
Una luz en la noche
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
Uno de los grandes “logros” de la dictadura instalada en 1976 fue disciplinar a una sociedad que hasta ese momento era propensa a rebelarse contra las injusticias y que estaba dispuesta a luchar por sus derechos. Los secuestros, la tortura, los asesinatos y las desapariciones obraron como un trágico escarmiento para quienes se atrevieran a persistir en sus reclamos, y el genocidio desatado en aquellos años no dejaba lugar a dudas acerca del poder omnímodo del régimen, cuyo objetivo central era sembrar el pavor y echar por tierra las principales conquistas sociales que se habían obtenido en los años precedentes.
La movilización obrera de marzo de 1982 y la derrota en Malvinas acontecida tres meses después, alentaron la sospecha de que los dictadores tenían pies de barro y el periodo que transcurrió entre esa capitulación ante las fuerzas británicas y las elecciones de octubre de 1983, consistió en una transición hacia la vigencia plena de la institucionalidad. No iba a ser fácil ese proceso, como tampoco lo sería la tarea de extirpar el miedo que los militares habían inoculado en la ciudadanía: la consigna del “no te metás” estaba destinada a seguir vigente hasta la actualidad, con diversos matices según las épocas.
Por eso, es admirable el valor con que algunos se lanzaron a reapropiarse de la libertad de expresión, durante ese interregno en el que la censura fluctuaba entre prohibir y dejar pasar, sin que pudiera saberse muy bien cuáles eran los criterios. La democracia que se veía venir, se levantaba sobre la sangre de las víctimas de la represión y la de los combatientes que no regresaron del Atlántico Sur. Pero, además, no se trataba de una simple concesión, sino que las garantías civiles tenían que ser disputadas en todos los ámbitos contra el terror impuesto por las autoridades y contra el pánico interiorizado por los propios ciudadanos.
Varias fueron las manifestaciones culturales que se apuraron a encabezar esa lucha desde espacios teatrales, musicales y literarios, pero en el terreno del entretenimiento masivo, tanto el cine como la televisión iban a cumplir un rol fundamental. Algunos directores cinematográficos asumieron el compromiso todavía peligroso de denunciar lo que había sucedido durante los años de plomo, en tanto que aparecieron ciclos televisivos que sorteaban el control de los censores y recuperaban el legado de programas como por ejemplo los que había llevado adelante David Stivel, quien no por nada debió exiliarse a mediados de los setenta.
En la más que significativa fecha del 2 de abril de 1982, Canal 9 estrenaba el ciclo de unitarios “Nosotros y los miedos”, creado, dirigido y producido por Diana Álvarez, con un elenco de grandes figuras que iban rotando en cada capítulo, al igual que los autores de los guiones. Sin embargo, entre los que con más frecuencia escribieron los libretos se contaban Jorge Maestro y Sergio Vainman, una joven dupla que trabajó en siete de los 27 capítulos que se vieron a lo largo de dos temporadas, para luego destacarse entre los más prolíficos guionistas argentinos.
Cuando el lunes pasado trascendió la noticia de la muerte de Jorge Maestro a los 73 años, las reseñas biográficas enumeraron sus pergaminos profesionales, que incluyen su aporte a otra tira de unitarios como fue “Zona de riesgo”, además de telenovelas como “Montaña rusa” o “La banda del Golden Rocket”. Pero aquella labor que desempeñó junto a Vainman en “Nosotros y los miedos”, une su nombre a una aventura audiovisual que impuso una forma de hacer televisión que haría escuela. Y que relevó a fondo los temores subyacentes en un país que comenzaba a despertarse tras una noche de pesadilla.







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