Cultura Por: J.C. Maraddón08 de septiembre de 2026

Aquella joven promesa

Algo así como un balance de su propia vida ensaya Fito Páez en “El mundo cabe en una canción”, el documental dirigido por Matías Gueilburt que se estrenó la semana pasada en Netflix, donde se ve al músico rosarino en su intimidad entre 2024 y 2025.

Cuando la carrera de un músico está en sus inicios, las especulaciones giran en torno a su futuro y a sus posibilidades de convertirse en una estrella, arropado por los favores de la gente. Se supone que ese es el sueño de todo principiante, dispuesto a dar todo de sí y a sacrificar muchas cosas de su vida, con tal de arribar a esa meta a la que le vaticinan que tiene grandes chances de llegar con sus creaciones, si es que se esfuerza lo suficiente y el viento del azar sopla a su favor, tal como ha ocurrido con otros que lo han intentado antes que él.

Por supuesto, también debe saber que son mayoría los que han claudicado en esa empresa, por defección propia o por factores ajenos a su voluntad, de esos que acechan a cualquier artista cachorro. La industria se especializa en sembrar de obstáculos el camino, para que se imponga la ley del más diestro, del más ambicioso o del más cercano a las preferencias populares. De no reunir ninguna de estas tres condiciones, lo natural es que el ascenso se interrumpa y sus ilusiones se frustren, como las de tantos que no estuvieron a la altura de lo esperado.

Hasta el retorno de la democracia en 1983, eran escasos los rockeros argentinos que conseguían hacerse escuchar ante el público masivo. Desde su origen en nuestro país, ese género se había atrincherado dentro del espacio de la cultura alternativa y había abjurado de la tentación de sumarse a las tendencias de moda, a las que les reprochaba su carácter “comercial”. A pesar de que en el mundo anglosajón el rocanrol predominaba entre los mejor calificados por la industria discográfica, aquí sus adherentes se vanagloriaban de defender a ultranza su independencia creativa, sin ceder a la tentación del éxito fácil.

Al avanzar la primera mitad de los ochenta esa situación se modificó de un modo evidente y las figuras del movimiento rockero adquirieron una visibilidad mediática que los posicionó entre los más escuchados. Muchos de los que disfrutaron de esa luna de miel llevaban años sobre los escenarios y entendieron que por fin sus canciones podían trascender los apretados límites del gueto. En su madurez profesional, se daban el gusto de llenar grandes estadios y de alcanzar una categoría que hasta ese momento había estado reservada a figuras cuyo repertorio se nutría de otros estilos musicales.

Pero los nuevos talentos del rock que se dieron a conocer durante esa época, ingresaron en el circuito en un contexto muy distinto al que había rodeado a sus colegas mayores. Y por eso forjaron aspiraciones lógicas de obtener una recompensa para sus muestras de una prodigiosa aptitud, alentados por un contexto en el que todos los focos de interés se posaban sobre ellos. Uno de los que despertó mayores expectativas fue el rosarino Fito Páez, quien salió a la palestra como integrante de la banda de Juan Carlos Baglietto y como autor de algunas de las piezas más logradas de este cantante.

En 1984, con su disco “Del 63”, Páez ganó una notoriedad inusitada, que llamó la atención de Charly García y Luis Alberto Spinetta, los dos referentes indiscutidos del rock nacional, con quienes el flamante ídolo juvenil interactuó desde sus comienzos.  Al despuntar  los noventa, con su álbum “El amor después del amor”, Fito trepó a lo más alto y pudo hacer realidad las ilusiones que quizás lo hayan animado cuando se mudó a Buenos Aires, aunque en ese trayecto también le tocó sufrir una tragedia familiar que abrió una herida en su alma a la que no pudo exorcizar a través del arte.

Si hoy, a los 63 años, Páez mira hacia atrás y observa la senda recorrida, puede evaluar cuánto de ese destino dorado que imaginaba durante la primavera ochentosa se ha traducido en este presente, que lo encuentra activo pero que lo remite sin remedio al recuerdo de sus hits. Y algo así como un balance ensaya Fito Páez en “El mundo cabe en una canción”, el documental dirigido por Matías Gueilburt que se estrenó la semana pasada en Netflix, donde se ve al músico rosarino en su intimidad entre 2024 y 2025, ruptura amorosa y fractura de costillas incluidas.

Así como en el principio del filme el músico le pide al director que al largometraje no le falte “malicia”, en realidad lo que nos queda como imagen es la de un individuo sufrido, ególatra y ávido de cariño, que al atravesar la peligrosa barrera de los 60 ha resuelto retratarse para la posteridad. Se propone así como un testigo privilegiado de su propia existencia, a veces indulgente y a veces (menos) autocrítico, para una producción que adorarán sus fanáticos y odiarán sus detractores, y que funciona como una actualización biográfica de aquella joven promesa.

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