Caras y Caretas Cordobesas
Las tres décadas expuestas de Fader
(Vigesimocuarta parte)
A partir de la desgraciada situación de Fernando Fader, la de un maestro indiscutido de la pintura argentina a quien, en la segunda mitad del año 1932, su salud le negaba la posibilidad de continuar aquello que él estaba convencido de haber venido a hacer a este mundo- su obra parecía tomar el lugar de un alter ego. Mientras él penaba en el corazón cordobés de las sierras, sus cuadros eran admirados, disfrutados, analizados por el público de Buenos Aires, entre ellos notables críticos, coleccionistas, marchands. Era como si el pintor estuviese presente en la importante retrospectiva que se había inaugurado en el Palais de Glace, donde casi ciento veinte telas suyas contaban la historia de sus trazos de magnitud universal.
Sí, Fader se volvía universal, y entretanto, transcurría su rutina de malas noches, una tos permanente que lo dejaba extenuado, dificultad para desplazarse, sentado de vuelta en Loza Corral, tras cinco meses de permanencia en Quilino. Su familia había viajado de Buenos Aires a acompañarlo, Fader se hallaba rodeado de sus dos hijos y su hija, de su esposa, e incluso de un sobrino que a veces tocaba el piano para él. A Buenos Aires, él había enviado por su parte a sus emisarios: los cuadros que representaban la obra de casi toda su vida. Y, en todo caso, salvo en la esperanza del joven/viejo pintor que, a sus cincuenta años, a veces reverdecía, era cierto que esa obra marcaba el cierre de la labor a la que se había consagrado.
Esa dualidad, Fader, su cuerpo y Fader, su obra, era claramente expresada por Armando Maffei, escritor y periodista que firmó una muy buena crónica de una visita al pintor en Loza Corral, en septiembre de 1932. Publicada en “Caras y Caretas”, allí expresaba Maffei sus pensamientos mientras hacía un desvío, viniendo de Alta Gracia en automóvil, para ver a Fader. Él podía considerarse un visitante de ambos mundos, pues podía contraponer la exposición del Palais de Glace, en la Recoleta, que acababa de recorrer en Buenos Aires, con este encuentro cara a cara con el pintor en Ischilín. Maffei era consciente de ese privilegio.
“Me apena suponerle enfermo, obligado al sacrificio de la inacción, él que ha sido tan fecundo, tan dinámico...
Se renueva en ese silencio austero de la soledad la profunda emoción que pocos días antes había recogido, al recorrer las galerías del Salón de la Recoleta. Flotaba allí su vaporoso espíritu. Estaba Fader en todas partes...
Poco después, con desencanto, con amargura, con verdadero dolor debía encontrarle inmovilizado, condenado al suplicio más terrible: el de la esclavitud perezosa, prisionero en su amplia libertad, frente a la vida, sin poder sacudir sus alas, ejerciendo su claridad mental con el discernimiento de la razón y de la inteligencia, y agasajando con su sonreír de consuelo, en medio del amor de su familia, congregada cariñosamente a su lado.
Llega entonces a flor de labio una oración temblante como la ansiedad de un niño.”
La crónica de Maffei nos acerca al artista transcurriendo su enfermedad, aunque por el diario del lunes de la historia sabemos -y lamentamos espoilear al lector o a la lectora- que la dolencia de Fader tomaría aun largas y dolorosas etapas. Una cosa es imaginarlo en su agonía, otra verlo a través de los ojos de un visitante de carne y hueso, cuya llegada le produce buen ánimo al pintor sometido a cariñosos cuidados paliativos en su casa de Loza Corral.
“Estoy frente a Loza Corral. Me parece que llegara a las puertas de un templo”, escribe con cierto estremecimiento Armando Maffei, en “Caras y Caretas”.