Por efecto de una travesura
El relato literario de acontecimientos que corresponden a algo ocurrido en la realidad puede desencadenar consecuencias imprevistas, al producirse una interacción entre la creación artística y los hechos de la vida cotidiana sobre los que se edifica esa historia. Incluso hasta aquellas narraciones que se reclaman como “libremente inspiradas” en algo que pasó de verdad, pueden intervenir en la prosecución de las acciones, porque si bien no se perciben como ajustadas por completo a la veracidad, la perspectiva desde la que echan su mirada no deja de ser influyente sobre la manera en que se leerá a continuación lo acaecido.
Esto se ha corroborado con muchas de las obras que incursionan en el género de la non-fiction, al introducir en la literatura aquello que pudo haber tenido como destino la crónica o la investigación periodística, pero que terminó bajo el formato de una novela o un cuento. Los autores que adscriben a esta categoría tan frecuentada en la segunda mitad del siglo veinte, saben que corren el peligro de meterse en problemas al hablar de cuestiones verídicas en un tono que remeda lo ficcional, pero lo mismo eligen asumir ese riesgo y, de esa forma, aportan lo suyo a lo que ya se haya dicho sobre el tema.
Cuando en los primeros años de esta centuria, en los albores de la explosión de las redes sociales, los blogs se constituyeron en una vía de expresión a la que cualquiera podía acceder y a la que muchos podían leer, se revitalizó aquel impulso autorreferencial que en su momento se había manifestado a través de la publicación de diarios personales. Infinidad de blogueros se lanzaron a escribir sobre sus experiencias particulares, y algunos de ellos alcanzaron una inusitada popularidad con sus textos, al punto que se les presentó la chance de establecerse como escritores profesionales.
Uno de ellos ha sido el argentino Hernán Casciari, quien durante su residencia en Europa llevó adelante con gran suceso diversos blogs, algunos de los cuales tuvieron como destino su conversión en libros o en obras de teatro, con los que consiguió reconocimiento internacional y consolidó su trayectoria como periodista. Luego, emprendió el proyecto denominado Orsai, que empezó como una revista trimestral y al poco tiempo derivó en un sello editorial, hasta erigirse en una plataforma desde donde se disparan iniciativas de todo tipo, a las que la gente contribuye mediante un sistema al estilo del crowdfunding.
Mucho antes de transformarse en una celebridad mediática, cuando todavía se lo entronizaba como uno de los blogueros más leídos, Casciari subió un escrito donde narraba una travesura telefónica que había cometido junto a Chiri, su mejor amigo. La anécdota tenía su encanto, pero no dejaba de ser una más entre todas las que sería capaz de contar cualquier persona, si todos tuvieran la capacidad de plasmar sus recuerdos en un texto que resulte atractivo para quien lo lee. Que después ese relato tuviera difusión en un volumen impreso y que fuera citado en las presentaciones públicas de su protagonista, iba a dar pie a una trama de ribetes policiales.
Sobre esos efectos colaterales, que iban a marcar la vida del mismo Casciari, los directores Christian Basilis y Ana Laura Gussoni construyen “Canelones”, un largometraje que se estrenó en estos días en Flow y que cuenta con las destacadas actuaciones de Darío Barassi como Hernán Casciari, Verónica Llinás como su madre, Agustín “Rada” Aristarán como el Chiri y César Bordón como un personaje de gran importancia argumental. En una hora y media, la película estira lo que en su origen era una picardía de dos púberes y lo engarza con el desmadre al que dio lugar años después.
Christian Basilis conoce muy bien la materia prima con la que trabaja porque él es el verdadero Chiri, que goza de la amistad de Casciari desde la más tierna infancia. Y este último no se limita a haber aportado el posteo original en su blog, sino que además colabora con el guion, lo que les otorga a ambos el derecho de alterar a gusto y placer los detalles y el hilo conductor, con el fin de elaborar un producto audiovisual que reconforte a los espectadores y satisfaga las expectativas lógicas del mercado del streaming.
Para quienes siguen a Hernán Casciari en todas sus propuestas y respaldan sus aventuras multifacéticas, “Canelones” se ofrece como otra manera de adentrarse en la biografía de alguien que ha hecho un culto de su propia personalidad. Y para el resto, el filme conforma un entretenimiento atendible, que vaya a saber si conduce a implicancias insólitas como el cuentito sobre el que se funda, pero que tiene grandes probabilidades de prolongarse en futuras secuelas cinematográficas, por más que él mismo dice no pensar en eso, como tampoco debe haber pensado en su momento hacia dónde lo conduciría confesar en la web una broma de mal gusto.