A controlar la furia
Los ataques libertarios a Mauricio Macri son absolutamente irracionales en términos de conseguir gobernabilidad y mejorar la performance electoral para 2025
Por Javier Boher
rjboher@gmail.com
Si alguien me pidiera que defina de alguna manera la ironía, probablemente haría algún tipo de referencia al debate en el que estamos metidos por el tema de los organismos de inteligencia: pocas veces hemos visto gente y argumentos tan tontos como en este último mes.
Ya hemos abordado el tema en esta columna, particularmente en lo que hace a la reforma más o menos estética de pasar de que se llame AFI a que vuelva a ser la SIDE y en lo referido al decreto de necesidad y urgencia con el que se le asignaba una partida de más de 100 millones de dólares sin control.
Ayer Diputados decidió rechazar dicho decreto, dejando la última palabra en el Senado. Por la horrible ley que regula los DNU, si la cámara alta decidiera no tratarlo la partida seguiría vigente -tal como ocurrió con el mega decreto desregulador de principios de año- y todo esto sería un poco más de circo para la gente que no sabe ni siquiera qué diferencia hay entre un senador y un diputado.
El gobierno no tiene nada de poder parlamentario. Aunque el presidente tiene legitimidad popular, eso solo no alcanza para gobernar. Cada resorte institucional es una perilla en el monstruo del Estado y hay que saber manejarlo de la mejor manera posible, porque de él depende que se nombren jueces, se aprueben partidas, se privaticen empresas o se desregulen distintos sectores de la economía. Se puede usar Twitter desde el sillón de Rivadavia, pero la cantidad de likes todavía no define que un proyecto de políticas públicas se lleve a la práctica.
La fragmentación parlamentaria actual obliga a todos a negociar, a pesar de la falta de costumbre. Radicales, libertarios, peronistas, kirchneristas, lilitos… cada diputado o senador cuenta, porque nadie tiene el número mágico para imponer su voluntad sobre el resto. Las alianzas y apoyos dependen de cada proyecto, donde cada partido se encuentra en el complicado equilibrio de ser fiel a su electorado, maximizar su poder, ayudar a la gobernabilidad y evitar diluirse en el mientras tanto.
De golpe el heterogéneo centro del espectro se llenó de bancas que son tironeadas entre dos extremos bastante intensos en el espectro ideológico. Los que más sufren está posición son los radicales, a los que desde todos lados se acusa de ceder de manera pasiva a la voluntad de alguno de los dos polos, con el Pro mucho más golpeado en su identidad de partido de derecha.
Tras la decisión de este último partido de rechazar el DNU (donde algunos ven un mensaje de Macri recordando dónde está realmente el poder) las huestes tuiteras del libertarianismo ortodoxo salieron a atacar con fuerza a Macri, un tipo que debe haber estado jugando al bridge mientras hacía tiempo para ver Netflix. En política, el que se enoja, pierde. Los libertarios todavía no lo han aprendido y creen que la furia los va a hacer ganar.
La inexperiencia de La Libertad Avanza se hace patente en momentos como estos. Con el pliego de Lijo en el Senado, con la posibilidad de que este mismo DNU sobreviva, con la obligación de negociar la aprobación del presupuesto antes de que termine el año o por la necesidad de aprobar más reformas estructurales, lo que hacen los libertarios es absolutamente irracional. Aunque no les guste la casta, la casta está.
Si la idea es golpear al espacio de lo que supo ser Juntos por el Cambio, la estrategia es peligrosa. Las elecciones de medio término son históricamente malas (“menos buenas” sería más correcto) para los oficialismos, entre otras cosas por la dispersión electoral. De no mediar acuerdo, casi con certeza va a haber cinco espacios distintos, con chances más o menos parejas: radicales, peronistas, kirchneristas, pro y libertarios. Empujar al conflicto es aumentar las chances de que esto ocurra; cooperar puede ayudar a despejar el panorama. ¿Cómo llegamos a 2027 si queman todos los puentes y siguen siendo el cuarto bloque?
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