Caras y Caretas Cordobesas
Las tres décadas expuestas de Fader
(Vigesimosegunda parte)
1931 es el año del quiebre de la salud de Fader y el de las últimas telas propiamente dichas, pintadas por el artista en las sierras cordobesas. En enero de ese año el artista intentaba repetir la buena producción veraniega del año anterior, viajando al norte cordobés acompañado por su hijo Raúl. Sin embargo, apenas si consigue iniciar el traslado de imágenes de Guasapampa a sus cuadros. Entre el sol calcinante, y las lluvias torrenciales, su determinación se ve doblegada. Pero más aún que eso, es el cuerpo el que dice basta. Su biógrafo, nuestra buena fuente, Gutiérrez Viñuales, rescata una carta escrita a Müller el último día de enero, donde se lee:
“He sido y soy aún guapo para el calor, pero eso era calcinarse los huesos al sol. Luego de muchas sesiones realmente penosas, se enferma Raúl y hay que venir a casa. Será aún para mí un viaje memorable bajo la lluvia desde Guasapampa a Soto y Deán Funes. Hasta automóviles volcados y hechos pedazos hemos pasado en este viaje. Sin embargo, hicimos 40 leguas de las 10 de la mañana para llegar a casa a las 10 de la noche”.
Según el biógrafo, lo de Raúl no era prácticamente nada, comparado con el estado de Fernando, verdadero motivo de aquel regreso anticipado a Loza Corral, frustrado por el exiguo resultado del viaje. La situación no hace sino empeorar a medida que avanza el año. Dice el biógrafo: “La gravedad del estado de salud de Fernando Fader es de tal magnitud que, por primera vez en su carrera, se percibe en él una resignación que le desanima al punto de pensar en abandonar los pinceles. Enfermo, débil, desafiando a los peores climas, habíamos conocido a un Fader dispuesto a realizar el mayor sacrificio con tal de pintar; en esta ocasión las posibilidades reales del artista han llegado a sus límites.”
Su mujer, junto a los tres hijos de Fernando, viajan desde Buenos Aires a Loza Corral, y otro tanto hará luego Federico Müller, alarmados por el estado del pintor. En lo inmediato, la carrera artística había prácticamente concluido aquel enero, con los cuadros pintados en Guasapampa, que Fader consideraba inconclusos. El hombre aún permanecería en cuerpo y alma, pero el pintor no podría continuar su oficio.
Fader había debido atravesar duras pruebas, aunque siempre lo acompañó su elevado origen social y su formación con los mayores maestros franceses y alemanes. La que ahora le tocaba lo hallaba como un hombre estoico, despojado, consagrado al arte, prácticamente alejado de la vida social como aquellos padres del desierto, convengamos que en un paisaje extraordinario. Un paisaje que le revelaba sus secretos cromáticos, y que él reproducía volviéndolo suyo en cada cuadro. Era el final de su carrera, y su vida, lo que restaba de ese oficio magistral. Y Fader no cumplía aún sus cincuenta años.
Al año siguiente, su arribo a esa edad le depararía una medida de la gloria, mientras él permanecía en la provincia a la que viajaban los tísicos provistos de recursos económicos, en busca, como él, de una rehabilitación física. Desde enero hasta agosto de 1932 permanecería en Quilino, unos sesenta km al norte de Loza Corral, por recomendación médica. El 11 de abril cumpliría los cincuenta y, entretanto, en Buenos Aires, comenzaba a desplegarse la idea de realizar una gran exposición en su homenaje, que tallaría los juicios definitivos sobre uno de los mayores, sino el mayor, pintor de su época. Significaba la consagración innegable de Fader, una iniciativa más del fiel marchand Müller, mientras el pintor transcurría solo y enfermo sus días en Ischilín.