Cultura Por: Víctor Ramés26 de octubre de 2026

Córdobers | Caras y Caretas Cordobesas

Entrevistado por el quincenario ilustrado “El Hogar” en 1935, Octavio de Rochefort-Luçay seguía vinculado a la fama paterna y era dueño de un relato que aún atraía a periodistas a su casa de Caballito. 
Octavio de Rochefort se internó en el desierto marroquí, antes de venir a la Argentina.

El brillo tenue de Octavio de Rochefort (Sexta parte)

Ante el entrevistador del gran quincenario porteño, Octavio desarrollaba otros ramales de su relato personal. Si frente al de “Caras” había contado que al concluir sus estudios de ingeniero en la Escuela Central de París, había decidido venir a la Argentina (era en 1887), ahora, en su repaso, el trayecto resultaba algo más que indirecto antes de llegar a Sudamérica.

“Acababa de recibirme en la Escuela Central de París como ingeniero — nos dice, — cuando un amigo me propuso trasladarnos al África para ingresar en una empresa ferroviaria.  Entusiasmado, me embarqué inmediatamente, luego de despedirme de mi padre, que por entonces desarrollaba la etapa más virulenta de su agresión al imperio. Llegué a Marruecos, y allí el camello empezó a internarme en el desierto, con la esperanza de reunir en dos o tres años un capital suficiente como para poder regresar a París e instalar gabinetes de experimentación sobre telefonía, rama que empezaba a perfeccionarse. Jamás tuve inclinación por la lucha política, y en eso me diferenciaba completamente de mi padre. Al poco tiempo fui ascendido a segundo jefe de la empresa, y cuando ya comenzaba a creer que el porvenir me sonreía, llegaron al campamento dos cartas: una de mi padre, comunicándome que por sus ataques al parlamentarismo, el gobierno había vuelto a deportarlo a Inglaterra, y otra del directorio de la empresa, comunicándole a mi jefe que debía despedirme, «porque siendo el padre del ingeniero Octavio Rochefort un enemigo del Estado, esta sociedad, que es eminentemente gubernista, no debe prestar apoyo al hijo del proscripto».

Así, en lugar del tren a Córdoba, el joven marqués al terminar sus estudios en París se había internado en camello hacia Casablanca. Por su parte, el período narrado correspondía a fines de los años ochenta, en que su padre, Henri, proseguía fustigando a la Tercera República desde su exilio en Londres. Por su parte, Octavio refrendaba su interés en la radiotelefonía como una herramienta para el futuro.

Si algunos datos difusos desencajan de la historia en detalles, hay un momento en que ambos relatos coinciden: la aparición de la figura de Dardo Rocha, quien sembraría en el ingeniero y marqués el interés de venir a conocer Buenos Aires. Habría, pues, un periplo desde su graduación como ingeniero, hasta su primera venida a la Argentina, hacia fines de la década, no muy lejos de la caída de Juárez Celman del poder.

“Me embarqué, entonces, para Inglaterra completamente descorazonado. Viví con mi padre varios meses. El pobre se sentía afectado y se indignaba de que los odios políticos me persiguieran hasta el África. Vagaba por Londres sin esperanza ya de cumplir mis sueños, cuando trabé amistad con un gran hombre público americano. Octavio Amadeo ha dicho de él en su libro ‘Vidas argentinas’, que es el Faraón argentino. Y en verdad que el fundador de La Plata lo era. Dardo Rocha, que conocía mi situación, me aseguró que en las tierras sudamericanas pasaría ignorado, y mi apellido no sería obstáculo alguno. Así fué como llegué al país durante la presidencia de Juárez Celman. Dardo Rocha me puso en contacto con lo mejor de la sociedad argentina. Conocí íntimamente a Pellegrini, y aun después de su muerte seguí visitando su casa, departiendo con su noble esposa. (…) La Universidad de Córdoba necesitaba un profesor de física superior, y fuí contratado.”

La pieza faltante de la historia un par de años antes de la primera aventura argentina, queda entonces repuesta en su lugar, con idas y con vueltas cada tanto a Europa y los Estados Unidos para encausar sus impulsos de inventor.

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La revista “El Hogar” tenía claro lo que se podía extraer de una entrevista a una figura del cuño de Octavio de Rochefort, y le tiraba la lengua, en su casa de Caballito, para sacarle relatos de aventuras y anécdotas familiares.