohibición de difundir música en inglés y obligó a las radios a programar canciones en castellano, el rock nacional se encontraba en una coyuntura muy especial. Dentro de ese género, que iba a ser uno de los beneficiarios indirectos de esa insólita medida de la dictadura, convivían artistas de diversos estilos y de orígenes dispares, a los que sólo unía la pertenencia a una categoría por entonces marginal y no demasiado conocida por el público en general, situación que durante los años setenta había enorgullecido a los rockeros, quienes decían abjurar del circuito comercial.

Varios de los pioneros del movimiento, que lo habían fundado unos 15 años antes, sostenían su carrera a partir de aquellos pergaminos y reivindicaban el sonido tradicional del rocanrol y sus variantes acústicas y progresivas. Junto a ellos, empezaba a emerger una generación renovadora cuyos referentes se percibían como modernos y prometían poner todo patas para arriba. En el medio se ubicaban aquellos que volvían del exilio imbuidos del espíritu de la nueva ola que imperaba en el hemisferio norte, y que desorientaban con su impronta a aquellos que los esperaban para reencontrarse con sus viejos ídolos.

En Córdoba, a diferente escala, iba a suceder algo parecido, más allá de que las bandas y los solistas locales seguían careciendo de la difusión radiofónica adecuada, sobre todo por lo difícil que les resultaba acceder a la grabación de un disco. Pero también entre nosotros se produjo esa escisión entre los que insistían en acodarse en el mostrador del blues rock setentista y una juventud más proclive a sintonizar con la new wave, que era la tendencia de moda. A ese panorama lo completaban los emprendimientos tributarios del jazz rock y una trova urbana que heredaba los logros del Canto Popular.

De esta última vertiente provenía Posdata, el grupo liderado por Horacio Sosa y Pancho Alvarellos que obtuvo enorme repercusión con su versión del tema “Córdoba va” de Francisco Heredia, coreado por una multitud en el Festival de La Falda. En julio de 1984, esta formación cordobesa que ofrecía un repertorio de canciones y poesías con compromiso social, iba a entrar en estudios para grabar un álbum en RCA, titulado igual que su mayor hit. Apenas unos pocos vínculos engarzaban a Posdata con la cultura rockera, pero eso no fue obstáculo para que sus actuaciones fueran colmadas de aplausos por el público juvenil.

Pocos meses antes, en abril de 1984, el mismo sello discográfico había citado en la sala Del Cielito a los miembros de Tamboor, el grupo cordobés liderado por Daniel Giraudo, quien en la década previa había participado del proyecto de fusión Martín Maguceno. De esas sesiones saldría el disco “La sal de mandinga”, donde entre otros intervinieron tres instrumentistas que luego también participarían en el long play de Posdata: Gabriel Braceras, Hugo Ordanini y Horacio Ruiz Guiñazú. En el caso de Tamboor, su debut en vinilo no iba a tener una divulgación masiva, pero sí la aprobación de la crítica y de los melómanos más exigentes.

Al igual que algunos de sus colegas porteños, Giraudo regresó del exterior y desorientó a quienes lo habían conocido a través de Martín Maguceno, porque su nueva propuesta lo exponía en una fase de experimentación que coqueteaba con los aires folklóricos y se adecuaba como pocas al resurgimiento de las libertades. Con su particular modo de componer e interpretar, este cantautor impuso a Tamboor por encima de cualquier otro grupo surgido en Córdoba en ese tiempo, dotándolo de una calidad que nadie se atrevía a discutir.

Sin embargo, después de publicar en 1986 por CBS “El vigía”, su segundo disco, la banda entró en el mismo cono de sombras de muchos de sus contemporáneos que, afectados por la crisis económica, se toparon con la imposibilidad de plasmar su obra en otra pieza discográfica. Giraudo desplazó sus actividades hacia España, y desde allí ha retornado esporádicamente para reflotar material inédito, proponer nuevas creaciones y presentarse en vivo. A su alrededor se ha levantado una especie de leyenda, como el tesoro inexplorado de la música cordobesa. Y los LPs de Tamboor se cotizan bien alto en el mercado de la compraventa.

A cuatro décadas de la aparición de “El vigía”, Sony Music -(la firma que hoy dispone en su catálogo de la música de Tamboor) ha subido a plataformas digitales tanto ese álbum como “La sal de mandinga”, poniendo así fin a una injusta ausencia de esas dos gemas en el formato del streaming. Al escucharlas ahora en su flamante alojamiento, se entiende el porqué de su vigencia: mientras que en Buenos Aires y en Córdoba la mayoría de los rockeros se ataba a lo que indicaba el momento, Tamboor se entregó a la búsqueda de lo imperecedero.

 

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