
Alguna vez en esta ciudad
J.C. Maraddón
Ya nos hemos referido hace un tiempo a la técnica cinematográfica del “found footage”, que consiste en elaborar un producto fílmico a partir de material audiovisual encontrado, cuya existencia data de épocas pretéritas. Casi siempre, estos hallazgos corresponden a contenidos testimoniales que dan lugar a una pieza documental, donde se reconstruyen hechos del pasado mediante esas grabaciones que habían permanecido en el olvido. A tono con la tendencia actual que remite a lo vintage, esta modalidad se ha ganado una estantería propia en el catálogo del cine de este siglo veintiuno, y también ha sido frecuentada por directores noveles en nuestro ámbito.
Por lo general, el “found footage” se ancla en esas cintas caseras que en un comienzo no poseían demasiada trascendencia y que con el correr de los años han adquirido un valor distinto, al que acuden en rescate quienes se percatan de que hay algo allí que debe ser relevado. Cuando en el origen hay un realizador amateur que tomó un registro sin pensar en el futuro, ese punto de partida suele estar constituido por imágenes capturadas cámara en mano, a las que quien las utiliza con posterioridad debe disponer de una manera que aporte profesionalismo, sin que se pierda su carácter espontáneo.
No es el caso del largometraje cordobés “Para hacer una película sólo hace falta un arma”, firmado por Santiago Sein, que elige como disparador una serie de latas halladas en la Facultad de Artes de la UNC, con trabajos de estudiantes de cine correspondientes a los años sesenta y setenta. Es decir, Sein parte de una labor acometida por gente que conocía el oficio, cuyas creaciones se habían perdido en los laberintos de la represión que envolvieron esas dependencias universitarias desde los meses previos al golpe de Estado de marzo de 1976, cuando los grupos de tareas empezaron a actuar a sus anchas.
Consciente de que había descubierto un auténtico tesoro, el responsable de “Para hacer una película sólo hace falta un arma” se lanzó a dejar constancia de lo que iba apareciendo, entrevistó a los sobrevivientes de aquella utópica empresa y se propuso la tarea de hilar todo eso en una historia de enorme atractivo. A la narración en off del propio Santiago Sein, se suma en largos tramos la voz imaginaria de Rudy Wratny, el sonidista de aquel grupo de entusiastas que, tras dedicarse a los cortos de ficción, ingresaron en el mismo proceso de politización de sus pares generacionales.
A esa etapa corresponden escenas de actos masivos y movilizaciones, como el discurso del presidente cubano Osvaldo Dorticós en un escenario montado en Bv. San Juan y Arturo M. Bas, o el desplazamiento de una columna de militantes locales hacia Ezeiza, con el objetivo de darle la bienvenida a Juan Domingo Perón en su regreso desde España. Recortes inéditos de esos acontecimientos resurgen así después de haber quedado abandonados, aunque su supervivencia se debe a que fueron rotulados de un modo que despistó a los que pretendieron borrar toda huella que diera cuenta de lo que había sucedido.
“Para hacer una película sólo hace falta un arma” tuvo su estreno en abril en el marco del festival Bafici, donde recogió críticas favorables que le valieron una repercusión nacional. Hacia mediados de año se la pudo ver en Córdoba, y a sus periódicas funciones en el Cineclub Municipal asiste un público para nada complaciente, que al final hace sentir sus aplausos cuando la sala vuelve a iluminarse. No es habitual estar frente a una película que resignifica el pasado de una forma tan emotiva, y que evoca la ciudad que alguna vez fue epicentro de un terremoto social.
Pero quizás la mayor recompensa obtenida por el filme sea el elogio de la cineasta Lucrecia Martel, quien la semana pasada compartió una charla en el Hugo del Carril con Santiago Sein y María Aparicio, asistente de dirección de “La noche está marchándose ya”. Desde muy temprano, se habían proyectado los dos títulos cordobeses y, a posteriori, se exhibió “Nuestra tierra”, el logrado documental de la realizadora salteña sobre el caso del asesinato de Javier Chocobar, un referente de la comunidad originaria de Chuschagasta, en Tucumán, por el que recibieron condena tres imputados, aunque el fallo definitivo llegó con 14 años de demora.
La calidez con que Martel entrevistó a sus colegas de Córdoba permitió conocer detalles específicos de ambos rodajes, en un tono que ninguna nota periodística podría lograr. Además de brindar su perspectiva sobre el momento que atraviesan el país y la industria cultural, ella colmó de alabanzas la iniciativa de Sein, por cómo dispuso las piezas de ese rompecabezas que tenía entre manos, para que adquiriese una estructura que conmueve al espectador, desde la mirada curiosa de quien revuelve en el arcón de los recuerdos y encuentra allí una joya cuyo paradero era desconocido hasta entonces.







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