Caras y Caretas Cordobesas
Las tres décadas expuestas de Fader (Vigésima parte)
En 1929, en medio de padecimientos respiratorios provocados por el agravamiento de su enfermedad, y sin poder estar presente (como sucedería en sus siguientes exposiciones a las que se limitaba a elegir y enviar las telas), Fader participó en una muestra colectiva organizada por un centro social de la élite porteña, fundado por Pellegrini en 1882: el Jockey Club. “Caras y Caretas” se hacía eco del acontecimiento, endulzándose el autor con el rol cultural de la aristocracia argentina, tan preocupada por la vida social como por el desarrollo del turf. Admirador de la riquísima élite política, el autor firmaba como “Namuncurá”, con total incongruencia.
En la edición del 19 de enero de 1929 el semanario publicaba la nota titulada “Los pintores argentinos - Una bella obra del Jockey Club de Buenos Aires”, allí se leía:
“Hoy el Jockey Club abre una sala de artistas argentinos. Este hecho que completa la obra cultural de la asociación patricia, merece el reconocimiento de todos, porque él implica después de su progreso material la estabilización de nuestros valores espirituales.”
En la nota los miembros del club, los hombres representativos de la clase dirigente, como se lee en Caras “incluidos, hombres de negocios, factores magníficos de nuestro progreso” se volvían custodios de la cultura, “junto al nutrido grupo de hombres de espíritu que los acompañan, en una unidad férrea, que ansía continuar la patria, potente y, en todo sentido, avasalladora.”
Allí figuraban algunas obras de Fader, acompañadas de las de todo el Olimpo pictórico del país. “Namuncurá” recorría “esa nueva sala, ecléctica y severa” mencionando a cada artista, cosa que abreviaremos. Citamos, por ejemplo: “aparece un cuadro de Quinquela, que nos trae la violencia y el dinamismo de una escena portuaria, en uno de sus más definidos y vigorosos lienzos; el norte, con Gramajo Gutiérrez, vibrando en la cosa ancestral, extraña combinación de ritos de la virgen América, con el avance de las creencias de los rudos conquistadores”. Y así, el texto asignaba breves palabras a este y a aquel, hasta llegar a nuestro Fader:
“Luego un Fader luminoso y fuerte, típica muestra del gran estilo del maestro que como nadie refleja en sus telas la vida y las costumbres genuinas del país, en su ambiente mediterráneo, en los paisajes más característicos de su suelo. Esto no es más que la avanzada.”
En efecto, tras detenerse en Fader, el pintor francoargentino vuelve a ser mencionado, esta vez no en tanto artista, sino en cuanto sujeto digno de un retrato: “Ya llegan, para incorporarse al grupo, Alice con un retrato del pintor Fader, y Gregorio López Naguil, con un paisaje de suntuoso colorido, en el que evoca uno de los más bellos aspectos de la isla de oro.”
La mencionada pintura de Antonio Alice databa de 1927, año en que Fader posó para el gran retratista, y situaba a Fader en tres cuartos perfil, con su nariz aguileña prominente, con sus ojos de una mirada atenta y gran expresividad interior, y un gesto en la boca que podía atribuirse a su vida aquejada por la enfermedad respiratoria, y que tal vez pudiese confundirse con un signo despectivo. Hay testimonios suficientes sobre cómo la aparente hosquedad de Fader se desvanecía en cuanto se lo conocía más íntimamente.
Aquel 1929 tampoco habría exposición particular en la Galería Müller de las nuevas obras de Fader, quien reflexionaba en una carta al galerista sobre su poca salud para seguir pintando: “me importa tan poco lo que puedan opinar sobre mi obra que realmente el esfuerzo no estaría en relación con el objeto perseguido.”